LAS AVENTURAS DE PINOCHO

Pinocho - ©ccgediciones

CAPÍTULO III

Geppetto, de regreso a casa, comienza enseguida a fabricar la marioneta y le pone el nombre de Pinocho. Primeras travesuras de Pinocho.

 

La casa de Geppetto era un pequeño sótano, cuyas ventanas asomaban a nivel de calle. En cuanto a los muebles no podían ser más simples, una mala silla, una cama nada buena y una mesita muy deteriorada. En la pared del fondo se veía una chimenea con el fuego encendido; mas el fuego estaba pintado y junto al fuego había una marmita que herbía alegremente y echaba una nube de humo, que parecía humo de verdad.

Apenas llegado a su casa, Geppetto cogió pronto las herramientas y se puso a tallar fabricando su marioneta.

-¿Qué nombre le pondré? –se dijo-. Lo quiero llamar Pinocho. Este nombre le traerá fortuna. He conocido una familia entera de Pinochos: Pinocho el padre, Pinocha la madre y Pinochos los niños, y todos se lo pasaban bien. El más rico de todos pedía limosna.

Una vez hubo encontrado el nombre de su marioneta, entonces comenzó a trabajar con ganas, y pronto le hizo los cabellos, después la frente, después los ojos.

Hechos los ojos, figuraos su asombro cuando se dio cuenta que los ojos se movían  y que lo miraban fijo, fijo.

Geppetto, viéndose observado por aquellos dos ojos de madera, se sintió molesto, y dijo con acento resentido:

-Ojazos de madera, ¿por qué me miráis?

Nadie respondió.

Entonces, debajo de los ojos le hizo la nariz, pero la nariz, apenas hecha, comenzó a crecer, y creciendo, creciendo, creciendo, se convirtió en pocos minutos en una narizota que no acababa nunca.

El pobre Geppetto se apresuraba a retallarla, pero más lo retallaba y la acortaba, más se alargaba aquella narizota impertinente.

Después de la nariz le hizo la boca.

La boca no se había acabado todavía de hacer que ya comenzó pronto a reír y a burlarse de él.

-¡Para de reír! –dijo Geppetto fastidiado, pero fue lo mismo que hablarle a la pared.

-¡Te repito que pares de reír! –gritó con voz amenazadora.

Entonces la boca dejó de reír, pero le sacó la lengua.

Geppetto, para no perder más tiempo, fingió no haberse dado cuenta, continuando con el trabajo. Después de la boca le hizo el mentón, después el cuello, después las espaldas, el vientre, los brazos y las manos.

Apenas terminadas las manos, Geppetto sintió que le quitaban la peluca de la cabeza. Volvióse en redondo, y, ¿qué es lo que vio? Vio su peluca amarilla en manos de la marioneta.

-¡Pinocho!... ¡Devuélveme enseguida mi peluca!

Y Pinocho, en vez de devolverle la peluca, se la puso en su cabeza, permaneciendo debajo medio ahogado.

Ante aquel comportamiento insolente y despreciativo, Geppetto se puso triste y melancólico, como no lo había estado nunca en su vida, y volviéndose hacia Pinocho le dijo:

-¡¡Menudo hijito! ¡No estás todavía acabado de hacer y ya comienzas a faltar el respeto a tu padre! ¡Mal, muchacho mío, mal!

Y se secó una lágrima.

Faltaban por hacer las piernas y los pies.

Cuando Geppetto hubo terminado de hacerle los pies, sintió que le daban una patada en la punta de la nariz.

-¡Me lo merezco! –dijo para sí-. ¡Debí pensarlo antes, ahora ya es tarde!

Después cogió a la marioneta bajo el brazo y lo puso en tierra, sobre el pavimento de la estancia, para hacerle caminar.

Pinocho tenía las piernas agarrotadas y no sabía moverse, y Geppetto le conducía de la mano para enseñarle a colocar un paso detrás del otro.

Cuando las piernas dejaron de estar agarrotadas, Pinocho comenzó a caminar por si mismo y a correr por la habitación hasta que, llegando a la puerta d la casa saltó hacia la calle, dándose a la fuga.

Y el pobre Geppetto a correrle detrás sin poderlo alcanzar, porque aquel sinvergüenza de Pinocho andaba a saltos como una liebre y, repicando sus pies de madera sobre el enlosado de la calle, hacía tanto ruido como veinte pares de zuecos campesinos.

-¡Cogedlo, cogedlo! –gritaba Geppetto, pero la gente que iba por la calle, viendo a ese títere de madera, que corría como un loco, se detenía encantada para mirarlo, y reía, reía y reía como no se puede imaginar.

Al final, por fortuna, apareció un carabinero quien, al escuchar todo aquel escándalo y creyendo que se tratase de algún potro que se hubiera encabritado, se plantó de cuatro zancadas en medio de la calle, con el ánimo resuelto de detenerlo impidiendo que ocurrieran mayores desgracias.

Mas Pinocho, cuando vio de lejos al carabinero que ocupaba toda la calle con su presencia, se las ingenió para pasarle, por sorpresa, entre las piernas, pero falló en su estrategia.

El carabinero, sin moverse de su sitio,, lo agarró limpiamente por la nariz (era una narizota que parecía hecha aposta para ser atrapado por los carabineros), y lo puso en las propias manos de Geppetto, el cual, a título de corrección, quería darle un rápido tirón de orejas. Pero figuraos como se quedó cuando, al buscarle las orejas, no consiguió encontrarlas, ¿y sabéis por qué?, porque, con las prisas, se había olvidado de tallarlas.

Entonces lo cogió por el cuello, y, mientras le hacía retroceder, le dijo remeciendo amenazadoramente la cabeza:

-¡Vámonos enseguida a casa! Cuando estemos allí, no dudes que haremos nuestras cuentas.

Pinocho, ante todo esto, se tiró por tierra y no quiso dar un paso más. En tanto los curiosos y los desocupados empezaban a detenerse entorno suyo haciendo corro.

Todo eran comentarios.

Geppetto - ©ccgediciones-¡Pobre marioneta –decían algunos-, tiene razón de no querer volver a casa! ¡Quién sabe como lo debe zurrar ese mal hombre de Geppetto!...

Y los otros añadían malignamente:

-¡Este Geppetto parece una buena persona, pero es un verdadero tirano con los muchachos! ¡Si le dejamos a esta pobre marioneta entre las manos, es muy capaz de hacerla pedazos!

En resumen, tanto dijeron y tanto hicieron, que el carabinero dejó en libertas a Pinocho, y condujo a la prisión al desventurado Geppetto. Quién, no teniendo palabras para poder defenderse, lloraba como un becerro y yendo hacia la cárcel, balbuceaba entre sollozos:

-¡Desgracia de hijo! Y pensar que he sufrido tanto para convertirlo en una marioneta de bien! ¡Pero me lo merezco, debía haberlo pensado antes!

Lo que sucedió después, es una casa tan extraña que casi no se puede creer, y os la contaré en los siguientes capítulos.

 

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