| LA
PRINCESA DE LA MONTAÑA DE CRISTAL Cuento Escandinavo |
©
2005 Traducido del francés y adaptado por Estrella Cardona Gamio
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La aparición resultó sorprendente y es fácil de comprender que se motivase una gran agitación en el seno de la asamblea a la vista del extranjero que, necesario es decirlo, no era otro que el príncipe pastor. Todos estaban de acuerdo al reconocer que no habían nunca visto más noble caballo de combate ni más valiente caballero. Era esta misma la opinión de la princesa, que desde aquel día cada noche soñaba con el audaz extranjero. Para los pretendientes de la princesa, había llegado el momento de un segundo intento. Igual que la primera vez fue conducida a la montaña de cristal, y las tentativas de escalada se repitieron con el mismo resultado que la ocasión precedente. El príncipe, durante ese tiempo, vigilaba su rebaño y se sentía incapaz de alcanzar a los candidatos cuando el salvaje apareció de nuevo delante suyo, y después de haber escuchado sus quejas, le condujo otra vez a su mansión subterránea, donde estaba suspendida una armadura forjada en la más brillante plata y a su lado había un corcel blanco como la nieve ensillado y con bridas, arañando el suelo con sus pezuñas herradas de plata mientras tascaba el freno. El príncipe, hizo lo que el salvaje le indicara, y habiendo revestido la armadura y montado en su caballo, galopó en dirección de la montaña de cristal. Como la vez anterior, el joven atrajo las miradas de todos los asistentes; se le reconoció sobre todo como el caballero que se había distinguido en la otra prueba, pero él les dejó poco tiempo para observarle, pues espoleando el caballo, se lanzó con la velocidad del rayo al asalto de la montaña, y habiendo casi alcanzado su cima, saludó a la princesa, giró brida, volviendo a descender y desapareció en la espesura.
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