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Érase una
vez un rey que amaba tanto la caza que no conocía más gran
placer que aquel de batir a las fieras en el bosque. De la mañana
hasta la noche lo pasaba acechándoles, acompañado de su halcón
y de su jauría, y no regresaba jamás con las manos vacías. Día
llegó, sin embargo en el cual no encontró nada para distraerse
a pesar de que miró por todas partes desde el alba. Cuando la
tarde cayó y entonces se aprestaba a volver con sus servidores,
apercibió súbitamente a un enano que corría por el bosque. El
rey le atrapó enseguida. Su extraordinario aspecto resultaba
muy sorprendente, era tan pequeño y feo como un troll y sus
cabellos se parecían a un montón de musgo hirsuto. Sea cual
fuere la pregunta hecha por el soberano, él no respondía nada.
Eso hizo que el rey montase en cólera por cuanto estaba ya de
mal humor a causa de su mala suerte en la caza. Así pues, ordenó
a sus servidores que vigilaran de cerca al salvaje para que
no pudiese escapar y volvió a palacio.
Aquella
velada, cuando el monarca y sus hombres estaban comiendo y bebiendo,
el rey dijo mientras alzaba su copa:
-¿Qué
pensáis de nuestras actividades del día?, ¿quién habría pensado
que nosotros íbamos a volver alguna vez con las manos vacías?
Sus
hombres respondieron:
-Esto
que decís es ciertamente verdadero, y seguro que no hay mejor
cazador que vos en el mundo. No debéis sin embargo lamentaros
de esta jornada, ya que habéis capturado un animal que nadie
ha visto todavía nunca y del que quien nadie ha oído hablar.
Semejante
respuesta complació extremadamente al rey y preguntó a sus hombres
que era necesario hacer, en su opinión con el salvaje.
Sigue...