| LA PRINCESA
ROSETTE de Madame D'Aulnoy |
©
2005 Traducido del francés por Estrella Cardona Gamio
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.El barquero se sorprendió enormemente al oír la proposición de la nodriza y repuso que sería una pena ahogar a tan bella princesa, pues su suerte le infundía piedad, pero la nodriza cogió una botella de vino y le hizo beber tanto que él, borracho, no supo rechazar el ofrecimiento. Llegó la noche, Rosette se fue a dormir, su pequeño Frétillon estaba acostado a los pies de la cama sin remover las patitas. La princesa dormía profundamente cuando aquella malvada nodriza fue a buscar al barquero haciéndole entrar en la estancia de la joven, después, sin despertarla, la cogieron con su lecho de plumas, el colchón, sábanas y cobertores, mientras la hermana de leche les ayudaba con todas sus fuerzas, y la arrojaron al mar. La princesa descansaba teniendo tan felices sueños que ni siquiera se desveló. Mas por suerte el lecho estaba hecho de plumas de fénix, que son muy raras ya que tienen la propiedad de que flotan siempre; por tanto navegó en su cama como si hubiese estado en un barco. Pero mientras el agua iba calando poco a poco el colchón, y como ella daba vueltas sin cesar de un lado al otro, Frétillon se despertó. Él perrito tenía un olfato excelente, y olió enseguida los cercanos lenguados y los bacalaos, lo que hizo que se pusiera a ladrar y a ladrar, tanto, que despertó a todos los demás peces comenzando éstos a nadar; los más grandes empujaban con la cabeza el lecho de la princesa, que no entendía nada, mirando en todas direcciones. ¡Diantre, Rosette estaba de lo más sorprendido! -¿Es que nuestro barco danza sobre el agua? –se preguntaba- Pues nunca me he sentido tan mal como esta noche. En tanto el perrito no dejaba de ladrar, dando muestras de desesperación. La malvada nodriza y el barquero le escuchaban desde muy lejos y decían: -He ahí ese pequeño e insolente perro, que bebe con su dueña a nuestra salud. ¡Aprestémonos a llegar a tierra! Porque estaban cerca ya de la ciudad del rey de los pavos reales. Éste había enviado a la orilla del mar cien carrozas tiradas por toda suerte de bestias raras, leones, osos, ciervos, lobos, caballos, bueyes, patos, águilas y pavos reales. La carroza en donde la princesa Rosette debía ir era arrastrada por seis cisnes azules que saltaban, que danzaban, que daban mil vueltas y lucían bellos arneses y terciopelos carmesíes incrustados con láminas de oro. También se veían sesenta jóvenes damas que el rey había elegido para entretenerla y que iban vestidas con toda suerte de colores en donde el del oro y la plata eran los de menor importancia. La nodriza había tenido gran cuidado en arreglar a su hija poniéndole los diamantes de Rosette en la cabeza y sus más bellas ropas, pero ella, con estos arreglos estaba más fea que una mona, pues sus cabellos eran de un negro grasiento, sus ojos bizcos, tenía las piernas torcidas y una gruesa giba en medio de la espalda, además, como siempre estaba de mal humor y desabrida, no paraba de gruñir. Cuando todos los súbditos del rey de los pavos reales la vieron salir del barco, se quedaron tan asombrados que no podían ni hablar. -¿Qué es esto? –exclamó ella-, ¿es que estáis dormidos?... ¡Venga, vamos, traedme de comer! ¡Estáis hechos unos buenos gandules, os haré prender a todos!
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