| LA
PRINCESA DE LA MONTAÑA DE CRISTAL Cuento Escandinavo |
©
2005 Traducido del francés y adaptado por Estrella Cardona Gamio
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-Tu padre se ha comportado de forma malvada conmigo haciéndome prisionero y tú no recuperarás jamás esta manzana a menos que me liberes. El chico respondió: -¿Cómo debo liberaros? ¡Dadme solamente mi manzana de oro, mi manzana de oro! -Debes hacer lo que yo te voy a decir –respondió el salvaje- Ves a ver a la reina tu madre y pídele que te peine. Estate atento y sustráele las llaves que lleva a la cintura después vienes y abres esta puerta. Tú podrás enseguida devolver las llaves a su lugar de la misma manera y nadie sabrá nada. El salvaje logró persuadir con gran facilidad al muchacho quien robó las llaves de su madre, corrió a la jaula y dejó salir al salvaje. Al irse, el salvaje le dijo: -He aquí tu manzana dorada, como prometí, y te doy las gracias por haberme dejado evadir. Si un día tienes problemas, yo te ayudaré a mi vez –y dicho esto se fue. Cuando se extendió el rumor en el palacio real de que el salvaje se había escapado, hubo un gran tumulto; la reina envió emisarios por las carreteras y los caminos para encontrar su pista, pero él se había ido y bien ido. El tiempo fue transcurriendo y la reina estaba más y más inquieta pues cada día ella esperaba el regreso de su marido. Finalmente vio sus navíos llegar sobre las olas y una multitud de gentes se acercaron a la playa para darle la bienvenida. En poniendo el pie a tierra su primera pregunta fue querer saber si ellos se habían ocupado del salvaje, y la reina vióse obligada a decirle lo que había sucedido. Ante sus palabras el rey montó en cólera y declaró que castigaría al culpable fuera quien fuese.
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