LAS AVENTURAS DE PINOCHO

Pinocho - ©ccgediciones

CAPÍTULO XXXIV

Pinocho, echado al mar, es comido por los peces y vuelve a ser una marioneta como antes, pero mientras nada para salvarse, es engullido por un terrible Tiburón.

Después de pasados 50 minutos desde que el pollino fuera arrojado al agua, el comprador dijo, discurriendo para sí:

-A estas horas mi pobre pollino cojo debe de haberse ahogado. Icémoslo pues, y hagamos con su piel un hermoso tambor.

Y comenzó a tirar de la cuerda con la cual lo había atado de una pata, y tira, tira, tira, al final vio aparecer a flor de agua... ¿adivináis?; en lugar de un pollino muerto, vio aparecer a flor de agua a una marioneta viva, que se retorcía como una anguila.

Contemplando aquella marioneta de madera, el pobre hombre creyó que estaba soñando y se quedó allí atontado, con la boca abierta y los ojos desorbitados.

Rehaciéndose un poco de la primera impresión recibida, dijo llorando y balbuceando:

-¿Y el pollino que he arrojado al mar, dónde está?

-¡Ese pollino soy yo! –respondió la marioneta, riendo.

-¿Tú?

-Yo.

-¿Ah, pícaro? ¿Pretendes quizás burlarte de mí?

-¡¿Burlarme de usted? Al contrario, querido patrón, le hablo muy en serio.

-¿Pero como tú, que hasta hace poco eras un pollino, ahora, en el agua, te has convertido en una marioneta de madera?...

-Será efecto del agua del mar. El mar gasta este tipo de bromas.

-¡Cuidado, marioneta, cuidado!... ¡No creas que vas a divertirte a mi costa! ¿Pobre de ti si se me acaba la paciencia!

-Bien, patrón, ¿quiere usted conocer toda la verdadera historia? Suélteme la pierna y se la contaré.

Aquel desaprensivo comprador, curioso por saber la verdadera historia, deshizo rápidamente el nudo de la cuerda que lo tenía atado y entonces Pinocho, encontrándose libre como un pájaro en el aire, empezó a decirle así:

-Ha de saber que yo era una marioneta de madera, como soy ahora, pero me encontraba a punto de convertirme en un muchacho, como en este mundo hay tantos, si no hubiera sido por mis pocos deseos de estudiar, e ir en malas compañías..., por todo ello escapé de casa... y un buen día, al despertarme, me encontré transformado en burro ¡incluidas orejas y cola!... ¡Qué vergüenza fue aquella para mí!... ¡Una vergüenza, querido amo que san Antonio bendito le libre de conocerla! Llevado a ser puesto en venta en el mercado de los burros, fui comprado por el Director de una compañía ecuestre, al cual se le metió en la cabeza hacer de mí un gran bailarín y un gran saltador de aros, pero una noche, durante el espectáculo, tuve en el teatro una fea caída y me quedé cojo de las dos patas. Entonces el Director, no sabiendo que hacer con un asno cojo, me hizo revender, ¡y usted me compró!...

-¡Claro, y he pagado por ti 20 sueldos! ¿Y ahora quién me devuelve a mí mis pobres 20 sueldos?

-¿Y por qué me compró usted? ¡Usted me compró para hacer con mi piel un tambor!... ¡Un tambor...

-¡Claro! ¿Y ahora donde encontraré yo otra piel?...

-No se desespere, patrón.¡De pollinos hay tantos en este mundo!

-Dime, granujilla impertinente, ¿tu historia acaba aquí?

-No –respondió la marioneta-, aún tengo algo que decir y luego se habrá acabado: después de haberme adquirido, me trajo usted a este lugar para matarme, pero después, cediendo a un sentimiento piadoso de humanidad, ha preferido ponerme una piedra al cuello y arrojarme al fondo del mar. Este sentimiento de delicadeza le honra muchísimo y yo le quedaré eternamente reconocido. Por otro lado, querido amo, esta vez ha hecho usted sus cuentas sin el Hada...

-¿Y quién es esta Hada?

-Es mi mamá, la cual se semeja a todas aquellas buenas madres que quieren lo mejor para sus hijos y no les pierden nunca de vista y les asisten amorosamente en cada desgracia, aun cuando estos muchachos, por sus mal andanzas y su indisciplinado comportamiento, merecerían ser abandonados y dejados a sí mismos. Decía, pues, que la buena Hada, apenas me vio en peligro de ahogarme, mandó enseguida en torno a mí un banco infinito de peces, los cuales, creyéndome burro muerto, ¡comenzaron a devorarme! ¡Y que bocados me daban! ¡No hubiera creído nunca que los peces fueran más golosos que los chicos!... Uno se me comió las orejas, otro el morro, otro el cuello y las crines, otro la piel de las patas, otro la piel del lomo... y entre todos éstos hubo un pescadito muy amable, que se dignó incluso a comerme la cola.

-De ahora en adelante –dijo el comprador horrorizado-, juro no comer más pescado. ¡Me molestaría mucho abrir un salmonete o una merluza frita y encontrarme dentro una cola de asno!

-Yo pienso como usted –replicó la marioneta riendo--. Por otra parte, debe saber que cuando los peces hubieron acabado de comerme todo aquella capa de burro que me cubría de la cabeza a los pies, llegaron, como es natural, al hueso... o para mejor decirlo, llegaron a la madera, porque, como usted puede ver, estoy hecho de durísima madera. Pero después de dados los primeros mordiscos, aquellos peces glotones se dieron cuenta enseguida de que la madera no era presa para sus dientes, y asqueados de este alimento indigesto se fueron unos por allí y otros por allá, sin volverse ni siquiera a decirme gracias. Y ya está relatado hasta el momento en que usted, tirando de la cuerda, ha encontrado una marioneta viva en lugar de un pollino muerto.

-Yo me río de tu historia –gritó el comprador brutalmente-. Lo único que sé es que yo he gastado veinte sueldos para comprarte, y quiero mi dinero. ¿Sabes que cosa haré? Te llevaré ahora mismo al mercado, y te revenderé a peso de madera seca para encender el fuego en la chimenea.

-Revéndame enseguida, estaré muy contento –dijo Pinocho.

Pero, en diciendo esto, dio un gran salto y cayó en medio del agua. Nadando alegremente y alejándose de la playa, gritaba al pobre comprador:

-¡Adiós, patrón, si tiene necesidad de una piel para hacer un tambor, acuérdese de mí!

Y se reía mientras continuaba nadando, luego de unos momentos, volviéndose hacía atrás, le gritó muy fuerte:

-¡Adiós amo, si tiene necesidad de un poco de madera seca para encender la chimenea, acuérdese de mí!

En un abrir y cerrar de ojos, se había alejado tanto, que no se veía casi, o sea, se veía solamente en la superficie del mar un puntito negro, que de tanto en tanto sacaba las piernas fuera del agua y hacía cabriolas y saltos, como un delfín que estuviese jugueteando de buen humor.

Mientras que Pinocho nadaba a la ventura, vio en medio del mar un escollo que parecía de mármol blanco, y encima del escollo, una linda cabrita que balaba dulcemente y le hacía señas para que se acercase.

Lo más singular del caso era éste: que la lana de la cabrita, en lugar de ser blanca o negra o de varios colores, como las otras cabras, era color turquesa, pero de un turquesa casi fulgurante que recordaba muchísimo los cabellos de la Bella Niña.

¡Os dejo pensar como el corazón del pobre Pinocho comenzó a latir tumultuosamente! Redoblando entonces todas sus fuerzas y energías, se puso a nadar hacia el escollo blanco, y estaba ya a medio camino, cuando vio salir fuera del agua, viniéndole al encuentro, a una enorme cabeza de monstruo marino, con la boca abierta como un abismo, y tres filas de dientes que habrían dado miedo incluso viéndoles pintados.

¿Y sabéis quién era aquel monstruo marino?

Aquel monstruo marino era ni más ni menos que el gigantesco Tiburón, mencionado tantas veces en esta historia, y que por sus estragos y por su insaciable voracidad era denominado “el Atila de los peces y de los pescadores”.

Imaginaos el espanto del pobre Pinocho a la vista del monstruo. Quiso esquivarlo, cambiar de rumbo, intentó huir, pero aquella inmensa boca abierta le venía siempre al encuentro con la velocidad de una flecha.

-¡De prisa, Pinocho, por caridad! –gritaba balando la linda cabrita.

Y Pinocho nadaba desesperadamente con los brazos, con el pecho, con las piernas y con los pies.

-¡Corre Pinocho, porque el monstruo se avecina!...

Y Pinocho, recogiendo todas sus fuerzas, redoblaba su carrera.

-¡Cuidado, Pinocho!... ¡El monstruo te alcanza!... ¡Ahí está, ahí está!... ¡Date prisa por caridad o estás perdido!...

Geppetto - ©ccgediciones -Y Pinocho a nadar más rápido que nunca, y adelante, adelante, adelante, como lo haría la bala de un fusil. Y ya se acercaba al escollo y ya la cabrita, inclinándose sobre el mar, le tendía su patita para ayudarle a salir fuera del agua... ¡Pero!...

¡Pero, demasiado tarde! El monstruo lo había alcanzado, y absorbiendo el agua, se bebió a la pobre marioneta, como habría podido beberse un huevo de gallina, y lo engulló con tanta violencia y con tanta avidez, que Pinocho, al caer dentro del cuerpo del Tiburón, de dio un golpe tan descomunal que quedó aturdido por un cuarto de hora.

Cuando volvió en sí del aturdimiento, no sabía a ciencia cierta ni siquiera en el mundo que estaba. En torno suyo no había más que un gran vacío, pero un vacío tan negro y profundo, que le daba la impresión de haber entrado con la cabeza en el interior de un calamar lleno de tinta. Estuvo a la escucha y no sintió ningún rumor, solamente de tanto en tanto, notaba que le golpeaba el rostro alguna ráfaga de viento. En un principio no podía entender de donde salía aquel viento, pero después comprendió que era de los pulmones del monstruo. Porque preciso es saber que el Tiburón sufría muchísimo de asma, y cuando respiraba, parecía lo mismo que soplase la tramontana.

Pinocho, al principio, procuró darse ánimos, pero cuando tuvo la prueba de encontrarse encerrado en el cuerpo del monstruo marino, entonces comenzó llorar y a chillar y llorando decía:

--¡Ayuda, ayuda! ¡Oh, pobre de mí! ¿No hay nadie que venga a salvarme?

-¿Quién quieres que te salve, desgraciado?... –dijo en aquel vacío una vocecilla cascada que parecía una guitarra desafinada.

-¿Quién es que habla así? –preguntó Pinocho sintiendo que el espanto le dejaba helado.

-¡Soy yo!, soy un pobre Atún, engullido por el Tiburón junto contigo, ¿Y tú que pez eres?

-Yo no tengo nada que ver con los peces. Yo soy una marioneta.

-Y entonces, si no eres un pez, ¿por qué te has dejado engullir por el monstruo?

-¡No soy yo quien se ha dejado engullir, es él quien se me ha tragado! ¿Y ahora que es lo que debemos hacer aquí en la oscuridad?...

-¡Resignarnos y esperar a que el Tiburón nos haya digerido a los dos!...

-¡Pero yo no quiero ser digerido! –aulló Pinocho comenzando a llorar.

-¡Tampoco quisiera ser digerido! –añadió el Atún- mas soy bastante filósofo y me consuelo pensando que, cuando se nace atún, hay mayor dignidad en morir en el agua que en el aceite!...

-¡Tonterías! –gritó Pinocho.

-¡La mía es una opinión –replicó el Atún-, y las opiniones, como dicen los atunes políticos, han de ser respetadas!

-Oye tú... Yo quiero irme de aquí... Yo quiero huir...

-¡Huye si puedes!...

-¿Es muy grande este Tiburón que nos ha engullido? –preguntó la marioneta.

-Figúrate que su cuerpo es más largo que un kilómetro, sin contar la cola.

En tanto mantenían esta conversación en la oscuridad, le pareció a Pinocho ver en lontananza una especie de claridad.

-¿Qué cosa será aquella lucecita lejana? –dijo Pinocho.

-¡Se tratará de algún otro compañero nuestro de desventura, que esperará como nosotros el momento de ser digerido!...

-Quiero ir a buscarla. ¿No podría darse el caso de que fuera cualquier viejo pez capaz de enseñarme el camino para escapar?

-Te lo deseo de corazón, querida marioneta.

-Adiós, Atún.

-Adiós, marioneta, y buena fortuna.

-¿Dónde nos volveremos a ver?...

-¿Quién lo sabe?... ¡Es mejor no pensarlo!

Sigue...

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