REINOS INVISIBLES
de Richard von Volkmann
© 2005 Traducido del alemán por Estrella Cardona Gamio

5

Acto seguido se metieron en el jardín entre los Sueños bondadosos. Estos eran hombres, mujeres, ancianos y niños, todos con rostros cariñosos y buenos y hermosas vestiduras. Ellos eran sinceros cuando estrechaban tu mano y deseaban de corazón ir a visitarte.

De pronto Jörg el Soñador se quedó inmóvil y gritó tan alto que todos los sueños se volvieron.

-¿Qué es lo que te pasa? –quiso saber el Rey.

-¡Esta es mi princesa, la que se me aparece tan a menudo y me regala rosas! –exclamó Jörg el Soñador maravillado.

-¡Sin duda, ciertamente! –respondió el monarca- ¿No es verdad que tengo siempre para ti un bonito Sueño?... Quizás sea el más bonito de todos mis Sueños.

Y acto seguido se dirigió hacia la princesa que se hallaba sentada otra vez en su pequeño columpio dorado balanceándose.

Tan pronto como ella vio que él se aproximaba, saltó hacia sus brazos. Pero Jörg, cogiéndola de la mano, la llevó a un cercano banco de oro. Allí se sentaron los dos y hablaron de lo bonito que era volverse a ver otra vez y para ella estar de nuevo con él.

El Rey de los Sueños, mientras tanto, iba paseando con las manos a la espalda por la gran alameda que se encontraba en medio del jardín y a veces miraba la hora en su reloj porque se hacía tarde y Jörg el Soñador y la Princesa aún no daban por terminada su conversación. Por último se dirigió a ellos y les dijo:

-¡Muchachos, ya está bien! Tú Jörg el Soñador, tienes un largo camino hacia casa y no pudo tenerte aquí durante la noche; no hay cama que ofrecerte; los Sueños no descansan a esas horas porque siempre tienen que ir a visitar a las personas de la Tierra; y tú, princesita, debes prepararte para vestir hoy completamente de color de rosa y más tarde venir aquí para que yo te explique a quien tienes que aparecerte esta noche y que le has de decir.

Cuando Jörg el Soñador oyó aquellas palabras sintió en su corazón un valor como jamás lo había experimentado en la vida, y dijo con firme voz:

-Señor Rey no voy a dejar a mi princesa ni ahora ni nunca más; o bien me quedo aquí abajo con ella o permitís que nos vayamos. ¡No puedo vivir sin ella ya que estoy muy enamorado!

Y en sus ojos había una lágrima tan grande como una avellana.

-Pero Jörg, Jörg –respondió el Rey-, cierto, ella es en verdad el más bonito sueño que tengo. Sin embargo, tú me has salvado la vida, entonces, sea pues. Coge a tu princesa y sube con ella a la Tierra. Tan pronto estéis arriba, quítale el velo plateado de la cabeza y tíramelo. Entonces tu princesa será de carne y hueso como las otras gentes, ¡ya que ahora sólo es un Sueño!

Jörg el Soñador le dio las gracias calurosamente y dijo:

-Querido Rey, porque sois tan bondadoso me atrevo a haceros todavía un ruego. Tengo una princesa, mas carezco aún de reino. ¿Podéis proporcionarme uno aunque sea pequeño?

El monarca replicó:

-Yo no tengo Reinos Visibles, Jörg el Soñador, pero si Invisibles y puedo darte uno de ellos, por cierto el más grande y magnífico de todos los que todavía tengo.

Al escuchar esto, preguntó Jörg el Soñador cómo se fabricaban los Reinos Invisibles y el Rey le contestó que ya se enteraría cuando viviese en el azul maravilloso, tan hermoso y magnífico de los Reinos Invisibles.

-Has de saber, no obstante –comentó el soberano-, que con los vulgares Reinos Visibles de vez en cuando hay asuntos molestos. Por ejemplo: tú eres el monarca de un reino vulgar y esta mañana pasó el ministro por tu dormitorio  y te dijo: ¡Majestad, necesito mil táleros para el reino!

Vas y abres las arcas del Estado y no hallas dentro nada. ¿Qué puedes hacer? Meterte en una guerra, perderla, y el otro rey que te ha vencido se casa entonces con la princesa y a ti te encierra en una torre. ¡Algo semejante no sucede en un Reino Invisible!

-Pero si nosotros no lo vemos –preguntó Jörg el Soñador-, ¿para qué nos puede ser útil nuestro reino?

 

Sigue...

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