| EL RATONCITO
MITJONET Dedicado a la pequeña Ariadna Priante Francès |
|||
|
|
|||
|
-¡Vaya un tiempo, caramba! –rezongó la bestezuela toda empapada y sin saber en donde meterse huyendo de la lluvia que caía a raudales. -¡Eh, tú! –exclamó un vozarrón que parecía salir de las raíces de un árbol muy grueso y respetable. -¿Yo? -Sí, tú, Mitjonet el ratoncito de la familia de los Cuagrisa. -¿Me conoces? -¡Y tanto! -Yo no te veo. -¡Pues ya somos dos, mira por dónde! -¿Qué no me ves? -No. -¿Y cómo sabes que soy yo? -Por que tengo oídos... Hace un rato te he escuchado hablar con la señora de Pollastre y ya lo sé todo de ti. -¿Qué sabes? -Que eres un ratoncito viajero, que te llamas Mitjonet y que tienes miedo del gato Bigotis de la granja. -¿Tú no tienes miedo del gato? –quiso saber Mitjonet algo picado porque no le gustaba que le tomasen por un ratón cobarde. -¿Por qué habría yo de tener miedo?; vivo bajo tierra, metido tan hondo, que ningún gato podría llegar jamás, y por otro lado visto un traje natural de pinchos que me sirve para caminar tranquilamente cuando voy de paseo, ¿sabes? -¿Un vestido de pinchos? -¿De dónde sales que no sabes quién soy? Mitjonet se quedó un poco cortado porque no sabía de quién se pudiera tratar. -Pues ahora mismo no... -¡Esta juventud!...¡Soy un erizo! -¿Un erizo? -¡Y tanto! ¿Nunca has visto un erizo? -¡Naturalmente que he visto, y muchas veces! -¿Entonces?... Bien, olvidemos el lapsus y acércate, ven, ven... Aquí, a mi madriguera, es ese agujerito bajo las raíces del árbol... ¿Ya sabes dónde te digo? -¡Sí, sí, lo estoy viendo ahora mismo!... ¡Voy, voy enseguida! Y el ratón en cuatro saltitos se aproximó a la madriguera. El erizo estaba escondido en la oscuridad y con el cielo nublado Mitjonet tuvo que hacer un gran esfuerzo para descubrirlo. Afortunadamente la lluvia había cesado tan súbitamente como empezó a caer, y aunque el ratoncito se había empapado por completo, en esos momentos ni se apercibía de lo intrigado que estaba. -Ya puedes pasar, ratoncillo; estás en tu casa, aquí podrás secarte del aguacero y comer un bocado. -Agradecido, eres muy amable. -No has de darme las gracias, hoy por ti mañana por mí; si todos pensaran de esta manera el mundo iría mejor, ¿no crees? -¡Sí, sí! -¡Venga pues!, entra que te daré una toalla. Muy contento de haber encontrado un amigo, Mitjonet se metió en la madriguera del erizo y se estaba secando cuando de repente un ¡pío, pío! angustioso que llegaba de fuera, lo dejó helado. -¡Parece el reclamo de un polluelo! –dijo y el erizo le respondió encogiendo los hombros: -¡No me extraña nada!... Debe ser un hijo de la señora de Pollastre, que se ha perdido bajo la lluvia; esos pequeños se esconden en cualquier lugar al primer chaparrón y después su madre va como loca para encontrarlos. -¡Pobrecito! –se conmovió Mitjonet, más próximo a la infancia que a la edad adulta. -Si, ya ves, no hay nada que hacer; son unos atolondrados, y es tiempo de que tengan juicio por lo tanto un poco de miedo no le hará ningún mal a éste, ¿no te parece? -Me parece, pero es demasiado pequeñito, y si viene el gato Bigotis, ¿entonces qué? El erizo frunció las cejas. -Eso es algo a lo que todos estamos expuestos, ¿no crees? -Por el hecho de estar no tengo excusa para hacerme el desentendido... Voy a buscarlo. -¡Ahora que ya te habías secado! -Tanto da, lo que importa es que el pollito no camine perdido por el bosque expuesto a toda clase de peligros. -Bueno, bueno, marcha que os esperaré con más toallas... ¿Sabes?, ahora no puedo salir porque si me mojo las patitas voy a coger un resfriado y no me gustan los resfriados. Mitjonet se alejó de la madriguera y se puso a gritar: -¡Pollito, pollito!, ¿dónde estás?: -¡Pío, pío, pío! -¡Esa no es ninguna dirección, pollito! -¡Pío, pío, pío! -¡Ah, ya te veo! Era verdad, no demasiado lejos se divisaba una especie de cosa de color yema de huevo con un pequeño pico rosado, que yacía amontonada entre las hierbas. -¡Ya voy pollito, ya voy, no tengas miedo, aquí tienes a Mitjonet que te hará de niñera! -¡Pío, pío, pío! -Sí, eso mismo, ¡pío, pío! El ratón se le acercó y entonces apareció la señora de Pollastre espantada y cacareando ruidosamente: -¡¡¡Ko, ko, ko!!!... ¿Dónde estás, hijo mío, mi querido hijo el más pequeño? -¡Aquí, aquí, señora de Pollastre, su hijito está aquí, está bien, no le pasa nada, aparte del susto que lleva encima! -¡Ay, qué alegría más grande, mi Groguet hallado al final después de tantas angustias!... ¡Groguet, Groguet!... ¡Muchas gracias, ratoncillo, por cuidar de mi hijito! -De nada, no se merecen, señora, he hecho lo que debía, nada más. -¡Eres muy, muy bueno, ratoncillo, te estoy agradecida de verdad! Y la señora de Pollastre recogió bajo sus alas a Groguet para abrigarlo.
|
|||