LAS AVENTURAS DE PINOCHO

Pinocho - ©ccgediciones

CAPÍTULO XXVI

Pinocho va con sus compañeros de escuela a la orilla del mar, para ver al terrible Tiburón.

El día siguiente Pinocho fue a la Escuela comunal.

¡Figuraos aquella tropa de chicos, cuando vieron entrar en su escuela a una marioneta! Fue una carcajada interminable.

Uno le gastaba una broma, otro lo mismo, otro le quitaba el sombrero de la mano, había quien le tiraba de la chaqueta por detrás, quien probaba de  hacerle con la tinta grandes bigotes bajo la nariz, e incluso quien intentaba atarle hilos a los pies y a las manos para hacerle bailar.

Durante un rato Pinocho aguantó con calma, pero, finalmente, sintiendo que la paciencia se le acababa, se revolvió hacia aquellos que más lo mortificaban y se burlaban de él, y les dijo con cara seria:

-Cuidado, muchachos, yo no he venido aquí para ser vuestro bufón. Yo respeto a los demás y quiero ser respetado.

-¡Mira que bien! ¡Has hablado como un libro abierto! –gritaron aquellos granujillas, tirándose por el suelo muertos de risa, y uno de ellos, más impertinente que los otros, estiró la mano con la idea de agarrar a la marioneta por la punta de la nariz.

Pero no llegó a tiempo porque Pinocho alargó la pierna debajo de la mesa y le dio una patada en las espinillas.-¡Ay, que pies más duros! –chilló el muchacho frotándose el morado que le había hecho la marioneta.

-¡Y qué codos, todavía más duros que los pies! –dijo otro que, por sus bromas pesadas, había conseguido un codazo en el estómago.

Después de aquella patada y aquel codazo, Pinocho conquistó enseguida la estima y las simpatías de todos los chicos de la escuela, y todos le hacían mil caricias y todos le querían.

Y también el maestro lo elogiaba, porque lo veía atento, estudioso, inteligente, siempre el primero en entrar en la escuela, siempre el último en levantarse una vez terminada la clase.  

El único defecto que tenía era el de frecuentar demasiados compañeros, y entre éstos, había muchos granujillas conocidísimos por sus pocas ganas de estudiar y de portarse bien.

El maestro le advertía todos los días, y también la buena Hada no dejaba de decirle y de repetirle muchas veces:

-¡Cuidado, Pinocho! Estos compañeros tuyos de escuela terminarán tarde o temprano por hacerte perder el amor al estudio, y quizás, quizás, lleguen a meterte en cualquier gran problema.

Geppetto - ©ccgediciones -¡No hay peligro! –respondía la marioneta, encogiéndose de hombros, y tocándose con el índice en medio de la frente como diciendo: “¡hay tanto juicio aquí dentro!”

Pero sucedió que un buen día, mientras caminaba hacia a la escuela, encontró una pandilla de los acostumbrados compañeros, quienes yéndole al encuentro, le dijeron:-¿Sabes la gran noticia?

-No.

-Que en el mar cercano se ha visto un tiburón, grande como una montaña.

-¿De veras!... ¿Acaso será aquel mismo Tiburón de cuando se ahogó mi pobre papá?

-Nosotros nos vamos a la playa para verlo. ¿Quieres venir también tú?

-Yo no, yo quiero ir a la escuela.

-¿Qué te importa la escuela? A la escuela iremos mañana. Con una lección de más o de menos, seguiremos siendo siempre igual de burros.

-¿Y qué dirá el maestro?

-Que diga lo que quiera. Le pagan para que refunfuñe todo el día.

-¿Y mi mamá?

-Las madres no saben nunca nada –respondieron aquellos pillastres.

-¿Sabéis que es lo que haré? –dijo Pinocho- Al Tiburón quiero verle por ciertas razones... Iré a verle después de la escuela.

-¡Pobre necio! –rebatió uno de la pandilla- ¿Crees que un pez de ese tamaño vaya a estar allí esperándote? Apenas se aburra, se largará a otra parte, y entonces si que es visto y no visto.

-¿Cuánto tiempo se precisa para ir a la playa? –preguntó la marioneta.

-En una hora habremos ido y vuelto.

-¡Pues vamos, el que más corra será el más listo! –gritó Pinocho.

Dada así la señal de la partida, aquella pandilla de tunantes, con sus libros y sus cuadernos debajo del brazo, se pusieron a correr a través de los campos: Pinocho iba siempre delante de todos, parecía que tuviese alas en los pies.

De tanto en tanto, volviéndose hacia atrás se burlaba de sus compañeros que permanecían a distancia, y al verlos jadeantes, polvorientos y con la lengua fuera, se reía muy a gusto. ¡El infeliz, en ese momento no sabía de que temores y de que horribles desgracias iba al encuentro!...

Sigue...

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