| LA
PRINCESA DE LA MONTAÑA DE CRISTAL Cuento Escandinavo |
©
2005 Traducido del francés y adaptado por Estrella Cardona Gamio
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Érase una vez un rey que amaba tanto la caza que no conocía más gran placer que aquel de batir a las fieras en el bosque. De la mañana hasta la noche lo pasaba acechándoles, acompañado de su halcón y de su jauría, y no regresaba jamás con las manos vacías. Día llegó, sin embargo en el cual no encontró nada para distraerse a pesar de que miró por todas partes desde el alba. Cuando la tarde cayó y entonces se aprestaba a volver con sus servidores, apercibió súbitamente a un enano que corría por el bosque. El rey le atrapó enseguida. Su extraordinario aspecto resultaba muy sorprendente, era tan pequeño y feo como un troll y sus cabellos se parecían a un montón de musgo hirsuto. Sea cual fuere la pregunta hecha por el soberano, él no respondía nada. Eso hizo que el rey montase en cólera por cuanto estaba ya de mal humor a causa de su mala suerte en la caza. Así pues, ordenó a sus servidores que vigilaran de cerca al salvaje para que no pudiese escapar y volvió a palacio. Aquella velada, cuando el monarca y sus hombres estaban comiendo y bebiendo, el rey dijo mientras alzaba su copa: -¿Qué pensáis de nuestras actividades del día?, ¿quién habría pensado que nosotros íbamos a volver alguna vez con las manos vacías? Sus hombres respondieron: -Esto que decís es ciertamente verdadero, y seguro que no hay mejor cazador que vos en el mundo. No debéis sin embargo lamentaros de esta jornada, ya que habéis capturado un animal que nadie ha visto todavía nunca y del que quien nadie ha oído hablar. Semejante respuesta complació extremadamente al rey y preguntó a sus hombres que era necesario hacer, en su opinión con el salvaje.
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