La literatura existe porque la vida no basta, Antonio Tabucchi
 
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Capítulo I de Adriel B. (La novela de una alcohólica)
Autora: Estrella Cardona Gamio

No iba a beber cerveza para ahogar las penas.
Pedí un whisky doble allí mismo, en la barra, y me lo tomé de un trago sentada en el taburete alto.
No sé cuanto tiempo transcurrió; como los bebedores profesionales, me había aislado del mundo sumergiéndome totalmente en el contenido del vaso, ahora vacío, cuando desperté de nuevo a la realidad.
Afuera, en la calle se percibía más ruido del acostumbrado, indicación de que comenzaba el desfile de los asistentes a la fiesta. Observé el fondo del vaso con el mismo gesto ceñudo de un pistolero del Oeste mientras contempla a su contrincante, justo un segundo antes de "sacar".
—Otro de lo mismo —mascullé con una ferocidad que no iba dirigida al camarero.
De la calle parecía venir el rumor de risas mezclado con el del tránsito, o de tal espejismo se hicieron eco mis oídos.
—¿No crees que has bebido ya bastante por esta noche?
Era una voz masculina agradable, casi afectuosa. Me volví colérica dispuesta a fulminar al entrometido con un corte de los que hacen época... ¡Esa mala costumbre que tiene la gente de meterse en donde nadie la solicita!... ¿O sería un ligón?... ¡Bonita manera de iniciar el aproximamiento!
—Que yo sepa nadie te ha dado vela en este entierro.
—Tienes toda la razón, de un entierro se trata y además de los de beneficencia.
—¡Oye, tú...!
Vendría a sumar unos 30 años, era delgado, llevaba gafas, tenía el cabello castaño y vestía igual que un ejecutivo de multinacional. Ni feo ni guapo, sin personalidad, como hecho en serie, alguien que no se te queda en la memoria aunque lo veas cien veces, máxime si estás en un bar y llevas la noche fuerte en copas.
El barman me puso delante un segundo whisky.
Mi indeseado interlocutor volvió a meter baza no autorizada.
—Si continuas a ese ritmo, cuando salgas creerás que estás en Marte.
Iba a responder de malos modos, pero se abrió la puerta del establecimiento y un grupito de asistentes a la fiesta hizo su irrupción igual que una manada de potros salvajes.
—También éstos van finos —comentó fríamente el desconocido.
—Oye tú, ¿es que perteneces al ejercito de salvación o qué?
—Somos marineros del mismo barco.
—¡Ja!, que poético —fui a agarrar mi vaso y él, inesperadamente me sujeto la muñeca impidiéndomelo.
—Pero, bueno... ¿Se puede saber quién te crees que eres tío?
A estas alturas yo gritaba ya en vez de hablar normalmente.
El camarero se me acercó con cara de pocos amigos.
—Haga el favor de no alborotar, de lo contrario tendré que rogarle que abandone el local.
—¡Y una mierda!... ¡Yo no me voy de aquí así por las buenas, soy una cliente y tengo mis derechos reconocidos por la unión de consumidores!
El desconocido volvió a intervenir:
—No desbarres.
El camarero:
—¿Es usted amigo suyo?
Yo exclamé, y normalmente no suelo ser mal hablada:
—¡A este tipo no le he visto en mi puta vida!
—En efecto —respondió él con afabilidad—, pero eso no impide que seamos compañeros de fatigas.
Rudamente, cogí el vaso e hice ademán de tirárselo a la cara. Él detuvo aquel gesto al vuelo y con su mano libre, le indicó al camarero que no interviniera.
A mí se me llenaron los ojos de lágrimas, me sentía muy triste y muy cansada, me empezaba a doler la cabeza y tenía sueño.
—¡Déjame en paz, cabrón!
Él pareció tomárselo a broma.
—Bonito vocabulario para una escritora... ¿A que corriente literaria perteneces, a los que sustentan sobre los tacos la razón de su novelística?
Se me despejó de golpe la cabeza.
—¿Cómo sabes que escribo?
Él sonrió.
—Yo también estaba en esa cena.
—No te he visto.
—No tenías por qué. No has ido a esa cena para verme a mí precisamente.
De nuevo, todo el dolor del universo se instaló en mi corazón, aplastándolo bajo su peso. A tientas, sobre el mármol de la barra, busqué por inercia el vaso.
—Eso no resuelve nada... Emborracharse nunca ha acabado con los problemas.
—No me quiero emborrachar, sólo tengo sed, ¡maldita sea!
—¡Camarero, un agua mineral para la señorita!
—¡No quiero beber agua!
—Pues pediremos un café.
—¡Déjame en paz, por favor!
—Vaya, veo que aun recuerdas los buenos modales.
Abatida tiré la toalla.
—¿Qué es lo que quieres?
—Poca cosa, que me cuentes qué es lo que te ha pasado esta noche.
Una lucecita de esperanza parpadeó a lo lejos.
—¿Eres periodista?
—Siento defraudarte; también me da por escribir novelas.
—¿Te has presentado?
—No en esta convocatoria, pero si tres veces antes.
—¿Ganaste en alguna?
—No.
—¡El agua de la señorita!
—Tardé tres años en comprender que los premios sólo se otorgan a los consagrados —sonrió—. A veces soy un poco duro de mollera.
—¿Continúas escribiendo?
—Sí... Pero digamos que me he tomado un largo año sabático, en el que el tiempo carece de limites, respecto a participar en concursos, se entiende.
—Entonces, ¿por qué has venido esta noche?
—Teníamos que conocernos, ¿no? —bromeó él.
—¿Por qué has venido?
Dejó de sonreír.
—Supongo que porque me atrae el ambiente.
Yo me eché a llorar.
—Estaba entre los finalistas, recibí una carta en la que me lo notificaban, mírala, aquí la llevo.
La saqué del interior del bolso, toda arrugada... ¡Mi carta fetiche, creía que llevándola encima a todas horas conjuraría el éxito!
—Bla, bla, bla... "Tenemos el gusto de informarle que su novela Los viejos fósiles ha quedado entre los finalistas de la presente edición del Premio Liriope. Por lo cual le rogamos tenga la bondad de asistir a la cena de la entrega de premios que la noche del..."—él me miró sorprendido— ¿Estabas entre los finalistas?
—Siii —gemí siseante.
—Comprendo que estés molesta entonces. Para no dártelo, se podían haber ahorrado la carta. Vaya una jugada más sucia... De todas formas, presentándose Nepomuceno G. Hernández, el maestro de maestros, era de esperar, cuando él concursa ya se sabe que todos los de-más sobran.
—¡Eso es una indecencia! —me alboroté.
—Lo es, sí, no obstante, nada se puede hacer en contra.
—¿Es que acaso no existe editorial que te acepte sin ser famoso, sólo porque escribas bien?
—Imagino que sí, en algún sitio, supongo, claro que ni tú ni yo la hemos encontrado aún. ¿Has leído El péndulo de Foucault?
Asentí maquinalmente, pero le miré sin comprender.
—¿Si? La gente se obstina en decir que se trata de una obra críptica y altamente esotérica, cuando no se han dado cuenta todavía de que es una de las disecciones más burlonas e inteligentes que se han hecho del tema... ¿Recuerdas aquel capítulo dedicado al mundillo editorial, retratado tan corrosivamente? Me parece que Eco sabe muy bien lo que se dice, aunque lo disfrace de caricatura grotesca, ¿no crees?... Por otra parte, y volviendo a tus lamentos de antes, el camino de cualquier escritor principiante siempre está sembrado de Nepomucenos G. Hernández.
—Me importa un bledo Nepomuceno G. Hernández, pude haber quedado segunda o tercera, tampoco pedía más.
—Sí, y el segundo ha sido para Pompeya Martínez y el tercero para Oriol Pou, una consagrada y el ganador del primer concurso de novela juvenil policíaca de Editorial Bescansa... Lo que se dice unos novatos, vamos.
—¡Quiero morirme!
—¿Por qué?, ¿porque no te han dado un premio?
—Sí.
—Pues ni lo uno ni lo otro.
—¿Qué es lo otro?
—El whisky.
—No acostumbro a emborracharme, lo de hoy es circunstancial.
—¿Por eso bebías como un cosaco durante la cena y después de la cena?
—¿Y a ti que te importa?
—Realmente no me importa, sólo que me destroza el alma ver a una chica tan guapa con la nariz roja como un semáforo y dando tumbos al andar. Llámalo cuestión de estética.
Junto a mi olvidado vaso de whisky hacían guardia un botellín de agua mineral y una tibia taza de café. Me volvía a doler la cabeza y empezaba a tener náuseas.
—Quiero irme a mi casa —dije en un susurro.
—¿Tienes coche o has venido en taxi?
Inicié un descenso inseguro del taburete. Él alargó los brazos para ayudarme y de repente el techo del bar empezó a dar vueltas sobre mi cabeza lo mismo que las aspas de un molino de viento Me sentí ingrávida, flotante, eufórica y mi consciente se sumergió, agradecido, en una acogedora oscuridad de terciopelo.

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