| LAS AVENTURAS DE PINOCHO | |||
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CAPÍTULO XXXV Pinocho encuentra dentro del Tiburón... ¿a quién encuentra? Leed este capítulo y lo sabréis. Apenas hubo dicho adiós Pinocho a su buen amigo el Atún, se movió tambaleándose en medio de aquella oscuridad, y caminando a tientas dentro del cuerpo del Tiburón, fue un paso detrás del otro, hacia aquella pequeña claridad que veía titilar lejos, lejos. Y caminando sintió que sus pies chapoteaban en un charco de agua grasienta y resbaladiza, y aquella agua tenía un olor tan agudo de pescado frito, que le parecía estar en plena cuaresma. Y más andaba hacia delante, y más la claridad se hacía reluciente y perceptible, hasta que, caminando, caminando, al final llegó, y cuando llegó... ¿qué cosa se encontró? No lo adivinaríais nunca: encontró una pequeña mesa servida, con una vela encendida metida en una botella de cristal verde, y sentado a la mesa a un viejecito todo blanco, como si fuese de nieve o de nata montada, el cual estaba allí masticando algunos pececitos vivos, y tan vivos, que a veces, mientras se los comía, se le escapaban de la boca. Viendo aquello el pobre Pinocho tuvo una alegría tan grande y tan inesperada, que le faltó poco para que no creyera que estaba delirando. Quería reír, quería llorar, quería decir un montón de cosas y en lugar de eso mascullaba confusamente y balbuceaba palabras sin sentido. Finalmente pudo lanzar un grito de alegría, y abriendo los brazos y arrojándose al cuello del viejecito, comenzó a chillar: -¡Oh, papaíto mío, finalmente he vuelto a encontrarte! ¡De ahora en adelante no te dejaré más, nunca más, nunca más! -¿Mis ojos me están diciendo la verdad? –replicó el viejecito restregándoselos- ¿Eres tú el mismo , mi querido Pinocho? -¡Sí, sí, soy yo, el mismo! Y tú me has perdonado, ¿no es cierto? ¡Oh, papaíto mío, eres tan bueno!... Y pensar que yo, en lugar de... ¡Oh, pero si tú supieras cuantas desgracias me han llovido sobre la cabeza y cuantas cosas me han ido mal! Figúrate que el día en que tú, pobre papaíto, al vender tu casaca me compraste el Abecedario para ir a la escuela, yo me escapé para ir a ver a las marionetas y el titiritero me quería echar al fuego para que le asara el cordero, que fue aquel que después me dio cinco monedas de oro para que te las trajese, pero yo encontré al Zorro y al Gato, que me condujeron a la Hostería del Cangrejo Rojo, donde comieron como lobos, y partiendo yo de noche me encontré con los asesinos que se pusieron a perseguirme, y yo corriendo y ellos siempre detrás y yo corriendo hasta que me colgaron de una rama de la Encina Grande, de donde la Bella Niña de los cabellos color turquesa me mandó rescatar con una carroza, y los médicos, cuando me hubieron visitado, dijeron enseguida: -“Si no está muerto, signo es de que está vivo” –y entonces suelto una mentira y la nariz comienza a crecerme y no me pasaba más de la puerta de la habitación, motivo por el cual fui con el Zorro y el Gato a enterrar las cuatro monedas de oro, pues una ya la había gastado en la Hostería, y el papagayo de puso a reír, y en lugar de dos mil monedas no encontré ninguna, por lo cual el Juez, cuando supo que había sido robado, me hizo meter enseguida en la cárcel, para dar una satisfacción a los ladrones, de donde, al salir, vi un hermoso racimo de uvas en un campo, y al lado estaba una trampa en la que fui cazado y el campesino me puso un collar de perro para que hiciese la guardia al gallinero, y reconociendo mi inocencia me dejó ir, y la Serpiente, con la cola que le ardía, comenzó a reír y se le rompió una vena en el pecho, y así regresé a la casa de la Bella Niña , que había muerto, y el Palomo, viendo que yo lloraba, me dijo: -“He visto a tu padre que fabricaba una barquita para venirte a buscar” –y yo le dije- ¡Oh, si tuviese alas yo también” –y él me dijo- “¿Quieres ir con tu padre? –y yo le dije_ “¡Ojalá!, ¿pero quién me lleva? –y él me dijo- “Te llevo yo” –y yo le dije- “¿Cómo? –y él me dijo- “Súbete a mi lomo! –y así volamos toda la noche, después toda la mañana y los pescadores que miraban hacia el mar me dijeron –“Hay un pobre hombre en una barquito que va a ahogarse” y yo de lejos te reconocí enseguida, porque me lo decía el corazón, e hice signo de volver a la playa... -Yo también te reconocí –dijo Geppetto-, y habría regresado gustoso a la playa, Pero, ¿cómo hacerlo? El mar estaba revuelto y una ola volcó la barquita. Entonces, el horrible Tiburón, que estaba allí cerca, apenas me vio en el agua corrió enseguida hacia mí, y sacando fuera la lengua, me atrapó engulléndome como a un pastelillo de Bolonia. -¿Y desde cuando estás encerrado aquí dentro? –preguntó Pinocho. -De aquel día hasta hoy, han transcurrido dos años, dos años, Pinocho mío, ¡que me han parecido dos siglos! -¿Y cómo has hecho para sobrevivir? ¿Y dónde has encontrado la vela? ¿Y las cerillas para encenderla, quién te las ha dado? -Ahora te lo contaré todo. Debes pues saber que aquella misma borrasca, que hundió mi barquita, hizo también zozobrar un buque mercante. Los marineros se salvaron todos pero el buque se fue a pique y el Tiburón, que aquel día tenía un apetito excelente, después de haberme engullido, engullo también el barco... -¿Cómo? ¿Lo engulló todo de un bocado?... –preguntó Pinocho maravillado. -Todo de un bocado y escupió solamente el palo mayor, porque le quedó entre los dientes como una espina. Para mi buena fortuna, aquel barco iba cargado no sólo de carne en conserva, también de bizcochos, o sea de pan seco, de botellas de vino, de uvas pasas, de queso, de café, de azúcar, de velas de estearina y de cajas de cerillas. Con todos estos regalos de la Providencia, he podido mantenerme dos años, pero hoy ya estoy en las últimas, hoy en al despensa no queda nada, y esta vela, que ves encendida es la última vela que tengo... -¿Y después?... -Después, querido mío, nos quedaremos los dos en la oscuridad. -Entonces, papaíto mío –dijo Pinocho-, no hay tiempo que perder. Es necesario pensar rápidamente en la huída... -¿En huir?... ¿Y cómo? -Escapando de la boca del Tiburón y lanzándonos al mar nadando. -Hablas bien, pero yo, querido Pinocho, no sé nadar. -¿Y que importa?... Te llevaré a caballito sobre mis espaldas, y yo, que soy un buen nadador, te conduciré sano y salo hasta la playa. -¡Ilusiones, muchacho mío! –replicó Geppetto, moviendo la cabeza y sonriendo melancólicamente-, ¿Te parece posible que una marioneta, de apenas un metro de altura, como eres tú, pueda tener tanta fuerza como para llevarme a nado sobre las espaldas? -¡Probemos y lo verás! De alguna manera si estuviese escrito en el cielo que debiéramos morir, tendremos al menos el gran consuelo de morir abrazados. Y sin decir nada más, Pinocho cogió en su mano la vela, y yendo delante para iluminar, le dijo a su padre: -Ven detrás de mí y no tengas miedo. Y así caminaron un buen tramo y atravesaron todo el cuerpo y todo el estómago del Tiburón. Pero justo en el punto donde comenzaba la espaciosa garganta del monstruo pensaron que debían detenerse para dar una ojeada y escoger el momento oportuno de la fuga. Ahora es necesario saber que el Tiburón, siendo muy viejo y sufriendo de asma y de palpitaciones de corazón, estaba obligado a dormir con la boca abierta, por lo cual Pinocho, asomándose al comienzo de la garganta y mirando hacia arriba, pudo ver fuera de aquella enorme boca abierta, un buen pedazo de cielo estrellado y una bellísima luz de luna. -Este es el mejor momento para huir –murmuró entonces volviéndose hacia su padre- El Tiburón duerme como un lirón, el mar está tranquilo y se puede ver como si fuese de día. Ven pues, papaíto, detrás de mí y dentro de poco estaremos a salvo. Dicho y hecho, treparon por la garganta del monstruo marino, y llegados hasta la inmensa boca, comenzaron a caminar de puntillas sobre la lengua, una lengua tan larga, tan larga, que parecía la avenida de un jardín. Y ya estaban allí para dar el gran salto y para comenzar a nadar, cuando, en el momento más adecuado, el Tiburón estornudó y al estornudar, dio una sacudida tan violenta que Pinocho y Geppetto, se encontraron empujados hacia atrás y arrojados nuevamente al fondo del estómago del monstruo. A causa de la caída, la vela se apagó y padre e hijo se quedaron a oscuras. -¿Y ahora?... –preguntó Pinocho muy serio. -Ahora, hijo mío, estamos bien perdidos. -¿Por qué perdidos? ¡Dame la mano, papaíto y ves con cuidado de no resbalar!... -¿Dónde me conduces? -Debemos reintentar la fuga. Ven conmigo y no tengas miedo. Dicho esto, Pinocho cogió a su padre de la mano, y caminando siempre de puntillas, volvieron a subir juntos por la garganta del monstruo, después atravesaron toda la lengua y cruzaron las tres filas de dientes. Sin embargo, antes de dar el gran salto, la marioneta le dijo a su padre: -Móntate a caballito sobre mis espaldas y agarrate fuerte, fuerte, que del resto me ocupo yo. Apenas Geppetto se acomodó bien sobre las espaldas de su hijo, el valiente Pinocho, seguro de lo que hacía se lanzó al agua comenzando a nadar. El mar estaba tranquilo como el aceite, la luna brillaba en todo su esplendor y el Tiburón continuaba durmiendo un sueño tan profundo que no lo habría desvelado ni siquiera un cañonazo. -¿Mis ojos me están diciendo la verdad? –replicó el viejecito restregándoselos- ¿Eres tú el mismo , mi querido Pinocho? -¡Sí, sí, soy yo, el mismo! Y tú me has perdonado, ¿no es cierto? ¡Oh, papaíto mío, eres tan bueno!... Y pensar que yo, en lugar de... ¡Oh, pero si tú supieras cuantas desgracias me han llovido sobre la cabeza y cuantas cosas me han ido mal! Figúrate que el día en que tú, pobre papaíto, al vender tu casaca me compraste el Abecedario para ir a la escuela, yo me escapé para ir a ver a las marionetas y el titiritero me quería echar al fuego para que le asara el cordero, que fue aquel que después me dio cinco monedas de oro para que te las trajese, pero yo encontré al Zorro y al Gato, que me condujeron a la Hostería del Cangrejo Rojo, donde comieron como lobos, y partiendo yo de noche me encontré con los asesinos que se pusieron a perseguirme, y yo corriendo y ellos siempre detrás y yo corriendo hasta que me colgaron de una rama de la Encina Grande, de donde la Bella Niña de los cabellos color turquesa me mandó rescatar con una carroza, y los médicos, cuando me hubieron visitado, dijeron enseguida: -“Si no está muerto, signo es de que está vivo” –y entonces suelto una mentira y la nariz comienza a crecerme y no me pasaba más de la puerta de la habitación, motivo por el cual fui con el Zorro y el Gato a enterrar las cuatro monedas de oro, pues una ya la había gastado en la Hostería, y el papagayo de puso a reír, y en lugar de dos mil monedas no encontré ninguna, por lo cual el Juez, cuando supo que había sido robado, me hizo meter enseguida en la cárcel, para dar una satisfacción a los ladrones, de donde, al salir, vi un hermoso racimo de uvas en un campo, y al lado estaba una trampa en la que fui cazado y el campesino me puso un collar de perro para que hiciese la guardia al gallinero, y reconociendo mi inocencia me dejó ir, y la Serpiente, con la cola que le ardía, comenzó a reír y se le rompió una vena en el pecho, y así regresé a la casa de la Bella Niña , que había muerto, y el Palomo, viendo que yo lloraba, me dijo: -“He visto a tu padre que fabricaba una barquita para venirte a buscar” –y yo le dije- ¡Oh, si tuviese alas yo también” –y él me dijo- “¿Quieres ir con tu padre? –y yo le dije_ “¡Ojalá!, ¿pero quién me lleva? –y él me dijo- “Te llevo yo” –y yo le dije- “¿Cómo? –y él me dijo- “Súbete a mi lomo! –y así volamos toda la noche, después toda la mañana y los pescadores que miraban hacia el mar me dijeron –“Hay un pobre hombre en una barquito que va a ahogarse” y yo de lejos te reconocí enseguida, porque me lo decía el corazón, e hice signo de volver a la playa... -Yo también te reconocí –dijo Geppetto-, y habría regresado gustoso a la playa, Pero, ¿cómo hacerlo? El mar estaba revuelto y una ola volcó la barquita. Entonces, el horrible Tiburón, que estaba allí cerca, apenas me vio en el agua corrió enseguida hacia mí, y sacando fuera la lengua, me atrapó engulléndome como a un pastelillo de Bolonia. -¿Y desde cuando estás encerrado aquí dentro? –preguntó Pinocho. -De aquel día hasta hoy, han transcurrido dos años, dos años, Pinocho mío, ¡que me han parecido dos siglos! -¿Y cómo has hecho para sobrevivir? ¿Y dónde has encontrado la vela? ¿Y las cerillas para encenderla, quién te las ha dado? -Ahora te lo contaré todo. Debes pues saber que aquella misma borrasca, que hundió mi barquita, hizo también zozobrar un buque mercante. Los marineros se salvaron todos pero el buque se fue a pique y el Tiburón, que aquel día tenía un apetito excelente, después de haberme engullido, engullo también el barco... -¿Cómo? ¿Lo engulló todo de un bocado?... –preguntó Pinocho maravillado. -Todo de un bocado y escupió solamente el palo mayor, porque le quedó entre los dientes como una espina. Para mi buena fortuna, aquel barco iba cargado no sólo de carne en conserva, también de bizcochos, o sea de pan seco, de botellas de vino, de uvas pasas, de queso, de café, de azúcar, de velas de estearina y de cajas de cerillas. Con todos estos regalos de la Providencia, he podido mantenerme dos años, pero hoy ya estoy en las últimas, hoy en al despensa no queda nada, y esta vela, que ves encendida es la última vela que tengo... -¿Y después?... -Después, querido mío, nos quedaremos los dos en la oscuridad. -Entonces, papaíto mío –dijo Pinocho-, no hay tiempo que perder. Es necesario pensar rápidamente en la huída... -¿En huir?... ¿Y cómo? -Escapando de la boca del Tiburón y lanzándonos al mar nadando. -Hablas bien, pero yo, querido Pinocho, no sé nadar. -¿Y que importa?... Te llevaré a caballito sobre mis espaldas, y yo, que soy un buen nadador, te conduciré sano y salo hasta la playa.
-¡Probemos y lo verás! De alguna manera si estuviese escrito en el cielo que debiéramos morir, tendremos al menos el gran consuelo de morir abrazados.Y sin decir nada más, Pinocho cogió en su mano la vela, y yendo delante para iluminar, le dijo a su padre: -Ven detrás de mí y no tengas miedo. Y así caminaron un buen tramo y atravesaron todo el cuerpo y todo el estómago del Tiburón. Pero justo en el punto donde comenzaba la espaciosa garganta del monstruo pensaron que debían detenerse para dar una ojeada y escoger el momento oportuno de la fuga. Ahora es necesario saber que el Tiburón, siendo muy viejo y sufriendo de asma y de palpitaciones de corazón, estaba obligado a dormir con la boca abierta, por lo cual Pinocho, asomándose al comienzo de la garganta y mirando hacia arriba, pudo ver fuera de aquella enorme boca abierta, un buen pedazo de cielo estrellado y una bellísima luz de luna. -Este es el mejor momento para huir –murmuró entonces volviéndose hacia su padre- El Tiburón duerme como un lirón, el mar está tranquilo y se puede ver como si fuese de día. Ven pues, papaíto, detrás de mí y dentro de poco estaremos a salvo. Dicho y hecho, treparon por la garganta del monstruo marino, y llegados hasta la inmensa boca, comenzaron a caminar de puntillas sobre la lengua, una lengua tan larga, tan larga, que parecía la avenida de un jardín. Y ya estaban allí para dar el gran salto y para comenzar a nadar, cuando, en el momento más adecuado, el Tiburón estornudó y al estornudar, dio una sacudida tan violenta que Pinocho y Geppetto, se encontraron empujados hacia atrás y arrojados nuevamente al fondo del estómago del monstruo. A causa de la caída, la vela se apagó y padre e hijo se quedaron a oscuras. -¿Y ahora?... –preguntó Pinocho muy serio. -Ahora, hijo mío, estamos bien perdidos. -¿Por qué perdidos? ¡Dame la mano, papaíto y ves con cuidado de no resbalar!... -¿Dónde me conduces? -Debemos reintentar la fuga. Ven conmigo y no tengas miedo. Dicho esto, Pinocho cogió a su padre de la mano, y caminando siempre de puntillas, volvieron a subir juntos por la garganta del monstruo, después atravesaron toda la lengua y cruzaron las tres filas de dientes. Sin embargo, antes de dar el gran salto, la marioneta le dijo a su padre: -Móntate a caballito sobre mis espaldas y agarrate fuerte, fuerte, que del resto me ocupo yo. Apenas Geppetto se acomodó bien sobre las espaldas de su hijo, el valiente Pinocho, seguro de lo que hacía se lanzó al agua comenzando a nadar. El mar estaba tranquilo como el aceite, la luna brillaba en todo su esplendor y el Tiburón continuaba durmiendo un sueño tan profundo que no lo habría desvelado ni siquiera un cañonazo.
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