| LA PRINCESA
ROSETTE de Madame D'Aulnoy |
©
2005 Traducido del francés por Estrella Cardona Gamio
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Él se pasó ladrando toda la noche, y en el entretanto el lecho de la princesa se había aproximado a la orilla. En ese lugar vivía, completamente solo, y en una pequeña choza adonde nadie iba jamás, un buen anciano que era muy pobre y no se preocupaba de los bienes de este mundo. Cuando oyó ladrar a Frétillon, se sorprendió porque no pasaban muchos perros por allí y creyó que algunos viajeros se habían extraviado. Salió pues para indicarles el camino y de golpe descubrió a la princesa y a Frétillon que flotaban en el mar, pero la princesa, viéndole, le tendió los brazos y le gritó: -¡Buen anciano, salvadme, de lo contrario moriré aquí, hace dos días que voy a la deriva! Cuando él la escuchó hablar tan tristemente tuvo piedad y entró en su casa para coger un largo gancho. Avanzó con el agua hasta el cuello y pensó dos o tres veces que iba a ahogarse. Mas finalmente, con el gancho agarró la cama de la princesa, tirando tanto que consiguió llevarlo justo a la playa. Rosette y Frétillon respiraron aliviados al pisar tierra firme. La princesa le agradeció calurosamente al buen hombre el haberles ayudado, y se envolvió con su colcha. Después, descalza, entró en la choza, donde el anciano encendió un pequeño fuego con paja seca, y sacó de un cofre el más bello vestido de su difunta mujer, acompañado de medias y zapatos, con los que la princesa se vistió. Así disfrazada de campesina estaba hermosa como el día y Frétillon danzaba en torno suyo alegremente. El anciano comprendió que Rosette era una gran dama, pues las colchas del lecho eran todas de oro y de plata y el colchón de satén. Le rogó que le contase su historia, que no diría palabra si ella lo deseaba. Entonces Rosette se lo refirió todo llorando a lágrima viva, pues creía que había sido el rey de los pavos reales quien diera la orden de que la arrojasen al mar. -¿Qué podemos hacer nosotros, hija mía? –le preguntó el anciano- Vos sois una gran princesa, acostumbrada a comer buenos manjares, y yo no tengo más que pan negro y nabos. No habéis ganado con el cambio, querida niña, y si me autorizáis, iré a decirle al rey de los pavos reales que os halláis aquí. Estoy seguro de que si os viera, no vacilaría en casarse con vos. -¡Ah, no, es un malvado! –exclamó Rosette-, me condenaría a muerte, pero si vos tenéis una pequeña canasta será menester atarla al cuello de mi perro y poca suerte tendremos si no nos trae provisiones. El anciano le dio un cesto a la princesa, y ella atándola al cuello de Frétillon, le dijo: -Ves al mejor puchero de la ciudad y me traes lo que haya dentro. Frétillon corrió hacia donde le indicaban y como no había mejor puchero que aquel del rey, entró en su cocina y descubriéndolo, agarró mañosamente todo lo que había dentro y volvió a la choza. Rosette le ordenó: -Retorna a las cocinas y toma aquello que sea lo mejor. Frétillon hizo lo que se le pedía y cogió vino blanco, vino moscatel, y toda suerte de frutas y de confituras, e iba tan cargado que no podía más. Cuando el rey de los pavos reales quiso comer, se encontró con que no había nada en su puchero ni en sus cocinas. Todos se miraban perplejos y el rey estaba horriblemente enfadado. -¡Bien veo que no voy a comer hoy! –exclamó- Pero ordeno que esta noche se pongan al horno los brioches y que mañana se me prepare un buen asado! Llegando el crepúsculo, la princesa le dijo a Frétillon: -Ves a la ciudad, entra en la mejor cocina y me traes un buen asado.
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