LAS AVENTURAS DE PINOCHO

Pinocho - ©ccgediciones

CAPÍTULO XXVIII

Pinocho corre peligro de ser frito en la sartén, como un pescado.

Durante aquella carrera desesperada, hubo un momento terrible, un momento en el cual Pinocho se creyó perdido, porque es necesario saber que Alidoro (era éste el nombre del perro mastín), a fuerza de correr y correr, lo había casi alcanzado.

Basta decir que la marioneta sentía detrás de él, a la distancia de un palmo, el jadeo afanoso de aquella bestia, y sentía incluso el cálido aliento de su respiración.

Por suerte, la playa estaba ahora cercana y el mar se veía a pocos pasos.

Apenas estuvo en la playa, la marioneta dio un enorme salto, como habría podido hacer una rana, y fue a caer en medio del agua. Alidoro en cambio quería detenerse, mas llevado del ímpetu de la carrera, entró en el agua él también. Y el desgraciado no sabía nadar, debido a lo cual comenzó súbitamente a manotear con las patas para salir a flote, pero más pataleaba, más se hundía su cabeza bajo el agua.

Cuando pudo sacar la cabeza fuera, el pobre perro tenía los ojos aterrorizados y fuera de las órbitas, y, ladrando, gritaba:

-¡Me ahogo, me ahogo!

-¡Húndete! –le respondió Pinocho desde lejos ya que se veía a salvo del peligro.

-¡Ayúdame, Pinocho mío, sálvame de la muerte!...

Ante esos gritos desgarradores, la marioneta, que en el fondo poseía un corazón excelente, se vio movido a la piedad, y volviéndose al can le dijo.

-Pero si yo te ayudo a salvarte, ¿me prometes no darme más problemas y no correr detrás de mí?

-¡Te lo prometo, te lo prometo! Deprisa, por caridad, porque si tardas medio minuto más, me moriré.

Pinocho dudó un poco, pero después, recordando que su padre le había dicho tantas veces que hacer una buena acción nunca puede ser motivo de arrepentimiento, fue nadando hasta alcanzar a Alidoro, y, cogiéndole por la cola con sus dos manos, lo llevó sano y salvo hasta la arena seca de la playa.

El pobre perro no se aguantaba de pie. Había bebido, sin desearlo, tanta agua salada, que estaba inflado como um globo. Por otra parte, la marioneta no se fiaba demasiado y juzgó prudente echarse nuevamente al mar; alejándose de la playa gritó al amigo salvado:

-¡Adiós Alidoro, que tengas buen viaje y saludos a los de casa!

-Adiós Pinocho –respondió el perro-, mil gracias por haberme liberado de la muerte. Me has hecho un gran servicio y en este mundo tal haces tal recibes. Si se presenta la ocasión ya hablaremos...

Pinocho siguió nadando sin apartarse de la playa. Finalmente le pareció estar cerca de un lugar seguro y dando una ojeada a la playa, vio sobre los escollos una especie de gruta, de la cual salía un larguísimo penacho de humo.  

-En aquella gruta –se dijo-, debe haber una hoguera. ¡Tanto mejor! Iré a secarme y a calentarme un poco, ¿y después?... después será lo que haya de ser.

Tomada esta resolución, se acercó a la escollera, pero cuando estuvo allí para trepar, sintió que algo que estaba debajo del agua, salía, salía, salía y se lo llevaba por los aires. Intentó huir, pero ya era tarde, porque para su grandísima sorpresa se encontró encerrado dentro de una gruesa red en medio de un montón de peces de  distintas formas y tamaños, que coleaban y se revolvían como almas desesperadas.

Al mismo tiempo vio salir de la gruta a un pescador tan feo, pero tan feo, que parecía un monstruo marino. En lugar de cabellos llevaba sobre la cabeza un matojo encrespado de hierba verde, verde era la piel de su cuerpo, verdes sus ojos, verde la barba larguísima que descendía hasta sus pies. Parecía un enorme lagarto erguido sobre sus patas traseras.

Geppetto - ©ccgedicionesCuando el pescador hubo sacado del mar la red, gritó muy contento:

-¡Bendita Providencia! ¡También hoy podré hacer una buena fritada de peces!

-¡Menos mal que yo no soy un pez! –pensó Pinocho, recobrando un poco de valor.

La red llena de peces fue arrastrada hasta el interior de la gruta oscura y ahumada, en medio de la cual chirriaba una gran sartén con aceite, que mandaba un olorcillo a cera quemada que quitaba la respiración.

-¡Ahora veamos que peces hemos cogido! –dijo el pescador verde, y metiendo en la red una manaza tan desproporcionada que parecía una pala de panadero, sacó fuera un puñado de salmonetes.

-¡Buenos estos salmonetes! –dijo, mirándoles y oliéndoles complacido. Y después de haberlos olfateado los deposito en un cuenco sin agua.

Después repitió mas veces la misma operación, y mientras  iba sacando los otros peces, la boca se le hacía agua y decía alegremente:

-¡Buenas merluzas!...

-¡Exquisitos estos mújoles!...

-¡Deliciosos estos lenguados!...

-¡Estupendos estos peces-araña!...

-¡Deliciosos estos boquerones con cabeza y todo!...

Como podéis imaginar las merluzas, los mújoles, los lenguados, peces-araña, y boquerones, fueron a parar todos al cuenco, a hacer compañía a los salmonetes.

Lo último que quedó en la red, fue Pinocho.

Apenas el pescador lo sacó fuera, sus ojos verdes se le salieron de las órbitas, gritando casi atemorizado:

-¿Qué clase de pez es éste? ¡De pescados con esta pinta no recuerdo haber comido nunca!

Y volvió a mirarlo atentamente, y después de haberlo contemplado minuciosamente, terminó diciendo:

-Comprendo, debe ser un cangrejo de mar.

Entones Pinocho, mortificado al sentirse  confundido con un cangrejo, dijo con acento resentido:

-¿Pero que cangrejo ni que cangrejo? ¡Mire usted como me trata! Yo, para que usted los sepa, soy una marioneta.

-¿Una marioneta? –replicó el pescador- ¡Verdaderamente el pez-marioneta es para mí un pez nuevo! ¡Mejor así!, te comeré muy a gusto.

-¿Comerme, pero es que no quiere comprender que yo no soy un pez nuevo? ¿Es que no oye como hablo y razono como usted?

-Sí, cierto –agregó el pescador-, y como veo que eres un pez que tienes la fortuna de hablar y de razonar como yo quiero tratarte con las debidas contemplaciones.

-¿Y cuáles serán estas contemplaciones?...

-En señal de amistad y de estima particular, te dejaré hacer la elección de cómo quieres ser cocinado. Si deseas ser frito en la sartén, o bien prefieres ser cocido en la olla con salsa de tomate.

-A decir verdad –respondió Pinocho-, si debo escoger, prefiero sobre todo que me deje en libertad, para poder volver a mi casa.

-¡Tú bromeas! ¿Te parece que yo quiera perder la ocasión de probar un pez tan raro? No es frecuente todos los días un pez-marioneta por estos mares. Déjame hacer a mí: te freiré en la sartén con  todos los otros peces, y estarás contento. Ser frito en compañía es siempre un consuelo.

El infeliz Pinocho, al oír aquello, comenzó a llorar y a chillar y a pedir clemencia, y llorando decía:

-¡Hubiera sido mejor ir a la escuela! ¡He querido seguir a los compañeros y ahora lo pago!... ¡Ih, ih, ih!...

Y porque se retorcía como una anguila haciendo esfuerzos increíbles para escabullirse de las manos del pescador verde, éste cogió una vara de junco, y después de haberlo atado de manos y pies, como a un salchichón, lo arrojó al fondo del cuenco con los otros.

Después, sacando un bote de madera lleno de harina, se puso a enharinar a todos aquellos peces y a medida que lo hacía los ponía a freír dentro de la sartén.

Los primeros en bailar en el aceite hirviendo fueron las pobres merluzas, después les llegó el turno a los  peces-araña, luego a los mújoles, a los lenguados y a los boquerones, y después le llegó la vez a Pinocho, el cual, al verse tan vecino a la muerte (¡y que fea muerte!), fue preso de tantos temblores y de tanto espanto que no tenía ya ni voz ni aliento para implorara piedad.

¡El pobre chico sólo rogaba con sus ojos!; mas el pescador verde, sin dudar siquiera, lo revolvió cinco o seis veces con la harina, rebozándolo tan bien de la cabeza a los pies que parecía haberse convertido en una marioneta de yeso.

Después lo cogió por la cabeza, y...

Sigue...

Inicio