| LA PRINCESA
ROSETTE de Madame D'Aulnoy |
©
2005 Traducido del francés por Estrella Cardona Gamio
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Ante esto las gentes se decían: -¡Qué desagradable bestia! Es tan mala como fea. Estremece pensar que nuestro rey haga tamaño matrimonio; para eso no valía la pena hacerla venir desde el otro extremo del mundo. Mientras, ella se iba haciendo la gran dama y por menos de nada daba bofetones y golpeaba con el puño a todo el mundo. Puesto que su equipaje era muy voluminoso, la impostora avanzaba lentamente, sentada como una reina en su carroza. Pero todos los pavos reales que estaban encima de los árboles para vitorearla a su paso y que habían decidido gritar: “¡Viva la bella reina Rosette!”, cuando la vieron tan horrible, vociferaron: -¡Cómo es de fea, fuera, fuera! Ella se enfureció de despecho, y dijo a sus guardias: -¡Matad a esos pillos de pavos reales que me injurian! Los pavos reales se alejaron volando y se burlaban de ella. El bribón del barquero, viendo todo aquello, comentó por lo bajo a la nodriza: -Comadre, esto no marcha bien, vuestra hija debería ser más bonita. Ella le respondió. -¡Cállate, botarate, que nos traerás mala suerte! El rey fue advertido de que la princesa se aproximaba. -Bien –dijo-, ¿sus hermanos han dicho la verdad? ¿Es bella, más bella que su retrato? -Sire –le replicaron-, bastará con que sea igual de bella. -Es cierto –convino el rey-, y yo estaré muy contento. ¡Vamos a verla! Pues el monarca estaba seguro, por el gran rumor que se escuchaba entre sus cortesanos, que la princesa se hallaba cercana, y él no podía distinguir nada de lo que se decía, sino: “¡Fuera, fuera, que fea es!” El rey creyó que hablaban de alguna enana o de cualquier bestezuela que hubiera traído la princesa, ya que no podía entrar en su cabeza que se tratase de la joven. Se le llevó el retrato de Rosette en el extremo de una larga pértiga, y el rey marchó después gravemente con todos sus barones y todos sus pavos reales; detrás iban los embajadores de los países vecinos. El rey de los pavos reales estaba impaciente por ver a su querida Rosette. ¡Diantre!, en cuanto la divisó, creyó morir allí mismo, y montó en la más grande de las cóleras, desgarrando sus vestiduras; no quería acercarse, la falsa princesa le daba miedo. -¿Cómo han tenido la osadía, esos dos tunantes que tengo en mis cárceles, de haberse burlado de mi al haberme propuesto el matrimonio con un monigote semejante? -exclamó- ¡Les condenaré a muerte! ¡Así pues, que encierren enseguida a este adefesio, a su nodriza y al que las acompaña! ¡Que se les arroje en lo más profundo del torreón! Ahora bien, por otro lado, el rey y su hermano, que permanecían prisioneros, sabedores que Rosette debía llegar, se estaban vistiendo elegantemente para recibirla. Pero en lugar de venir a abrirles la prisión y de ponerlos en libertad tal como ellos esperaban, el carcelero entró con los soldados y les hizo descender a una cueva toda negra, plena de horribles gusarapos, y en donde les llegaba el agua hasta al cuello. -¡Ay de mí –se decían el uno al otro-, he aquí unas tristes bodas para nosotros! ¿Quién es el que puede procurarnos tan grande infortunio?
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