| EL RATONCITO
MITJONET Dedicado a la pequeña Ariadna Priante Francès |
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Puesto que Mitjonet era un ratoncito de lo más listo pronto se integró en la comunidad y con Branquilló de maestro aprendió enseguida todos los misterios de la pesca. Compartía casa, una casa muy pequeña, con su nuevo amigo, y se pasaban el día pescando y haciendo bromas de buen humor porque los dos eran jóvenes y estaban llenos de proyectos y de ilusiones. Orelles, el viejo roedor que conoció a Rodamón, le dijo un atardecer cuando, con los cestos llenos, volvían de faenar: -¿Te gusta estar entre nosotros, Mitjonet? -¡Y tanto! –respondió el ratoncillo- Aquí vivo feliz, todos son muy simpáticos conmigo y he hecho muchos amigos, sólo encuentro a faltar a mis padres y a mis hermanitos. -Cuando te hayas establecido definitivamente, es decir, cuando tengas tu propia familia, los vas a ver y te los traes. Quizá les gustase cambiar el bosque por el río, ¿no habías pensado en ello? Mitjonet reflexionó durante unos instantes. -No, no había pensado que les pudiera atraer el cambio de casa... Y no lo creo, la verdad; mi padre es muy tradicional, ha vivido toda su vida en el bosque, tierra adentro, cerca de los Turons de la Farigola, y supongo que la orilla del río no sería un lugar adecuado para él. -Sin embargo a ti te gusta. -A mí sí. -¿Piensas establecerte? Mitjonet volvió de nuevo a reflexionar antes de responder. -Querría, más adelante, es que me gustaría antes dar unas cuantas vueltas por el mundo. El viejo ratón movió la cabeza resignadamente. -Ya me lo imaginaba, ya me lo imaginaba -y diciendo esto se alejó entristecido. De pronto, girándose advirtió: -Ves con cuidado, Mitjonet. -¿Con cuidado? –repitió el ratoncito y Branquilló que iba a su lado, le aclaró el consejo: -Quiere decir que te lo pienses bien antes de hacer nada; siempre tiene en la cabeza a Rodamón y su loca aventura. -¡Yo no pretendo descubrir países –protestó Mitjonet un poco dolido-, nada más, ver un poco de mundo antes de fundar una familia como hacen todos!... Creo que eso no es malo. -No, no lo es, pero como te ha dicho el señor Orelles, ves con cuidado, Mitjonet, que ahora vives muy bien, no lo tires todo por la borda. Mitjonet frunció el entrecejo algo enfurruñado. Era verdad eso de que vivía muy bien, y contento, en la colonia de los ratones pescadores y que no pensaba echarlo todo a rodar como si hubiese perdido el juicio, mas la aventura le llamaba porque era joven y todavía le faltaba experiencia, aunque era un ratón sensato y no haría ninguna tontería por capricho. Las cosas iban a rodar de otra manera no obstante y sin que Mitjonet tuviese arte ni parte y todo se trasformaría de pronto como nunca lo hubiese pensado nuestro ratoncillo... ni nosotros tampoco. Un buen día que hacía mucho calor porque ya había llegado el verano, Mitjonet, que iba solo en su barquita, se quedó dormido mientras esperaba que los peces mordiesen el anzuelo, y cuando despertó, la barquita, a la deriva, había ido tan lejos, tan lejos, que Mitjonet se dio cuenta de que no conocía aquellos parajes. Entonces le entró mucho miedo y se puso a gritar pidiendo ayuda. -¡Eh, Branquilló, señor Orelles, compañeros!... ¿Dónde estáis compañeros? Pero no hubo ninguna respuesta, parecía que estuviese en el fin del mundo. Una golondrina que pasaba por allá volando le dijo: -¡Buen viaje, amigo! –y desapareció en medio de los árboles. ¡Ay pobre Mitjonet, solito y perdido en el río, ¿dónde iría ahora él empujado por el agua que corría suavemente corriente abajo? Las mariposas volaban, y las cigarras, escondidas debajo de las hojas, cantaban sin dar señales de cansancio, cada vez hacía más y más bochorno y dentro del bosque se escuchaban rumores que daban escalofríos, sobre todo porque no había cerca una madriguera amiga que pudiese dar refugio... ¡Y aún era de día, que en cuanto llegase la noche ya estaba listo!
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