| LA
PRINCESA DE LA MONTAÑA DE CRISTAL Cuento Escandinavo |
©
2005 Traducido del francés y adaptado por Estrella Cardona Gamio
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Los mismos acontecimientos se repitieron una tercera vez, excepto el hecho de que el príncipe había recibido del salvaje una armadura dorada, con la cual galopó hasta la cima de la montaña, arrodillóse delante de la princesa recibiendo de su mano la manzana de oro. Después, cabalgando , galopó velozmente hasta el pie de la montaña desapareciendo de nuevo en la espesura., entonces un grito general se elevó de la montaña! Todos se pusieron a chillar de alegría, los cuernos y las trompetas resonaron, y el rey hizo que se proclamase vencedor al caballero extranjero. Ahora ya no quedaba más que descubrir al caballero revestido de oro, pues nadie le conocía. Durante algún tiempo se tuvo la esperanza de verle aparecer en la corte pero él no vino. Su ausencia provocó el estupor de todos, la princesa estaba pálida y languidecía de manera evidente, el rey se impacientaba y los cortesanos comenzaban a murmurar. Cuando ya no hubo más alternativas, el rey ordenó un gran asamblea en el palacio; todos los jóvenes del reino, nobles o plebeyos, debían estar presentes para que la princesa pudiera escoger entre ellos. Nadie hubiera osado desobedecer sea por consideración hacia la princesa o por obediencia hacia el rey y así había una muchedumbre innumerable. Cuando todos estuvieron allí, la princesa salió del palacio real con gran aparato y atravesó la muchedumbre con su séquito, pero por más que ella miraba en todas direcciones no encontraba aquello que buscaba. De repente apercibió a un hombre oculto entre la muchedumbre. Él se cubría con un sombrero de largas alas, e iba envuelto en una gran capa gris, como las que llevan los guardianes de los rebaños, y llevaba la capucha tan echada sobre su cabeza que nadie podía verle la cara. Pero la princesa corrió instantáneamente hacia él, levantó la capucha, y le estrechó entre sus brazos gritando:
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