| LA PRINCESA
ROSETTE de Madame D'Aulnoy |
©
2005 Traducido del francés por Estrella Cardona Gamio
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Llegaron al reino de los abejorros, quienes aturdieron al rey con sus zumbidos haciéndole temer que iba a quedarse sordo. El monarca preguntó al primero que vio menos ruidoso, si sabía en que lugar podría encontrar al rey de los pavos reales. -Señor –le respondió el abejorro-, su reino se halla a treinta mil leguas de aquí. Habéis cogido el camino más largo para ir. -¿Y cómo sabéis vos eso? –inquirió el rey. -Pues –repuso el abejorro-, nosotros os conocemos muy bien sire, ya que vamos todos los años a pasar dos o tres meses en vuestros jardines. Entonces el rey y su hermano cogieron al abejorro del brazo y en muestra de amistad comieron juntos, y mientras duró su estancia, contemplaron con admiración todas las curiosidades de ese país lejano, donde la más pequeña hoja de árbol vale una moneda de oro. Después de esto, ambos hermanos partieron para terminar su viaje, y como conocían el camino, no tardaron demasiado. Vieron todos los árboles cargados de pavos reales y estaban tan llenas sus ramas que se les escuchaba gritar y hablar desde cualquier lugar. El monarca dijo a su hermano: -Si el rey de los pavos reales es un pavo real también, ¿cómo pretende nuestra hermana casarse con él?. Se necesitaría estar loco para otorgarle el consentimiento. ¡Menuda alianza nos daría semejante boda, pequeños pavos reales por sobrinos! El príncipe no estaba menos apenado. -Es –contestó-, una desgraciada fantasía esta que se le ha ocurrido. No sé cómo pudo adivinar que hay en el mundo un rey de los pavos reales. Cuando llegaron a la gran ciudad, vieron que estaba llena de hombres y mujeres, pero que vestían trajes hechos de plumas de pavo real, con las que, además, lo engalanaban todo, como si hacerlo fuese la cosa más hermosa. Los dos hermanos se tropezaron con el rey que iba a pasearse en una pequeña carroza de oro y de diamantes, arrastrada por doce pavos reales. El rey de los pavos reales era tan guapo, tan guapo, que ambos quedaron encantados; sus cabellos eran largos, rubios y ondulados, el rostro blanco, y lucía una corona hecha con las plumas de la cola de un pavo real. Cuando él les vio, juzgó que puesto vestían de otra manera que las gentes del país, debían ser extranjeros, y para saberlo detuvo su carroza y les llamó. El rey y el príncipe se acercaron. Habiéndole hecho una reverencia, le explicaron: -Sire, venimos de muy lejos para mostraros una bella pintura –y sacaron de su equipaje el gran retrato de Rosette. Cuando el rey de los pavos reales lo contempló a su gusto, dijo: -No puedo creer que haya en el mundo una joven tan hermosa. -Todavía es cien veces más bella –respondió el hermano mayor de Rosette. -¡Ah!, vos os burláis –repuso el rey de los pavos reales.
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