| EL RATONCITO
MITJONET Dedicado a la pequeña Ariadna Priante Francès |
|||
|
|
|||
|
Después de tantas aventuras el pobre Mitjonet había cogido un miedo muy grande y más grande todavía era la inseguridad que llevaba encima. Así reflexionaba yendo por un sendero: -Quizá soy un memo... ¿O tal vez a todos les pasa lo mismo cuando corren mundo? ¡Viajar, conocer nuevos animales y vivir aventuras, es de lo más peligroso!... Claro que mi padre lo hizo, y antes de mi padre mi abuelo y mi bisabuelo y mi tatarabuelo, y... Y ahora Mitjonet... Si ellos lo hicieron, creo que yo también lo conseguiré, ¿verdad que sí? Rezongaba en voz alta, no demasiado convencido, todo sea dicho, cuando de repente tropezó con la casita de un caracol, y como los caracoles nunca abandonan su hogar, pues el caracol sacó un cuerno muy enfadado. -¡Oye, tú, fíjate por donde vas y no molestes a la gente de bien que no se mete con nadie! -¡Perdone, perdone, señor Caracol, no quería molestarle! He tropezado porque iba distraído, ¿sabe usted? -Te creo, ratoncillo, pensando en las musarañas como toda la juventud de ahora que no tiene demasiado juicio... ¡Cuando yo era joven, eso sí que eran otros tiempos!... Nosotros no íbamos por los senderos caminando como si fuéramos saltamontes, ¡plomp, plomp, plomp, había un respeto hacia la gente mayor! -Si señor Caracol. Como el ratoncito era muy educado y hacía cara de estar avergonzado, el caracol se dulcificó un poco. -¿Y qué haces tú por aquí? -No sé donde estoy, creo que me he perdido, quería ir al río y he ido a parar a otro sitio en donde había ratas, hombres y perros, y he caído en una trampa de las que se llaman ratonera y me ha salvado una giganta rubita y muy linda que era la dueña de Baldufa... -¿Una chica que no tiene miedo de los ratones?, ¡esta sí que es buena; nunca me lo hubiese pensado! -¿Usted conoce a los gigantes? -¡Pse, algo! –dijo el caracol haciéndose el importante- En primavera, después de llover, salen con cestos y vienen al bosque y nos cogen a nosotros, y en el otoño lo mismo añadiendo las setas porque es la temporada; según dicen los más sabios de entre los viejos caracoles, nos quieren tanto que no pueden vivir sin nosotros y por eso nos llevan a sus jardines y huertos para que siempre tengamos comida y seamos felices... Yo estoy de lo más impaciente esperando que llegue mi turno, ¿sabes? -¿También quieren a las setas? –preguntó inocentemente Mitjonet. -¿A las setas? -Se las llevan, ¿no? El caracol nunca había pensado en eso. -Bueno... sí, también, más que nada para que no añoremos el bosque... Es todo un detalle por su parte, ¿no te parece? -¿Y nunca han vuelto? -¿Las setas? -No, los caracoles. -¡¿Cómo quieres que vuelvan si se encuentran estupendamente en los jardines y los huertos?!... ¡Mira que eres simple, ratoncillo! -Perdone otra vez señor Caracol... Escuche, usted que es tan listo, ¿podría explicarme como puedo ir al río? -¿Para que quieres ir al río? -Porque hay allí una colonia de ratones pescadores y querría vivir un tiempo con ellos para aprender y convertirme en un ratón de provecho, como es mi padre. -¿Tu padre es pescador? -No, es un ratón de tierra dentro, se llama señor Cuagrisa... ¿Lo conoce de oídas? El caracol puso cara de sabelotodo. -¡Cualquiera ha oído hablar de Cuagrisa; es un gran tipo! Mitjonet se emocionó al comprobar como su padre era famoso en la región. -¡Ya le diré a papá que todos saben quien es! -Le das recuerdos de mi parte. -Lo haré el día que vuelva a casa tan famoso y respetado como él mismo. -De acuerdo. ¡Adiós! –y el caracol comenzó a desaparecer dentro de la concha que era su casa. -¡Un momento, un momento! ¿Me puede decir dónde se encuentra el río? -¿El río? –repitió el caracol sacando un cuerno- ¡Ah, sí, el río!... El río... Escucha, quien sabe más que ninguno de ríos es cualquier pájaro, así que estate ojo avizor y al primero que veas le pides la dirección, sin embargo ves con cuidado y fíjate que sea un pájaro pequeño porque uno grande te devoraría en un santiamén. -¿Cómo de pequeño? –quiso saber Mitjonet un poco escamado. -Casi como tú –y el caracol, sin añadir nada más explicativo, desapareció totalmente, engullido por su caparazón. De nuevo en el camino, Mitjonet, miraba y miraba, a la espera de cualquier cosa que tuviese plumas y volase, algo harto ya de tantos obstáculos y pensando que la noche se aproximaba y que no tendría tanta suerte como la anterior que la pasó en la madriguera de Maduixa, además, tenía hambre porque se había comido todo lo que llevaba en la bolsa y no encontraba nada de bueno en el suelo para llenar la barriguita. Así estaba, buscando y padeciendo, muy descorazonado, cuando una sombra descendió del cielo y el ratón se encontró frente a frente con una urraca que para él era un ave enorme, y pensó entonces: “¡ahora si que estás perdido, Mitjonet!”.
|
|||