| LAS AVENTURAS DE PINOCHO | |||
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CAPÍTULO XXXI Después de cinco meses de llevar una vida de jolgorio, Pinocho, con gran sorpresa por su parte, siente que le salen un hermosos par de orejas de asno y se convierte en un pollino, con la cola y todo. Finalmente el carro llegó, y llegó sin hacer el más pequeño rumor, porque sus ruedas estaban recubiertas de estopa y trapos. Lo tiraban doce pares de pollinos, todos del mismo tamaño, pero de diverso pelaje. Algunos eran grises, otros blancos, otros gris jaspeado, y otros a grandes rayas amarillas y turquesa. Pero la cosa más singular era esta: que esas doce parejas, o sea esos 24 pollinos, en lugar de estar herrados como todas las demás bestias de tiro o de carga, llevaban en los pies botines de hombre hechos de piel blanca. ¿Y el conductor del carro? Figuraos un hombrecillo más ancho que largo, tierno y untuoso como una cucharada de mantequilla, con una carita de manzana, una boquita que reía siempre y una voz sutil y acariciante, como la de un gato que se encomienda al buen corazón del ama de casa. Todos los chicos apenas lo veían, quedaban conquistados y hacían lo posible para subirse al carro y ser conducidos a ese lugar maravilloso conocido en los mapas con el seductor nombre de “El País de los Juguetes”. En efecto, el carro estaba ya lleno de chiquillos entre los ocho y los doce años, amontonados el uno sobre el otro con las sardinas en salmuera. Estaban mal, estaban apretados, no podían casi respirar, pero ninguno decía ¡ay!, ninguno se lamentaba. El consuelo de saber que dentro de pocas horas estarían en un país donde no había libros, ni escuela ni maestros, les ponía tan alegres y resignados, que no sentían ni las molestias, ni los apretones, ni el hambre, ni la sed ni el sueño. Apenas el carro se hubo detenido, el hombrecillo se volvió a Lamparilla, y con mil muecas y carantoñas, le preguntó sonriendo: -Dime, querido muchacho, ¿quieres venir también tú a este afortunado país? -Seguro que quiero ir. -Pero te advierto, querido mío, que en el carro ya no hay más espacio. ¡Cómo puedes ver, todo esta lleno!... -¡Paciencia! –replicó Lamparilla-, si no hay lugar dentro, me conformaré en ir sentado sobre las varas del carro. Y dando un salto, monto a horcajadas en las varas. -Y tú, cariño –dijo el hombrecillo volviéndose todo zalamero a Pinocho-, ¿qué quieres hacer? ¿Vienes o te quedas?... -Me quedo –respondió la marioneta- Yo quiero volver a mi casa, quiero estudiar y quiero labrarme una buena reputación en la escuela, como hacen todos los niños buenos. -¡Buen provecho te haga! -¡Pinocho! –dijo entonces Lamparilla- Hazme caso a mí, vente con nosotros y seremos felices. -¡No, no, no! -Ven con nosotros y seremos felices –gritaron otras cuatro voces dentro del carro.
-¿Y si me voy con vosotros, ¿qué es lo que dirá mi buena Hada? –preguntó la marioneta que comenzaba a enternecerse y a mudar de opinión. -¡No le des más vueltas a la cabeza con esas tribulaciones! ¡Piensa que viviremos en un país en donde seremos dueños de hacer lo que nos de la gana desde la mañana a la noche! Pinocho no respondió, pero tuvo un suspiro, después otro, después un tercer suspiro; finalmente dijo: -Hacedme un lugar, ¡yo también quiero ir!... -Los puestos están todos llenos –replicó el hombrecillo-, mas, para demostrarte lo que te queremos, te cedo mi asiento en el pescante... -¿Y usted?... -Yo haré el camino a pie. -¡No, de veras, que no lo permito. Prefiero antes montarme en la grupa de cualquiera de estos pollinos! –gritó Pinocho. Dicho y hecho, se aproximó al pollino derecho de la primera pareja, e hizo acción de quererlo montar, pero la bestia, volviéndose en seco le dio un gran golpe en el estómago y lo tiró patas arriba. Figuraos la carcajada impertinente y estrepitosa de todos aquellos muchachos que presenciaban la escena. Pero el hombrecillo no rió. Acercóse lleno de afecto al pollino rebelde y, haciendo gesto de darle un beso, le arrancó de un mordisco la mitad de la oreja derecha. Mientras tanto Pinocho, levantándose de tierra completamente furioso, aterrizó de un salto sobre la grupa del pobre animal. Y el salto fue tan perfecto, que los muchachos, dejando de reír, comenzaron a gritar. ¡viva Pinocho! Y a prorrumpir en una salva de aplausos que no terminaba nunca. Cuando he aquí que, de repente, el pollino alzó las patas traseras y con una violenta cabriola, tiró a la pobre marioneta en medio de la calle sobre un montón de grava. Otra vez comenzaron las carcajadas, pero el hombrecillo, en vez de reír, se sintió animado de tanto afecto por aquel inquieto asno, que, con un beso, le arrancó limpiamente la mitad de la otra oreja. Después le dijo a la marioneta: -Vuelve a montarlo y no tengas miedo. Este asno tenía algún grillo en la cabeza, pero yo le he dicho dos palabras en las orejas, y espero haberle vuelto manso y razonable. Pinocho montó, comenzando el carro a moverse, pero mientras que los pollinos galopaban y que el carro corría sobre los guijarros de camino, le pareció a la marioneta escuchar una vos débil y apenas inteligible, que le decía: -¡Infeliz majadero! ¡Has querido hacerlo a tu manera, pero te arrepentirás! Pinocho, casi asustado, miró por aquí y por allá, para reconocer de que parte venían estas palabras, mas no vio a ninguno, los pollinos galopaban, el carro corría y los muchachos dentro dormían, Lamparilla roncaba como un lirón y el conductor sentado en el pescante, canturreaba entre dientes: Toda la noche durmiendo Y yo no duermo nunca... Hecho otro medio kilómetro, Pinocho sintió la acostumbrada vocecita débil que le decía: -¡Tenlo presente mentecato! Los muchachos que dejan de estudiar y le vuelven la espalda a los libros, a la escuela y a los maestros, para entregarse a los juegos y a las diversiones, no pueden tener otra cosa más que un fin desgraciado!... ¡Yo soy la prueba!... ¡A ti te lo puedo decir! Llegará un día que llorarás también tú. Como hoy lloro yo... ¡Pero entonces será tarde!... Ante estas palabras susurradas por lo bajo, la marioneta espantada más que nunca, saltó de la grupa de su cabalgadura y fue a coger al pollino por el morro. ¡E imaginaos como se quedó, cuando se dio cuenta de que su pollino lloraba... y lloraba como un niño! -Eh, señor Hombrecillo –gritó entonces Pinocho al dueño del carro-, ¿sabe que sucede? Este pollino llora. -Déjalo llorar, ya reirá en otro momento. -¿Pero es que quizás le ha enseñado también a hablar? -No, ha aprendido por sí mismo a balbucear algunas palabras habiendo estado tres años en una compañía de perros amaestrados. -¡Pobre bestia!... -Vamos, vamos –dijo el Hombrecillo-, no perdamos nuestro tiempo viendo llorar a un burro. Sube a caballo y continuemos el viaje; la noche es fresca y largo el camino. Pinocho obedeció sin rechistar. El carro reemprendió su marcha y en la madrugada, al salir el alba, llegaron felizmente a “El País de los Juguetes”. Este país no se parecía a ningún otro país del mundo. Su población estaba compuesta toda por muchachos. Los más viejos tenían pocos años y los más jóvenes eran muy pequeños. ¡En las calles había una alegría, un estrépito y un griterío que levantaba dolor de cabeza! Pandillas de críos por todas partes, unos jugaban a pídola, otros al tejo, otros a la pelota, había quien iba en velocípedo, o en caballito de madera, unos jugaban a la gallina ciega, otros al escondite, otros, vestidos de payaso, comían estopa encendida, había quien recitaba, quien cantaba, quien daba saltos mortales, quien se divertía caminando con las manos en el suelo y las piernas arriba, quien jugaba al aro, quien paseaba vestido de general con el yelmo de papel y la espada de cartón, quien reía, quien chillaba, quien llamaba, quien batía las manos, quien silbaba, quien imitaba el cacareo de la gallina cuando pone un huevo... En suma, había tal pandemonium, tal zapatiesta, tan endemoniada algazara, que resultaba necesario ponerse algodón en los oídos para no quedarse sordo. En todas las plazas se veían teatrillos de lona, repletos de chicos de la mañana a la noche, y en todas las paredes de las casas se leía escrito con carboncillo, cosas semejantes a estas: ¡vivan los jugetes! (en lugar de juguetes), no queremos más hescuelas (en lugar de no queremos más escuelas), abajo Larin Mética (en lugar de la aritmética), y otras perlas semejantes. Pinocho, Lamparilla y el resto de los muchachos que habían hecho el viaje con el Hombrecllo, apenas hubieron puesto el pie dentro de la ciudad, se encontraron de repente en medio de una gran barahúnda, y, en pocos minutos, como es fácil de imaginar, se convirtieron en amigos de todos. ¿Quién más feliz, quién más contento que ellos? En medio de los constantes jolgorios y de las variadas diversiones, las horas, los días, las semanas pasaban veloces como el rayo. -¡Oh, que hermosa vida! –decía Pinocho todas las veces que, por casualidad, se tropezaba con Lamparilla. -¿Te das cuenta que yo tenía razón? –replicaba este último- ¡Y pensar que tú no querías partir! ¡Y pensar que se te había metido en la cabeza volverte a casa con tu Hada, para perder el tiempo estudiando!... Si hoy estás liberado del aburrimiento de los libros y de la escuela, me lo debes a mí, a mis consejos, a mi insistencia, ¿no te parece? Sólo los auténticos amigos son los que hacen estos grandes favores. -¡Es verdad, Lamparilla! Si ahora yo soy un chico verdaderamente contento, el mérito es completamente tuyo. Y el maestro, ¿sabes que cosas me decía hablando de ti? Me decía siempre: “¡No te juntes con ese granujilla de Lamparilla, porque es un mal compañero y no puede aconsejarte sino el hacer maldades!”... -¡Pobre maestro! –replicó el otro balanceando la cabeza- Sé perfectamente que me tenía ojeriza y que se divertía calumniándome siempre, pero yo soy generoso y le perdono. -¡Alma grande! –dijo Pinocho abrazando afectuosamente al amigo y dándole un beso en medio de los ojos. Entretanto ya hacía cinco meses que duraba este desmadre de jugar y divertirse todo el día, sin ver nunca ni un libro ni una escuela, cuando una mañana Pinocho, al levantarse, tuvo, como suele decirse, una enorme y desagradable sorpresa, que lo llenó de mal humor.
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