| LA PRINCESA
ROSETTE de Madame D'Aulnoy |
©
2005 Traducido del francés por Estrella Cardona Gamio
|
||
|
|
|||
2
Sin embargo, pronto supo la reina que había en un cercano y gran bosque un viejo ermitaño, que dormía dentro del tronco de un árbol y al que se le iba a consultar de todas partes. -Es preciso que yo vaya también -dijo la soberana-; las hadas me han anunciado el mal, pero han olvidado el remedio. Así pues, una buena mañana, montó en una pequeña mula blanca cuyas herraduras eran de oro, siendo acompañada por dos de sus damas, cada una cabalgando en un bonito caballo. Cuando las tres estuvieron en el bosque, la reina y sus damas descabalgaron acercándose al árbol que habitaba el ermitaño. A él no le gustaba ver mujeres, mas cuando reconoció a la reina le dijo: -¡Sed bienvenida! ¿Qué queréis de mi? Ella entonces le contó lo que las hadas habían dicho de Rosette y le pidió consejo. Él le repuso que era necesario encerrar a la princesa en una torre, y que de allí no saliese jamás. La reina le dio las gracias y una buena limosna y regresó a contárselo todo al rey. Cuando su marido supo estas noticias, hizo construir rápidamente una torre enorme y allí metió a la niña, y, para que no se aburriese, el rey, la reina y sus dos hermanos iban a verla todos los días. El mayor de los hermanos era llamado el gran príncipe y el segundo el pequeño príncipe. Ambos querían mucho a Rosette pues era la más bella y la más graciosa que se haya visto jamás, y la más breve de sus miradas valía más que cien monedas. Cuando la princesa tuvo quince años, el gran príncipe le dijo al rey: -Mi hermana es lo bastante mayor para casarse, ¿podremos ir a su boda? El pequeño príncipe le hizo igual pregunta a la reina, pero sus majestades les dieron respuestas evasivas. El rey y la reina enfermaron, muriendo los dos el mismo día. La corte se vistió de luto, y por doquier doblaban las campanas. Rosette estaba inconsolable por la muerte de su madre. Cuando el rey y la reina hubieron sido enterrados, los marqueses y los duques del reino hicieron sentar al gran príncipe en un trono de oro y de diamantes, con una hermosa corona sobre su cabeza y vestido con ropajes de terciopelo violeta bordados de soles y lunas, y después toda la corte gritó tres veces: ¡Viva el rey! Entonces no se pensó en otra cosa que no fuera sino olvidar los días tristes. El rey y su hermano decidieron que ahora que ellos eran los amos sería preciso sacar a Rosette de la torre en donde languidecía desde hacía tanto tiempo. No tuvieron más que atravesar el jardín para ir a la torre edificada con gran esmero, ya que el rey y la reina difuntos querían que permaneciera allí para siempre. Rosette bordaba una rica tela sobre un bastidor, mas cuando vio a sus hermanos, levantóse, cogiendo la mano del rey, y le dijo: -¡Buenos días, sire! Vos sois ahora el monarca, y yo vuestra más humilde servidora. Os ruego que me saquéis de esta alta torre en donde tanto me aburro. Y allí mismo, se puso a llorar.
|
|||