EL RATONCITO MITJONET
Dedicado a la pequeña Ariadna Priante Francès

© 2005 Estrella Cardona Gamio

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Copyright dibujo: ADOLF 2005 3 El erizo

-¡Vaya un tiempo, caramba! –rezongó la bestezuela toda empapada y sin saber en donde meterse huyendo de la lluvia que caía a raudales.

-¡Eh, tú! –exclamó un vozarrón que parecía salir de las raíces de un árbol muy grueso y respetable.

-¿Yo?

-Sí, tú, Mitjonet el ratoncito de la familia de los Cuagrisa.

-¿Me conoces?

-¡Y tanto!

-Yo no te veo.

-¡Pues ya somos dos, mira por dónde!

-¿Qué no me ves?

-No.

-¿Y cómo sabes que soy yo?

-Por que tengo oídos... Hace un rato te he escuchado hablar con la señora de Pollastre y ya lo sé todo de ti.

-¿Qué sabes?

-Que eres un ratoncito viajero, que te llamas Mitjonet y que tienes miedo del gato Bigotis de la granja.

-¿Tú no tienes miedo del gato? –quiso saber Mitjonet algo picado porque no le gustaba que le tomasen por un ratón cobarde.

-¿Por qué habría yo de tener miedo?; vivo bajo tierra, metido tan hondo, que ningún gato podría llegar jamás, y por otro lado visto un traje natural de pinchos que me sirve para caminar tranquilamente cuando voy de paseo, ¿sabes?

-¿Un vestido de pinchos?

-¿De dónde sales que no sabes quién soy?

Mitjonet se quedó un poco cortado porque no sabía de quién se pudiera tratar.

-Pues ahora mismo no...

-¡Esta juventud!...¡Soy un erizo!

-¿Un erizo?

-¡Y tanto! ¿Nunca has visto un erizo?

-¡Naturalmente que he visto, y muchas veces!

-¿Entonces?... Bien, olvidemos el lapsus y acércate, ven, ven... Aquí, a mi madriguera, es ese agujerito bajo las raíces del árbol... ¿Ya sabes dónde te digo?

-¡Sí, sí, lo estoy viendo ahora mismo!... ¡Voy, voy enseguida!

Y el ratón en cuatro saltitos se aproximó a la madriguera.

El erizo estaba escondido en la oscuridad y con el cielo nublado Mitjonet tuvo que hacer un gran esfuerzo para descubrirlo. Afortunadamente la lluvia había cesado tan súbitamente como empezó a caer, y aunque el ratoncito se había empapado por completo, en esos momentos ni se apercibía de lo intrigado que estaba.

-Ya puedes pasar, ratoncillo; estás en tu casa, aquí podrás secarte del aguacero y comer un bocado.

-Agradecido, eres muy amable.

-No has de darme las gracias, hoy por ti mañana por mí; si todos pensaran de esta manera el mundo iría mejor, ¿no crees?

-¡Sí, sí!

-¡Venga pues!, entra que te daré una toalla.

Muy contento de haber encontrado un amigo, Mitjonet se metió en la madriguera del erizo y se estaba secando cuando de repente un ¡pío, pío! angustioso que llegaba de fuera, lo dejó helado.

-¡Parece el reclamo de un polluelo! –dijo y el erizo le respondió encogiendo los hombros:

-¡No me extraña nada!... Debe ser un hijo de la señora de Pollastre, que se ha perdido bajo la lluvia; esos pequeños se esconden en cualquier lugar al primer chaparrón y después su madre va como loca para encontrarlos.

-¡Pobrecito! –se conmovió Mitjonet, más próximo a la infancia que a la edad adulta.

-Si, ya ves, no hay nada que hacer; son unos atolondrados, y es tiempo de que tengan juicio por lo tanto un poco de miedo no le hará ningún mal a éste, ¿no te parece?

-Me parece, pero es demasiado pequeñito, y si viene el gato Bigotis, ¿entonces qué?

El erizo frunció las cejas.

-Eso es algo a lo que todos estamos expuestos, ¿no crees?

-Por el hecho de estar no tengo excusa para hacerme el desentendido... Voy a buscarlo.

-¡Ahora que ya te habías secado!

-Tanto da, lo que importa es que el pollito no camine perdido por el bosque expuesto a toda clase de peligros.

-Bueno, bueno, marcha que os esperaré con más toallas... ¿Sabes?, ahora no puedo salir porque si me mojo las patitas voy a coger un resfriado y no me gustan los resfriados.

Mitjonet se alejó de la madriguera y se puso a gritar:

-¡Pollito, pollito!, ¿dónde estás?:

-¡Pío, pío, pío!

-¡Esa no es ninguna dirección, pollito!

-¡Pío, pío, pío!

-¡Ah, ya te veo!

Era verdad, no demasiado lejos se divisaba una especie de cosa de color yema de huevo con un pequeño pico rosado, que yacía amontonada entre las hierbas.

-¡Ya voy pollito, ya voy, no tengas miedo, aquí tienes a Mitjonet que te hará de niñera!

-¡Pío, pío, pío!

-Sí, eso mismo, ¡pío, pío!

El ratón se le acercó y entonces apareció la señora de Pollastre espantada y cacareando ruidosamente:

-¡¡¡Ko, ko, ko!!!... ¿Dónde estás, hijo mío, mi querido hijo el más pequeño?

-¡Aquí, aquí, señora de Pollastre, su hijito está aquí, está bien, no le pasa nada, aparte del susto que lleva encima!

-¡Ay, qué alegría más grande, mi Groguet hallado al final después de tantas angustias!... ¡Groguet, Groguet!... ¡Muchas gracias, ratoncillo, por cuidar de mi hijito!

-De nada, no se merecen, señora, he hecho lo que debía, nada más.

-¡Eres muy, muy bueno, ratoncillo, te estoy agradecida de verdad!

Y la señora de Pollastre recogió bajo sus alas a Groguet para abrigarlo.

 

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