EL RATONCITO MITJONET
Dedicado a la pequeña Ariadna Priante Francès

© 2005 Estrella Cardona Gamio

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Copyright dibujo: ADOLF 2005 .18 Los desahuciados

Como Petita Garsa y Garsa petita lo visitaban a menudo, y sobre todo ahora más con la agitación de los refugiados, pronto la operación de salvamento estuvo lista en cuanto los pájaros se enteraron de lo que pasaba con los padres de Mitjonet.

-¡Eso está hecho, vamos! –exlamaron lo dos y esta vez no empezaron a pelearse como cuando Mitjonet se fue con ellos la primera vez, quizá porque ahora no había tiempo para tonterías.

El señor Farinetes, Eixerit, y Rosella le dijeron adiós fingiendo estar muy animados y Rosella incluso le dio un besito y todo, cosa que ruborizó a Mitjonet hasta las orejas.

-¡Yo te acompañaría con mucho gusto, chico, pero mi deber es permanecer aquí haciendo lo que esté en mi mano a favor de todas estas bestezuelas que ya tienen bastante con lo que les ha caído encima! –dijo el antiguo Rodamón antes que Petita garsa emprendiese el vuelo con Mitjonet sentado en su espalda.

-No se preocupe, señor Farinetes, al amo lo necesitan en la madriguera del molino y ya ha hecho usted demasiado por mí –respondió Mitjonet agradecido ante tantas demostraciones de amistad.

-¡Vuelve pronto con tu familia que cuando más seamos más reiremos!

-Pienso hacerlo, Eixerit.

Rosella le alargó una pequeña bolsa llena de golosinas para ratoncillos.

-Esto es para tus hermanitos.

Mitjonet le iba a dar las gracias, conmovido por el detalle, cuando Petita garsa, que era de temperamento impaciente, gritó:

-¡Venga, menos palabras y larguémonos de una vez!

Y las dos urracas con Mitjonet, alzaron el vuelo entre un jaleo de alas y pic-pics, de lo más ruidoso, y el lugar se fue haciendo pequeño, pequeño, y las bestezuelas, incluidas las desahuciadas por el capricho del hombre, se hicieron pequeñas como hormigas entorno de un hormiguero.

¿Dónde irían a vivir, pensaba Mitjonet viendo, cada vez más cerca de las nubes, a los expulsados que marchaban sin norte, corriendo espantados a la búsqueda de un lugar donde poder establecerse tranquilos, criando en paz a sus hijitos.

Cerca de las nubes, el molino parecía un torreón blanco, una especie de faro con capuchón gris oscuro reluciente bajo el sol, y sus aspas eran como los bigotes de un ratón gigante que quisieran señalar cualquier dirección hacia ninguna parte.

Mitjonet, muy entristecido viendo aquella desbandada y pensando en sus padres y hermanos, se dijo que no valía la pena darle más vueltas a la cabeza y que era mejor no precipitarse antes de hora porque de todas, todas, no es necesario madrugar si todavía no ha llegado el alba, lo que significa que no hay que preocuparse antes de tiempo; siempre puede haber una salida.

Garsa petita y Petita garsa volaron a todo lo largo y amplio sobre los bosques de los alrededores y el resultado siempre era el mismo: hileras de desplazados avanzando en desbandada dominados por el miedo, y ninguno de ellos pertenecía a la familia Cuagrisa.

Pero después fue peor, pues cada vez había menos árboles hasta que ya no quedó ninguno; todos estaban cortados y unos monstruos gigantes que rugían como fieras –(los camiones)-,se llevaban los troncos, y las ramas con follaje... y los nidos de los pájaros y las madrigueras de las ardillas, y otros monstruos –(las excavadoras)-, hacían destrozos todavía más grandes hasta que los túneles de los erizos, de los topos, las madrigueras de los conejos y las plantas de las que se nutrían los insectos y los caracoles, ya no existían, y sus habitantes habían tenido que desaparecer para siempre, convertidos en emigrantes a la fuerza.

¿Y los Turons de la Farigola?, os preguntaréis, pues lo mismo. Desarraigados, desgajados, despedazados, ya no estaban, era como si nunca hubieran existido pues todo había quedado liso como la palma de la mano. Sólo quedaba la antigua fragancia del tomillo, un recuerdo que la brisa se encargaría de aventar poco a poco por encima de la tierra herida y roja.

Las urracas hicieron muchos vuelos a ras de suelo a la más mínima indicación de Mitjonet, pero, por lo visto, allí no había ningún rastro del señor Cuagrisa y familia.

En una de aquellas tantas veces, Mitjonet creyó que veía a un conocido y gritó:

-¡Maduixa, Maduixa!, ¿eres tú?

No, ¡pobre ratoncito!, no se trataba de su amigo Maduixa; era otro erizo.

Mitjonet se encontraba al límite de sus fuerzas y a punto de mandarlo todo a paseo, pero a tiempo se acordó del pueblo a donde fuese a parar por error, viviendo su primera aventura, y puesto que por los alrededores había un pueblecito que se le parecía, pidió a sus amigos que le llevasen...

Tal vez, tal vez... ¿No es cierto, Mitjonet, que la esperanza es lo último que se pierde?

 

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