| REINOS
INVISIBLES de Richard von Volkmann |
©
2005 Traducido del alemán por Estrella Cardona Gamio
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En una pequeña casa que se hallaba a un cuarto de hora de la aldea, en medio de la ladera de una alta montaña, vivía con su viejo padre, un joven campesino llamado Jörg. Como a la casa le pertenecían campos de labranza, ninguno de los dos tenían que preocuparse por su subsistencia. Detrás de la casa comenzaba el bosque de robles y hayas que ahí estaban desde hacía más de cien años, y delante del bosque había una vieja y rota muela de molino que nadie sabía cuando había ido a parar allí. Quien se sentaba sobre ella disfrutaba de una maravillosa vista del valle, del río que lo atravesaba y de la montaña que al otro lado de éste parecía ascender a otro mundo. En ella Jörg tomaba asiento al atardecer, habiendo concluido su trabajo en los campos; con el rostro entre las manos, los codos sobre las rodillas, a veces durante horas, soñaba haciendo poco caso de l gente de la aldea y de sus opiniones, por lo cual se burlaban de él llamándole Jörg el Soñador, lo cuaL le dejaba indiferente. Pero cuanto más mayor se hacía ibáse volviendo más introvertido y silencioso; finalmente murió su anciano padre y lo sepultó debajo de una gran y vieja encina. Jörg continuó sentándose, ahora mucho más a menuda que antes, sobre la antigua muela de molino, y miraba hacia el magnífico valle inmerso en la niebla del atardecer que subía por la montaña, hasta que por fin la luna y las estrellas ascendían en todo su esplendor por el firmamento y entonces su corazón se conmovía ante tanta belleza, puesto que en ese momento, la corriente del río empezaba a cantar en voz baja, percibiéndose pronto, claro y preciso, lo que explicaba acerca de las montañas de donde venía, del mar hacia donde iba, y de las ondinas que moran en el fondo de los ríos. Después empezaba también el bosque a susurrar y a contar cosas maravillosas. En particular la vieja encina que se levantaba sobre el sepulcro de su padre y que sabía aún mucho más que los otros árboles. Mientras tanto, las estrellas permanecían altas en el cielo, produciendo con su titilar un gran deleite, lo mismo que el verde valle y la azulada corriente del río. Y entonces, el ángel que está de pie detrás de las estrellas, decía: -¡Estrellas, estrellas, no hagáis ninguna travesura, vosotras que sois tan viejas, e, incluso más todavía, milenarias! ¡Manteneos fieles a estas tierras permaneciendo eternamente sobre ellas! ¡En verdad que era un valle prodigioso! Pero todo esto sólo lo veía y lo oía Jörg el Soñador; los habitantes de la aldea no se imaginaban nada de eso ya que eran gentes sin fantasía, del todo vulgares; cuando talaban uno de los viejos árboles gigantes de los alrededores, lo serraban y troceaban, comentaban entre ellos: -Ahora nos vamos un momento a tomar un café caliente. Y en la corriente del río lavaban su ropa; lo que les era mucho más cómodo. Pero de las brillantes estrellas no decían otra cosa que: -Esta noche hará frío de verdad; ¡ojalá nuestras patatas no se hielen!
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