| LA PRINCESA
ROSETTE de Madame D'Aulnoy |
©
2005 Traducido del francés por Estrella Cardona Gamio
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-Señor –dijo el príncipe-, he aquí a mi hermano que es un monarca como vos. Nuestra hermana, la que veis en el retrato, es la princesa Rosette y hemos venido a preguntar si queréis desposaros con ella. Rosette es hermosa y muy discreta, y nosotros le daremos como dote un celemín en escudos de oro. -Si –afirmó el rey-, me casaré con ella muy gustoso. No le faltará nada conmigo; la amaré con todo mi corazón, pero os aseguro que si no es tan hermosa como en el retrato aparece, os mandaré matar. -Aceptamos–dijeron los hermanos de Rosette. -¿Aceptáis? Id entonces –añadió el rey-, a prisión y permaneced allí hasta que la princesa llegue: Los dos obedecieron sin oponer resistencia, seguros como estaban de que Rosette era aún más bella que su retrato. Cuando los hermanos fueron a prisión el rey de los pavos reales iba a verles a menudo y tenía en su palacio el retrato de Rosette, ya que estaba tan loco por ella que no dormía ni de noche ni de día. Estando el rey y su hermano encarcelados, escribieron a la princesa para que hiciera rápidamente su equipaje y viniese lo más pronto posible ya que el rey de los pavos reales la esperaba. Sin embargo no le dijeron que estaban prisioneros, por miedo de inquietarla demasiado. Al recibir Rosette la carta, se emocionó tanto que pensó que iba a morir de alegría. Dijo a todo el mundo que el rey de los pavos reales había sido hallado y que se quería casar con ella. Se lanzaron fuegos artificiales, se disparó el cañón y se comió por doquier confites y azúcar. La princesa regaló sus bellas muñecas a las damas de la corte y el reino lo dejó en manos de los más sabios ancianos de la ciudad, recomendándoles que cuidasen de todo, de no gastar más de la cuenta, de guardar el dinero para cuando retornase el rey; les rogó también que conservasen al pavo real, y no quiso llevar con ella más que a su nodriza y a su hermana de leche junto con su perrito verde Frétillon. Embarcaron portando consigo el celemín de escudos de oro, vestidos para cambiarse, durante diez años dos veces al día, y no hacían otra cosa que cantar y reír. La nodriza preguntaba al barquero: -¿Estamos cerca, ya nos acercamos al reino de los pavos reales? Y él le decía: -¡No, no! Otra vez ella le preguntaba: -¿Estamos cerca, estamos cerca? Y él decía: -Pronto, pronto llegaremos. Otra vez ella le preguntó: -¿Nos acercamos, nos acercamos? Y él replicó: -¡Si, si! Y cuando él hubo dicho esto, la nodriza se puso en la proa del barco, sentada junto a él y le propuso: -Si tú quieres, serás rico como jamás lo has sido. Él respondió: -Yo lo quiero. Ella continuó: -Si tú quieres ganarás buenas monedas de oro. Él respondió: -No pido nada mejor. -Pues bien –dijo ella-, es preciso que esta noche, mientras las princesa duerme, me ayudes a tirarla al mar. Después que se haya ahogado vestiré a mi hija con sus bonitos trajes y se la llevaremos al rey de los pavos reales que estará más que satisfecho de casarse con ella, y, para recompensarte, te daremos muchos diamantes.
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