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ADRIEL
B.
LA NOVELA DE UNA ALCOHÓLICA
por Estrella Cardona Gamio Entrevista
en Megalibro | Ver
presentación
El origen de Adriel
B., se inspira en el comentario que en cierta ocasión
le hiciese Ernest
Hemingway a un íntimo amigo suyo, al hablarle de sus
principios como escritor. En ese comentario, Hemingway, confesó
que llegaba a derramar lágrimas de amargura, cada vez que
los editores le rechazaban sus manuscritos devolviéndoselos
con una fría nota.
Esta confesión,
unida a la reconocida dependencia alcohólica del novelista
norteamericano, hizo que se me ocurriese unir ambos aspectos, el
escritor desconocido a quien nadie considera y la personalidad alcohólica,
creando un personaje, en la presente circunstancia femenino, en
el cual se dieran cita los dos extremos.
Adriel B.,
su desesperada lucha por sobrevivir como escritora, sus amores apasionados,
su trágica promiscuidad, su continua huida del mundo real
a través del alcohol, eso es lo que vas a leer en esta novela
que disecciona sin concesiones las intimidades de un problema en
cuya magnitud nadie parece reparar porque todos somos bebedores
sociales aunque no todos seamos alcohólicos.
Te
ofrecemos la lectura del primer capítulo
I
No iba a beber cerveza
para ahogar las penas.
Pedí un whisky doble allí mismo, en la barra, y me
lo tomé de un trago sentada en el taburete alto.
No sé cuanto tiempo transcurrió; como los bebedores
profesionales, me había aislado del mundo sumergiéndome
totalmente en el contenido del vaso, ahora vacío, cuando
desperté de nuevo a la realidad.
Afuera, en la calle se percibía más ruido del acostumbrado,
indicación de que comenzaba el desfile de los asistentes
a la fiesta. Observé el fondo del vaso con el mismo gesto
ceñudo de un pistolero del Oeste mientras contempla a su
contrincante, justo un segundo antes de "sacar".
—Otro de lo mismo —mascullé con una ferocidad
que no iba dirigida al camarero.
De la calle parecía venir el rumor de risas mezclado con
el del tránsito, o de tal espejismo se hicieron eco mis oídos.
—¿No crees que has bebido ya bastante por esta noche?
Era una voz masculina agradable, casi afectuosa. Me volví
colérica dispuesta a fulminar al entrometido con un corte
de los que hacen época... ¡Esa mala costumbre que tiene
la gente de meterse en donde nadie la solicita!... ¿O sería
un ligón?... ¡Bonita manera de iniciar el aproximamiento!
—Que yo sepa nadie te ha dado vela en este entierro.
—Tienes toda la razón, de un entierro se trata y además
de los de beneficencia.
—¡Oye, tú...!
Vendría a sumar unos 30 años, era delgado, llevaba
gafas, tenía el cabello castaño y vestía igual
que un ejecutivo de multinacional. Ni feo ni guapo, sin personalidad,
como hecho en serie, alguien que no se te queda en la memoria aunque
lo veas cien veces, máxime si estás en un bar y llevas
la noche fuerte en copas.
El barman me puso delante un segundo whisky.
Mi indeseado interlocutor volvió a meter baza no autorizada.
—Si continuas a ese ritmo, cuando salgas creerás que
estás en Marte.
Iba a responder de malos modos, pero se abrió la puerta del
establecimiento y un grupito de asistentes a la fiesta hizo su irrupción
igual que una manada de potros salvajes.
—También éstos van finos —comentó
fríamente el desconocido.
—Oye tú, ¿es que perteneces al ejercito de salvación
o qué?
—Somos marineros del mismo barco.
—¡Ja!, que poético —fui a agarrar mi vaso
y él, inesperadamente me sujeto la muñeca impidiéndomelo.
—Pero, bueno... ¿Se puede saber quién te crees
que eres tío?
A estas alturas yo gritaba ya en vez de hablar normalmente.
El camarero se me acercó con cara de pocos amigos.
—Haga el favor de no alborotar, de lo contrario tendré
que rogarle que abandone el local.
—¡Y una mierda!... ¡Yo no me voy de aquí
así por las buenas, soy una cliente y tengo mis derechos
reconocidos por la unión de consumidores!
El desconocido volvió a intervenir:
—No desbarres.
El camarero:
—¿Es usted amigo suyo?
Yo exclamé, y normalmente no suelo ser mal hablada:
—¡A este tipo no le he visto en mi puta vida!
—En efecto —respondió él con afabilidad—,
pero eso no impide que seamos compañeros de fatigas.
Rudamente, cogí el vaso e hice ademán de tirárselo
a la cara. Él detuvo aquel gesto al vuelo y con su mano libre,
le indicó al camarero que no interviniera.
A mí se me llenaron los ojos de lágrimas, me sentía
muy triste y muy cansada, me empezaba a doler la cabeza y tenía
sueño.
—¡Déjame en paz, cabrón!
Él pareció tomárselo a broma.
—Bonito vocabulario para una escritora... ¿A que corriente
literaria perteneces, a los que sustentan sobre los tacos la razón
de su novelística?
Se me despejó de golpe la cabeza.
—¿Cómo sabes que escribo?
Él sonrió.
—Yo también estaba en esa cena.
—No te he visto.
—No tenías por qué. No has ido a esa cena para
verme a mí precisamente.
De nuevo, todo el dolor del universo se instaló en mi corazón,
aplastándolo bajo su peso. A tientas, sobre el mármol
de la barra, busqué por inercia el vaso.
—Eso no resuelve nada... Emborracharse nunca ha acabado con
los problemas.
—No me quiero emborrachar, sólo tengo sed, ¡maldita
sea!
—¡Camarero, un agua mineral para la señorita!
—¡No quiero beber agua!
—Pues pediremos un café.
—¡Déjame en paz, por favor!
—Vaya, veo que aun recuerdas los buenos modales.
Abatida tiré la toalla.
—¿Qué es lo que quieres?
—Poca cosa, que me cuentes qué es lo que te ha pasado
esta noche.
Una lucecita de esperanza parpadeó a lo lejos.
—¿Eres periodista?
—Siento defraudarte; también me da por escribir novelas.
—¿Te has presentado?
—No en esta convocatoria, pero si tres veces antes.
—¿Ganaste en alguna?
—No.
—¡El agua de la señorita!
—Tardé tres años en comprender que los premios
sólo se otorgan a los consagrados —sonrió—.
A veces soy un poco duro de mollera.
—¿Continúas escribiendo?
—Sí... Pero digamos que me he tomado un largo año
sabático, en el que el tiempo carece de limites, respecto
a participar en concursos, se entiende.
—Entonces, ¿por qué has venido esta noche?
—Teníamos que conocernos, ¿no? —bromeó
él.
—¿Por qué has venido?
Dejó de sonreír.
—Supongo que porque me atrae el ambiente.
Yo me eché a llorar.
—Estaba entre los finalistas, recibí una carta en la
que me lo notificaban, mírala, aquí la llevo.
La saqué del interior del bolso, toda arrugada... ¡Mi
carta fetiche, creía que llevándola encima a todas
horas conjuraría el éxito!
—Bla, bla, bla... "Tenemos el gusto de informarle que
su novela Los viejos fósiles ha quedado entre los finalistas
de la presente edición del Premio Liriope. Por lo cual le
rogamos tenga la bondad de asistir a la cena de la entrega de premios
que la noche del..."—él me miró sorprendido—
¿Estabas entre los finalistas?
—Siii —gemí siseante.
—Comprendo que estés molesta entonces. Para no dártelo,
se podían haber ahorrado la carta. Vaya una jugada más
sucia... De todas formas, presentándose Nepomuceno G. Hernández,
el maestro de maestros, era de esperar, cuando él concursa
ya se sabe que todos los de-más sobran.
—¡Eso es una indecencia! —me alboroté.
—Lo es, sí, no obstante, nada se puede hacer en contra.
—¿Es que acaso no existe editorial que te acepte sin
ser famoso, sólo porque escribas bien?
—Imagino que sí, en algún sitio, supongo, claro
que ni tú ni yo la hemos encontrado aún. ¿Has
leído El péndulo de Foucault?
Asentí maquinalmente, pero le miré sin comprender.
—¿Si? La gente se obstina en decir que se trata de
una obra críptica y altamente esotérica, cuando no
se han dado cuenta todavía de que es una de las disecciones
más burlonas e inteligentes que se han hecho del tema...
¿Recuerdas aquel capítulo dedicado al mundillo editorial,
retratado tan corrosivamente? Me parece que Eco sabe muy bien lo
que se dice, aunque lo disfrace de caricatura grotesca, ¿no
crees?... Por otra parte, y volviendo a tus lamentos de antes, el
camino de cualquier escritor principiante siempre está sembrado
de Nepomucenos G. Hernández.
—Me importa un bledo Nepomuceno G. Hernández, pude
haber quedado segunda o tercera, tampoco pedía más.
—Sí, y el segundo ha sido para Pompeya Martínez
y el tercero para Oriol Pou, una consagrada y el ganador del primer
concurso de novela juvenil policíaca de Editorial Bescansa...
Lo que se dice unos novatos, vamos.
—¡Quiero morirme!
—¿Por qué?, ¿porque no te han dado un
premio?
—Sí.
—Pues ni lo uno ni lo otro.
—¿Qué es lo otro?
—El whisky.
—No acostumbro a emborracharme, lo de hoy es circunstancial.
—¿Por eso bebías como un cosaco durante la cena
y después de la cena?
—¿Y a ti que te importa?
—Realmente no me importa, sólo que me destroza el alma
ver a una chica tan guapa con la nariz roja como un semáforo
y dando tumbos al andar. Llámalo cuestión de estética.
Junto a mi olvidado vaso de whisky hacían guardia un botellín
de agua mineral y una tibia taza de café. Me volvía
a doler la cabeza y empezaba a tener náuseas.
—Quiero irme a mi casa —dije en un susurro.
—¿Tienes coche o has venido en taxi?
Inicié un descenso inseguro del taburete. Él alargó
los brazos para ayudarme y de repente el techo del bar empezó
a dar vueltas sobre mi cabeza lo mismo que las aspas de un molino
de viento Me sentí ingrávida, flotante, eufórica
y mi consciente se sumergió, agradecido, en una acogedora
oscuridad de terciopelo.
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