LAS AVENTURAS DE PINOCHO

Copyright ccgedicionesCAPÍTULO XXXVI

Finalmente Pinocho cesa de ser una marioneta y se convierte en un muchacho.

Mientras Pinocho nadaba rápidamente para alcanzar la playa, se dio cuenta que su padre, el cual estaba a caballito sobre sus espaldas y tenía las piernas medio en el agua, temblaba mucho, como si el pobre hombre tuviera tercianas.

¿Temblaba de frío o de miedo? ¿Quién lo sabe?... Quizás algo de una cosa y algo d la otra. Mas Pinocho, creyendo que aquellos temblores fuesen de miedo, le dijo para animarlo:

-¡Valor, papá! Dentro de pocos minutos llegaremos a tierra y estaremos a salvo.

-¿Pero en dónde se halla esa bendita playa? –preguntó el viejecito, cada vez más inquieto y fijando los ojos como hacen los sastres cuando enhebran la aguja- Heme aquí, que miro en todas direcciones y no veo otra cosa que cielo y mar.

-Yo veo la playa –dijo la marioneta-. Tienes que saber que soy como los gatos: veo mejor de noche que de día.

El pobre Pinocho hacía de tripas corazón fingiendo estar de buen humor, pero... comenzaba a desanimarse, las fuerzas le faltaban, su respiración era difícil y afanoso... En suma, no podía más y la playa quedaba siempre lejana.

Nadó mientras tuvo aliento, después volvió la cabeza hacia Geppetto y dijo entrecortadamente:

-¡Padre mío... ayúdame... porque me muero!...

Y padre e hijo estaban a punto de ahogarse, cuando escucharon una voz de guitarra desafinada que decía:

-¿Quién es el que se muere?

-¡Mi pobre padre y yo!

-¡Esta voz la reconozco! ¡Tu eres Pinocho!...

-Sí, ¿y tú?

-Yo soy el Atún, tú compañero de prisión en el cuerpo del Tiburón. 

-¿Y cómo has escapado?

-Imitando tu ejemplo. Tú eres quien me ha enseñado el camino, y después de ti, he huido también yo.

-¡Atún mío, llegas justo a tiempo! Te ruego que por el amor que les tienes a los Atuncitos tus hijos, nos ayudes o estamos perdidos.

-Gustosamente y de todo el corazón. Cogeos los dos a mi cola y dejaros guiar. En cuatro minutos os conduciré a la orilla.

Geppetto y Pinocho, como podéis imaginaros, aceptaron enseguida la invitación, pero en lugar de ir agarrados a la cola, creyeron más cómodo el sentarse sobre el lomo del Atún.

-¿Pesamos demasiado? –le preguntó Pinocho.

-¿Pesados? Ni por soñación, me parece de llevar encima un par de conchas –le respondió el Atún, quien era tan grande y robusto que parecía un ternero de dos años.

Llegados a la orilla, Pinocho saltó a tierra el primero para ayudar a su padre a hacer lo mismo, después se volvió al Atún y con voz conmovida le dijo:

-¡Amigo mío, tú has salvado a mi padre! ¡No tengo palabras para agradecértelo bastante! ¡Permite al menos que te de un beso en signo de reconocimiento eterno!...

El Atún sacó el morro fuera del agua, y Pinocho, arrodillándose, le dio un beso muy afectuoso.

Ante este gesto espontáneo de vivísima ternura, el pobre Atún, que no estaba acostumbrado, se sintió tan conmovido, que avergonzándose de que le vieran llorar como un niño, metió la cabeza bajo el agua y desapareció.

Entre tanto, se había hecho de día.

Entonces Pinocho, ofreciendo su brazo a Geppetto, que apenas podía tenerse en pie, le dijo:

-Apóyate en mi brazo, querido papaíto, y vámonos. Caminaremos poco a poco como las hormigas y cuando estemos cansados reposaremos a lo largo del camino.

-¿Y a dónde vamos a ir? –preguntó Geppetto.

-Buscaremos una casa o una cabaña, donde nos den por caridad pan y un poco de paja que nos sirva de cama.

No habían dado aún cien pasos, cuando vieron sentados al borde del camino a dos sucios sujetos, los cuales estaban allí pidiendo limosna.

Eran el Gato y el Zorro, pero irreconocibles. Figuraos que el Gato, a fuerza de fingirse ciego, había terminado siéndolo de veras y el Zorro envejecido, tiñoso, y tan pelado que no tenía ni siquiera cola. Así es. Aquel triste ladronzuelo, caído en la más negra miseria, se vio obligada un día a vender hasta su  bellísima cola a un mercader ambulante, que la compró para hacerse un mata moscas.

-¡Oh, Pinocho –grito el Zorro con voz llorosa-, ten caridad de estos dos pobres enfermos!

-¡Enfermos! –repitió el Gato.

-¡Adiós mascaritas! –respondió la marioneta- Me engañasteis una vez, y ahora no me volvéis a enredar.

-¡Créelo Pinocho, que hoy somos pobres y desgraciados de verdad!

-¡De verdad! –repitió el Gato.

-Si sois pobres os lo merecéis. Recordad el proverbio que dice: “Los dineros robados no dan nunca fruto”. ¡Adiós, mascaritas!

-¡Ten compasión de nosotros!...

-¡De nosotros!

-¡Adiós mascaritas! Recordad el proverbio que dice: “La harina del diablo a nadie aprovecha”.

-¡No nos abandones!

-... es! -repitió el Gato.

-¡Adiós mascaritas! Recordad el proverbio que dice: “Quien roba el manto de su prójimo, acostumbra a morir sin camisa.”

Y así diciendo, Pinocho y Geppetto siguieron tranquilamente su camino, hasta que, dados otros cien pasos, vieron al final de un sendero, en medio de los campos, una hermosa cabaña toda de paja y con el techo cubierto de tejas y ladrillos.

-Aquella cabaña debe estar habitada por alguien –dijo Pinocho- Vayamos hacia allí y llamemos.

En efecto, fueron y llamaron a la puerta.

-¿Quién es? –dijo una vocecita desde dentro.

-Somos un pobre padre y un pobre hijo sin pan y sin techo –respondió la marioneta.

-Girad la llave y la puerta se abrirá –dijo la misma vocecita.

Pinocho giró la llave y la puerta se abrió. Apenas entrar dentro, miraron por aquí, miraron por allá y no vieron a nadie.

-¿Dónde está el dueño de la cabaña? –dijo Pinocho asombrado.

-¡Aquí lo tienes!

Padre e hijo se volvieron rápidamente hacia el techo y vieron sobre una viga al Grillo parlante.

-¡Oh, mi querido Grillito! –dijo Pinocho saludándole educadamente.

-Ahora me llamas “tu querido Grillito”, ¿no es verdad? ¿Pero te acuerdas de cuando, para sacarme de tu casa, me tiraste el mango de un martillo?...

-¡Tienes razón, Grillito! Golpéame a mí también... Tírame un mango de martillo, pero ten piedad de mi pobre padre...

-Tendré piedad del padre y también del hijo, pero he querido recordarte el mal trato recibido por enseñarte que en este mundo, cuando se puede, es necesario mostrarse cortés con todos si queremos ser tratados con igual cortesía en los días de necesidad.

-Tienes razón, Grillito, tienes razón de sobra y yo no echaré en saco roto la lección que me has dado. Pero dime, ¿cómo has hecho para comprarte esta hermosa cabaña?

-Esta cabaña me fue regalada ayer por una graciosa cabrita que poseía el pelaje de un bellísimo color turquesa.

-¿Y la cabra, dónde está? –preguntó Pinocho con vivísima curiosidad.

-No lo sé.

-¿Y cuándo volverá?...

-No volverá más. Ayer partió muy afligida, y balando parecía que dijese: -“¡Pobre Pinocho... ya no le veré más... el Tiburón, a estas horas, se lo habrá comido!...

-¿Ha dicho esto?... ¡Entonces era ella!...¡Era ella!... ¡Era mi querida Hadita!... –comenzó a gritar Pinocho, sollozando y llorando a lágrima viva.

Cuando hubo llorado mucho, se secó los ojos y, preparada una buena camita de paja, acostó en ella al viejo Geppetto. Después preguntó al Grillo parlante:

-Dime, Grillito, ¿dónde podré encontrar un vaso de leche para mi pobre padre?

-A tres campos distantes de aquí está el hortelano Giangio, que tiene las vacas. Ves a verle y encontrarás la leche que buscas.

Pinocho fue corriendo a casa del hortelano Giangio, pero el hortelano le dijo:

-¿Cuánto quieres de leche?

-Quiero un vaso lleno.

-Un vaso de leche cuesta un sueldo. Comienza por lo tanto a darme un sueldo.

-No tengo siquiera un céntimo –respondió Pinocho muy mortificado y dolido.

-Mal, marioneta mía –replicó el hortelano-. Si tú no tienes ni siquiera un céntimo, yo no tengo tampoco ni un dedo de leche.

-¡Paciencia! –respondió Pinocho, e hizo el gesto de irse.

-Espera un poco –dijo Giangio-. Podríamos llegar a un acuerdo. ¿ Quieres dar vueltas a la noria?

-¿Qué es una noria?

-Es aquel ingenio de madera, que sirve para sacar el agua de la cisterna y con ella regar los huertos.

-Lo intentaré...

-Entonces sácame unos cien cubos de agua y yo te regalaré en compensación un vaso de leche.

-Está bien.

Giangio condujo a la marioneta al huerto y le enseñó la manera de hacer girar la noria. Pinocho se puso enseguida a trabajar, pero luego de haber sacado los cien cubos de agua, estaba empapado en sudor de la cabeza a los pies.

Nunca se había fatigado tanto.

-Hasta ahora esta fatiga de hacer girar la noria –dijo el hortelano-, se la ha llevado mi borrico, pero hoy el pobre animal está a las últimas.

-¿Me permite verlo? –dijo Pinocho.

-Con mucho gusto.

Apenas Pinocho entró en el establo vio a un pobre burro echado sobre la paja, consumido del hambre y el mucho trabajo. Después de haberle mirado fijamente, dijo para sí, turbándose:

-¡A este burro le conozco! ¡No me es una cara desconocida!

E inclinándose hacia él, le preguntó en dialecto asnal:

-¿Quién eres?

Ante esta pregunta, el pollino abrió  los ojos moribundo, y respondió, balbuceando en el mismo dialecto:

-Soy Lam... pa... ri... lla...

Y después cerró los ojos y expiró.

-¡Oh, pobre Lamparilla! –dijo Pinocho a media voz, y cogiendo un manojo de paja, se secó una lágrima que se le resbalaba por el rostro.

-¿Te conmueves tanto por un asno que no te ha costado nada? –dijo el hortelano- ¿Y qué debería hacer yo que lo compré con mi dinero contante y sonante?

-¡Le diré... era amigo mío!...

-¿Amigo tuyo?-

-¡Un compañero de escuela!

-¿Cómo? –chilló Giangio estallando en grandes risotadas- ¿Cómo?, ¿tenías a los burros por compañeros de escuela?... ¡Menudos bonitos estudios debes haber hecho tú!...

La marioneta, sintiéndose mortificada al oír aquellas palabras, no respondió, pero cogió su vaso de leche recién ordeñado y regresó a la cabaña.

Y desde aquel día en adelante, continuó por espacio de cinco meses a levantarse cada mañana antes del alba, para ir a dar vueltas a la noria, y ganarse así un vaso de leche, que tanto bien hacía a la salud achacosa de su padre Pero no se contentó sólo con esto, porque más adelante, aprendió a fabricar también canastos y cestos de mimbre, y con el dinero que ganaba proveía, con muchísimo juicio, a todos los gastos diarios. Entre otras cosas, construyó por sí mismo un elegante cochecillo para llevar de paseo a su padre en los días de buen tiempo, haciéndole así respirar aire puro.

En las veladas nocturnas, se ejercitaba en leer y escribir. Había comprado, en el pueblo vecino, un grueso libro por unos céntimos , al cual le faltaban las tapas y el índice, y con él leía. En cuanto a escribir se servía de una pajita que utilizaba como pluma, y no teniendo ni tintero ni tinta, lo mojaba en un frasquito llena de jugo de moras y de cerezas.

Lo cierto es que con su buena voluntad al ingeniárselas para trabajar y tirar adelante, no sólo había conseguido mantener casi cómodamente a su padre siempre enfermizo, sino que, además había podido ahorrar unos cuarenta sueldos para comprarse un traje nuevo.

Una mañana le dijo a su padre:

-Voy aquí al mercado vecino, a comprarme una chaqueta, un sombrero y un par de zapatos. Cuando vuelva a casa –añadió riendo-, iré vestido tan bien, que me confundirás con un gran señor.

Y saliendo de casa comenzó a correr muy alegre y contento. En eso escuchó que le llamaban por su nombre y volviéndose, vio a una hermoso caracol que asomaba por el seto.

-¿No me reconoces? –dijo el Caracol.

-Me parece y no me parece...

-¿No te acuerdas de aquel Caracol, que estaba de criado en casa al servicio del Hada de los cabellos color turquesa?, ¿no te acuerdas de aquella vez, cuando bajé llevándote una luz y que tú estabas con un pie aprisionado en la puerta de la casa?

-¡Me acuerdo de todo! –gritó Pinocho- Respóndeme deprisa, hermoso Caracol, ¿Dónde has dejado a mi buena Hada?, ¿qué hace, ¿me ha perdonado ya?, ¿se acuerda de mí?, ¿me sigue queriendo?, ¿está muy lejos de aquí?, ¿podré ir  a su encuentro?

A todas estas preguntas, hechas precipitadamente y sin tomar aliento, el Caracol respondió con su flema habitual:

-¡Pinocho mío! ¡La pobre Hada yace postrada en el lecho de un hospital!...

-¿En el hospital?...

-Y tanto. Víctima de la desgracia ha enfermado gravemente, y no tiene ni para comprarse un pedazo de pan.

-¿De veras?... ¡Oh, que gran dolor me has causado! ¡Uh, pobre Hadita pobre Hadita!... Si tuviese un millón, correría a llevárselo... Pero no tengo más que cuarenta sueldos... Aquí están, iba ahora mismo a comprarme un vestido nuevo. ¡Tómalos, Caracol y ves a llevárselos enseguida a mi buena Hada!  

-¿Y tu vestido nuevo?

-¿Qué me importa el vestido nuevo? ¡Vendería incluso estos harapos que llevo, para poderla ayudar! Va, Caracol, apresúrate y dentro de dos días regresa aquí, que espero poder darte más dinero. Hasta ahora he trabajado para mantener a mi padre, de hoy en adelante trabajaré cinco horas más para mantener también a mi buena madre. Adiós, Caracol, dentro de dos días te espero.

El Caracol, contra su costumbre, comenzó a correr como una lagartija bajo el ardiente sol de agosto.

Cuando Pinocho volvió a casa, su padre le preguntó:

-¿Y el vestido nuevo?

-No ha sido posible encontrar uno que me fuese bien. ¡Paciencia!... Lo compraré en otra ocasión.

Aquella noche Pinocho, en vez de velar hasta la diez, veló hasta la media noche sonada y en lugar de hacer ocho canastos de junco hizo diez y seis.

Después se fue a la cama y se durmió, y, durmiendo, le pareció ver en sueños al Hada, muy bella y sonriendo, la cual, después de haberle dado un beso le dijo así:

-“¡Bravo, Pinocho! En gracia de tu buen corazón, yo te perdono todas las travesuras que has hecho hasta hoy. Los muchachos que asisten amorosamente a sus propios padres en la miseria y la enfermedad, merecen siempre grandes alabanzas y afecto, aunque no puedan ser citados como modelos de obediencia y de buena conducta. Se juicioso en el futuro y serás feliz.”

En este punto, el sueño terminó, despertándose Pinocho con los ojos fuera de las órbitas.

Copyright ccgedicionesAhora, imaginaos cual fue su sorpresa cuando, despertándose, se dio cuenta de que no era ya una marioneta de madera, que se había convertido en un muchacho como todos los otros. Dio una ojeada en torno suyo y en lugar de las acostumbradas paredes de paja de la cabaña, vio un hermoso cuartito amueblado y adornado con una elegante simplicidad. Saltando en el acto de la cama, encontró preparado un vestuario nuevo, un sombrero nuevo y un par de botas de piel de magnífico aspecto.

Apenas se hubo vestido, le dio por meter las manos en los bolsillos y sacó fuera un pequeño portamonedas de marfil, n el cual estaban escritas estas palabras: “El hada de los cabellos color turquesa restituye a su querido Pinocho los cuarenta sueldos y le agradece su buen corazón.” Abierto el monedero, en lugar de los sueldos, encontró cuarenta cequíes de oro recién acuñados.

Después fue a mirarse al espejo, y le pareció que era otro. No vio reflejarse la acostumbrada imagen de la marioneta de madera, vio la imagen vivaz e inteligente de un guapo muchacho de cabellos castaños, ojos azul celeste y con un aire alegre y festivo como las mismas Pascuas.

En medio de todas estas maravillas que se iban sucediendo las unas a las otras, Pinocho no sabía si era él de verdad o que estaba soñando con los ojos abiertos.

-¿Y mi padre dónde está? –gritó de repente y entrando en la estancia vecina se encontró con el viejo Geppetto sano, vital y de buen humor como antes, quien, habiendo reemprendido su profesión de tallista, estaba diseñando un bellísimo marco rico en hojas, flores y cabecitas de diversos animales.

-Satisface mi curiosidad, papaíto, ¿cómo se explica toda esta transformación de improviso? Le preguntó Pinocho saltándole al cuello y cubriéndole de besos.

-Esta súbita transformación en nuestra casa es todo mérito tuyo –le dijo Geppetto.

-¿Por qué mérito mío?

-Porque cuando los chicos malos se convierten en buenos, tienen la virtud de hacer que todo tenga un aspecto nuevo y sonriente incluso en el seno de sus familias-

-¿Y el viejo Pinocho de madera en dónde estará escondido?

-Ahí lo tienes respondió Geppetto y le señaló una gran marioneta apoyada en una silla, con la cabeza girada de un lado, con los brazos colgando y con las piernas entrecruzadas y medio dobladas, que parecía un milagro que se tuviera en pie.

Pinocho se volvió a mirarlo, y después que le hubo contemplado durante unos momentos, se dijo con gran complacencia:

-¡Cuán cómico era siendo una marioneta, y cómo ahora estoy contento de haberme convertido en un buen muchacho!...

FIN DE LAS AVENTURAS DE PINOCHO

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