| LA PRINCESA
ROSETTE de Madame D'Aulnoy |
©
2005 Traducido del francés por Estrella Cardona Gamio
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No sabían que pensar, sólo que alguien deseaba su muerte. Tres días pasaron sin que oyeran hablar de nada. Al cabo de los tres días, el rey de los pavos reales fue a reprenderles a través de la mirilla de su prisión. -¡Vosotros habéis cogido el título de rey y de príncipe –les gritó-, para atraparme y para comprometerme en matrimonio con vuestra hermana! Pero no sois más que dos bribones, que no valéis ni siquiera el agua que bebéis. ¡Yo enviaré por los jueces que enseguida os procesarán; hilada está ya la cuerda de la cual vais a colgar! -Rey de los pavos reales –respondió colérico el hermano mayor de Rosette-, no vayáis tan rápido en este asunto, pues podríais arrepentiros. Yo soy rey igual que vos, tengo un hermoso país, trajes suntuosos y corona, y también mis buenos escudos... Cuando el rey de los pavos reales le oyó hablar tan resueltamente, no supo si creerle y entonces dejarles partir con su hermana perdonándoles la vida a los tres. Pero su consejero que era un adulador, le encizañó diciéndole que, si no se vengaba, todo el mundo se burlaría de él y que se le tomaría por un pequeño reyezuelo de tres al cuarto. ¿Qué iba hacer el monarca ante aquello?, pues jurar que no podía perdonarles, ordenando acto seguido que se llevara a cabo su proceso. Éste no duró mucho; no había más que ver el retrato de la verdadera princesa Rosette al lado de esa que había venido y que pretendía serlo, de suerte que se les condeno a la decapitación por haber sido mentirosos ya que le habían prometido una bella princesa al rey entregándole a cambio una fea campesina. Fueron a la prisión a leerles la sentencia y ellos protestaron asegurando que no habían mentido, que su hermana era princesa y más bella que el día, que había algo en todo esto que no comprendían y que solicitaban la gracia de que les concediesen siete días antes de que se les ejecutase, pues quizás durante ese tiempo su inocencia se reconociera. El rey de los pavos reales, que estaba muy encolerizado, otorgó su consentimiento de mala gana. Mientras que todos estos hechos sucedían en la corte, es hora de decir alguna cosa sobre la pobre princesa Rosette. Desde que amaneció, estaba muy asombrada, y Frétillon también, al verse en medio del mar sin barco y sin recursos. La jovencita se puso a llorar, a llorar tanto y tanto que inspiraba piedad a todos los peces; no sabía que hacer. -Seguramente –se decía-, he sido arrojada al mar por orden del rey de los pavos reales que se ha arrepentido de casarse conmigo y para deshacerse de mi, me ha mandado ahogar. He aquí un hombre extraño –prosiguió-. ¡Le hubiese amado tanto! ¡Habríamos hecho un buen matrimonio! Y diciendo esto lloraba más fuerte porque no podía dejar de amarle. Así permaneció dos días, flotando de un lado a otro del mar, empapada hasta los huesos, aterida y acatarrada. Si no hubiera sido por el perrito que la animaba con su compañía, la princesa hubiera muerto cien veces. Tenía un hambre espantosa, pero de repente vio flotando unas ostras y cogió las que quiso, comiéndoselas. A Frétillon no le gustaban; hubiera muerto de inanición antes que comérselas, de esta manera se quedó con la barriguita vacía. Al llegar la noche, un enorme pavor invadió a Rosette y le dijo a su perro: -Frétillon, ladra, ladra sin parar, así atemorizaras a los grandes peces y no nos devorarán.
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