EL RATONCITO MITJONET
Dedicado a la pequeña Ariadna Priante Francès

© 2005 Estrella Cardona Gamio

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Copyright dibujo: ADOLF 2005 .19 ¡Kikirikí!

¡Y tanto!, hubiese dicho nuestro héroe, pero como no nos ha escuchado no puede decirlo, ¿no os parece?

Bien, vamos a lo que importa: los tres viajeros volaron hasta el pueblo que Mitjonet creía era el mismo en donde vivían las ratas malhechoras, Baldufa y la bonita niña rubia que le había sacado del enredo de la ratonera.

Y, mira por donde, no se había equivocado ni pizca el ratoncito, aquel era el pueblo, mas ahora venía la segunda parte: encontrar a alguien que supiese dar razones de los Cuagrisa, y eso sí que no iba a resultar una tarea fácil.

Las urracas aterrizaron en las afueras del pueblo y quisieron saber que debía hacerse ahora; por allá había montones de bestezuelas acampadas las unas y las otras dando vueltas y más vueltas como aquel que se piensa mucho lo que ha de hacer, y entre tantas y tantas ninguna de ellas pertenecía a la familia de Mitjonet, ni eran caras conocidas.

El ratón fue recorriéndolo todo y preguntando mientras Petita garsa y Garsa petita le escoltaban dándose mucha importancia y mirando de reojo como hacen las aves, cosa que les daba aire de personajes a respetar.

Todos se decían: ¿de dónde habrá salido este ratón pequeñito a quien acompañan dos urracas tan grandes? Debe tratarse de alguien de noble cuna, ¡a saber si es pariente del rey de los ratones del bosque! Y respondían a sus preguntas  algo intimidados y caminaban hacia atrás como se hace con la realeza. Mitjonet, sin embargo, no estaba para tonterías y le daba igual por quien le tomasen mientras le dijeran alguna cosa sobre sus padres y hermanos, pero no se lo podían decir, claro está, porque ninguno de ellos sabía nada.

De repente tropezó con una columna de bestezuelas agotadas, con cara de desesperación, y que parecían hacer turno esperando quién sabe qué.

-¿Qué hacéis aquí? –quiso saber curioso.

-Estamos a la cola, esperando nuestro turno.

-Sí, ya lo veo, ¿y qué pasa con esta cola, a dónde lleva?

-Al casal de las tres ratas, donde a cambio de lo poco de valor que hemos podido salvar de nuestra ruina, se nos permitirá vivir en las afueras del pueblo siempre y cuando hagamos lo que ellas nos ordenen- le dijo una mariposa que en otro tiempo fue preciosa y que ahora tenía las alas marchitas y llenas de polvo.

Mitjonet se quedo patidifuso de la impresión... ¡Sus enemigas, las tres odiosas ratas, aprovechándose de aquellas desventuradas criaturas para sacar un beneficio, no había derecho!

-Señor Mitjonet –le susurró Garsa petita-, aquí no hay nada que hacer, creo yo, así pues, ¿qué le paree si nos vamos?

-Sí, señor Mitjonet, ¡vayámonos! –añadió Petita garsa.

El ratón, muy abatido, dijo que sí con la cabeza y entonces una vocecita desafinada y estridente detrás suyo le sorprendió por lo inesperada.

-¡¡¡Kikirikí!!!!... ¿Señor Mitjonet?... ¿Es usted el mismo Mitjonet que me cuidó cuando yo era pequeño?

Al escuchar aquello las dos urracas pusieron gesto avinagrado, porque no les gustaba nada pensar que otros pequeños hubiesen tenido como niñera a “su” señor Mitjonet.

El ratón se volvió descubriendo a un desgarbado gallito tomatero de grandes espolones y cresta pequeña.

-¿Quién eres tú? –preguntó porque no se acordaba.

-Yo fui un polluelo, hace ya mucho tiempo y me retrasé un día bajo la lluvia y usted...

-¡No digas más –le interrumpió Mitjonet gozoso de haber hallado por fin a alguien conocido-; tú eres uno de los hijos de la señora de Pollastre, el pequeño Groguet que decía “pío, pío!” bajo la lluvia la mañana del día que me fui de casa para correr mundo y aprender!

-¡Ese mismo! ¡Me alegro mucho de volver a verle, señor Mitjonet!

-¿Y tu madre, cómo se encuentra?

-¡Muy bien!, ahora en la granja es la encargada del departamento de la puesta de huevos...

-¿Cómo?

-Sí, con el campo de golf que están haciendo cerca de casa, los campesinos imaginan que harán el gran negocio con los que ya trabajan y los que después vendrán...

-¿Cómo? –volvió a repetir Mitjonet.

-Sí, venden los huevos, y al ganar mucho dinero, los campesinos están la mar de contentos, tanto, que no quieren gallos sino gallinas y mi madre me ha dicho que viva la vida antes de que acabe en la cazuela, porque aún soy demasiado joven y la Navidad todavía queda lejos... ¡Mis hermanas son ahora las reinas del gallinero! -agregó con un poco de envidia y Mitjonet se lo miró boquiabierto por todo cuanto acababa de escuchar.

 

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