EL RATONCITO MITJONET
Dedicado a la pequeña Ariadna Priante Francès

© 2005 Estrella Cardona Gamio

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Copyright dibujo: ADOLF 2005 9 La señora Garsa

¡Verdaderamente, el pobre animalito iba de mal en peor!

La urraca se lo miró de reojo y con curiosidad. No se trataba de una ave de esas que comen ratones, como las lechuzas y los búhos, y además no era malvada, por eso le preguntó al aterrado roedor:

-¿Quién eres tú?

-Mitjonet el ratoncito...

-Ya me he dado cuenta de que eres un ratón, lo que quiero saber es qué haces aquí, a campo descubierto, para que todo el mundo te descubra al primer vistazo.

-¿Y eso es malo?

-¡Naturalmente!; los ratones son un bocado exquisito para cualquier hambriento. Serpientes, gatos, mochuelos...

-Y usted, señora...

-Garsa, yo me llamo garsa y no como ratones si eso es lo que te preocupa.

Escuchándola, Mitjonet se quedó como si le quitasen un gran peso de encima, y más tranquilo dijo:

-Me he perdido en el bosque, iba buscando el río en donde vive una colonia de ratones pescadores y no encuentro nada que se le parezca, ni río ni pescadores... El señor Caracol me ha explicado que quizá un ave como usted me podría decir algo...

-¿Por dónde cae el río?... Pues, un poco lejos para un ratoncillo como tú... Con tus patitas y caminando sin descansar, ¡hum!, y yendo todo bien, tardarás mucho, tal vez dos días enteros, ¿sabes?

-¡Caray, eso es demasiado, no llegaré nunca en mi vida al río, me haré viejo antes!

-¡No exageres!

-Era una manera de hablar, señora Garsa –dijo Mitjonet tímidamente.

La urraca se lo pensó unos instantes, añadiendo después:

-Escucha, hagamos un trato, tengo dos hijitos muy traviesos en el nido y cada vez que los dejo solos estoy angustiada y con miedo de que jugando se caigan de la rama del árbol y se los coma un zorro o se maten... Su padre se ha marchado por unos días a ver a un primo enfermo en otro bosque y yo he de ir siempre corriendo de un lado para otro con el miedo en el cuerpo... El trato es este: quédate en mi nido haciendo de niñera y cuando vuelva el señor Garsa, yo misma te llevaré al río con los ratones pescadores, ¿te conviene este arreglo?

¿Podría hacer otra cosa Mitjonet?, no, así pues tuvo que aceptar lo que le ofrecían de buena voluntad; después de todo, eso era mejor que ir dando vueltas y más vueltas sin sacar nada en claro.

-De acuerdo, lo haremos como usted dice.

-Muchas gracias, ratoncillo, ¡no sabes el gran favor que me haces! Venga, vamos al nido enseguida y te presentaré a mis hijos, Petita garsa y Garsa petita, ¡te gustarán mucho! Sube a mi espalda y cógete fuerte a las plumas que en un santiamén estaremos en casa.

Y así fue.

Petita garsa y Garsa petita, eran, a los asombrados ojos del ratón, un par de grandullones de lo más ruidoso, pero tuvo el buen sentido de no decirlo en voz alta para no ofender a su benefactora.

Entonces comenzó una vida nueva para Mitjonet convertido en niñera a la fuerza, cosa que no le agradaba mucho que digamos. Los hijos de la señora Garsa, pequeños por la edad mas grandes de cuerpo, no eran fáciles de manejar, en primer lugar porque no hablaban ninguna lengua, ni de pájaro ni de ratón, y segunda porque eran pícaros de verdad y no dejaban vivir a nadie en paz.

Mitjonet, muy responsable, se estaba el día entero a su lado vigilando que no hiciesen una fechoría y recibiendo a cambio golpes de pico y de ala, eso por no hablar del alboroto que hacían los hijos de la señora Garsa, que sin decir nada que se pudiese entender, ponían la cabeza como un tambor.

El ratón limpiaba el nido con cuidado, daba de comer a las pequeñas urracas chillonas, les rascaba la cabecita para que se durmiesen y les cantaba canciones que a él le había cantado su madre, y todo eso un día y otro día y la señora Garsa tan contenta y el señor Garsa sin volver a casa. Finalmente Mitjonet se enfadó mucho, y un atardecer cuando la madre urraca volvía toda satisfecha de hacer una carrera de reconocimiento con sus amigas, más que trabajo, rapiña porque iba a la busca de objetos brillantes de metal como todas las aves de su especie, el ratoncito se plantó muy decidido delante de la señora Garsa y le dijo:

-Señora mía, ha salido el sol tres veces completas desde que estoy a su servicio y el señor Garsa todavía continúa haciendo la visita a su primo, lo que me parece muy bien porque se trata de la familia, pero yo a mi vez tengo cosas que hacer, una de ellas es la de convertirme en un ratón de provecho y pienso que trabajando de niñera no llegaré nunca, o sea que a pesar de que lo lamente mucho, tendré que dejar el trabajo e irme.

-Me sabe muy mal, Mitjonet –dijo la señora Garsa avergonzada-, yo no pensaba que mi marido tardase tanto... ¿Sabes que haremos?, hablaré con un mirlo que conoce a una paloma mensajera y le encargaré que le diga al señor Garsa que vuelva pronto, ¿verdad que puedes esperar un poquito más?

¡Qué remedio!

Transcurrió una jornada completa y parte de la otra, y al anochecer, de súbito, apareció el señor Garsa llevando en el pico una cucharita de plata preciosa.

-¡Oh, que maravilla! –dijo la señora Garsa muy contenta por el regalo que le traía su marido.

-Le estoy más que agradecido, amigo Mtjonet, por haberse ocupado de nuestros hijitos, perdone el retraso y enseguida le ayudaremos a encontrar el camino del río –dijo el señor Garsa muy educado.

Entonces el ratón tranquilizóse y cuando a la mañana siguiente, el mismo señor Garsa se lo cargó a la espalda para llevarlo hacia el río, se despidió de sus amigos ligeramente enternecido: había pensado que le tomaban el pelo y se había equivocado, bien, de sabios es rectificar.

Petita garsa y Garsa petita berrearon otra vez pero el alboroto se perdió en la lejanía.

-¡Adiós, adiós! –dijo Mitjonet mientras agitaba la patita.

 

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