LAS AVENTURAS DE PINOCHO

Pinocho - ©ccgediciones

CAPÍTULO XXIV

Pinocho llega a la isla de Las abejas industriosas y vuelve a encontrar al Hada.

Pinocho, animado por la esperanza de llegar a tiempo para ayudar a su pobre padre, nadó toda la noche.

¡Y que horrible noche fue aquella! Diluvió, granizó, tronó espantosamente, y con tantos relámpagos, que parecía de día.

Cercana el alba, consiguió ver a poca distancia, una larga franja de tierra. Era una isla en medio del mar.

Entonces hizo cuanto pudo para alcanzar aquella playa, pero en vano. Las olas, en su perpetuo movimiento, se lo lanzaban de una a otra, como si hubiese sido un palo o una paja. Al final, y por suerte, vino una ola tan fuerte e impetuosa, que lo arrojó sobre la arena de la playa.

El golpe fue tan violento que, cayendo en tierra, le crujieron todas las costillas y todas las junturas, pero se consoló enseguida diciendo:

-¡También por esta vez me he escapado de poco!

Mientras, despacio, el cielo se fue serenando, salió el sol en todo su esplendor, y el mar se volvió tranquilo y apacible como una balsa de aceite.

Entonces la marioneta extendió sus ropas al sol para que se secaran, y se puso a mirar de aquí para allá por si acaso hubiese podido vislumbrar sobre aquella inmensa explanada de agua una pequeña barca con un hombrecito dentro. Pero después de haber mirado muy bien, no vio otra cosa que no fuera el celo, el mar, o alguna vela de barco, pero tan, tan lejana, que parecía una mosca.

-¡Si supiese al menos como se llama esta isla! –iba diciendo- ¡Si supiese al menos si esta isla está habitada por buena gente, quiero decir, por gente que no tenga el vicio de colgar a los niños de las ramas de los árboles! ¿Pero, a quién puedo preguntárselo, a quién, si no hay nadie?...

La idea de encontrarse solo, solo, solo, en medio de aquel gran país deshabitado, le dio tanta melancolía, que estaba a punto de llorar, cuando de repente vio pasar a poca distancia de la playa, un gran pez, que nadaba tranquilamente, yendo a sus cosas, con toda la cabeza fuera del agua.

No sabiendo llamarle por su nombre, la marioneta le gritó en voz alta, para hacerse escuchar:

-¡Eh, señor pez! ¿Me permite una palabra?

-Incluso dos –respondió el pez que era un Delfín muy amable, como se encuentran pocos en todos los mares del mundo.

-¿Me haría el favor de decirme si en esta isla se encuentran pueblos en donde se pueda comer sin peligro de ser comido?

-Estoy seguro –respondió el Delfín-. Más aún, encontrarás uno cerca de aquí.

-¿Y qué camino se hace hasta llegar?

-Debes coger aquella senda de allá, a mano izquierda, y caminar siempre derecho, siguiendo tu nariz.. No puedes equivocarte.

-Dígame otra cosa. Usted que pasea todo el día y toda la noche por el mar, ¿no habrá encontrado tal vez, una pequeña barca con mi padre?

-¿Y quién es tu padre?

-Es el padre más bueno del mundo, como yo soy el hijo más malo que pueda darse.

-Con la borrasca que ha hecho esta noche –respondió el Delfín-, la barquita se habrá hundido.

-¿Y mi padre?

-A estas horas se lo habrá tragado el terrible Tiburón que desde hace algunos días ha venido a sembrar el exterminio y la desolación en nuestras aguas.

-¿Qué es muy grande este Tiburón? –preguntó Pinocho, quien ya comenzaba a temblar de miedo.

-¡Si que es grande!... –replicó el Delfín- Para que puedas hacerte una idea, te diré que es más grande que una casa de cinco pisos, y que tiene una bocaza tan larga y profunda que se pasaría cómodamente todo el tren del ferrocarril con la máquina encendida.

-¡Madre mía! –gritó asustada la marioneta; se vistió rápidamente y, volviéndose al Delfín, le dijo:

-¡Hasta la vista, señor Pez, perdone las molestias y mil gracias por su amabilidad!

Dicho esto, cogió el senderillo, empezando a caminar a toda prisa, tan aprisa que parecía que corriese. Y a cada pequeño rumor que sentía, se volvía rápido a mirar hacia atrás, por el miedo de verse perseguido por aquel terrible Tiburón grande como una casa de cinco plantas y con un tren en la boca.

Después de haber caminado más de media hora, llegó a un pequeño pueblo llamado “el pueblo de las Abejas industriosas”. La calle hormigueaba de personas que iban y venían para sus quehaceres, todos trabajaban, todos tenían alguna cosa que hacer. No se encontraba a un ocioso o a un vagabundo, ni siquiera buscándolos con lupa.

-Comprendo –dijo rápidamente el gandul de Pinocho-,¡este pueblo no está hecho para mí: yo no he nacido para trabajar!

Mientras tanto el hambre le atormentaba porque ya hacía 24 horas que no había comido nada, ni siquiera un plato de algarrobas.

¿Qué hacer?

No le quedaban más que dos maneras para dejar el ayuno: o pedir un poco de trabajo o pedir la limosna de una moneda o de un mendrugo de pan.

De pedir limosna se avergonzaba, porque su padre le había predicado siempre que la limosna sólo los viejos y los enfermos tienen el derecho de pedirla. Los verdaderos pobres, en este mundo, merecen asistencia y compasión, y no son sino aquellos que, por razones de edad o de enfermedad, se hallan condenados a no poderse ganar el pan con el trabajo de sus propias manos. Todos los demás tienen la obligación de trabajar y si no trabajan y padecen hambre, tanto peor para ellos.

En esos momentos pasó por la calle un hombre que sudaba en tanto, jadeante, tiraba con gran fatiga de dos carretillas cargadas de carbón.

Pinocho, juzgándole por su fisonomía como un buen hombre, se le acercó y, bajando los ojos avergonzado, le dijo en voz baja:

-¿Me haría la caridad de darme una moneda porque me siento morir de hambre?

-No sólo una moneda –respondió el carbonero-, te daré cuatro a cambio de que tú me ayudes a tirar hasta casa estas dos carretillas de carbón.

-¡Me maravillo –replicó la marioneta casi ofendido-, por su ofrecimiento, yo no he hecho nunca de burro de carga: jamás he tirado de un carro!

-¡Mejor para ti! –respondió el carbonero- Entonces, muchacho, si te sientes de veras morir de hambre, come dos rebanadas de tu soberbia y ten cuidado de no coger una indigestión.

Después de pocos minutos pasó por la calle un albañil que llevaba sobre la espalda un cubo de argamasa.

-Amable señor, ¿haría usted la  caridad de una moneda a un pobre muchacho, que bosteza de hambre?

-Con mucho gusto, ven conmigo a transportar la argamasa –le contestó el albañil- y, en lugar de una moneda te daré cinco.

-Pero la argamasa pesa –replicó Pinocho-, y yo no quiero fatigarme.

-Si no quieres fatigarte, entonces, muchacho, diviértete bostezando y buen provecho te haga.

En menos de media hora pasaron unas veinte personas y a todas, Pinocho pidió una limosna, pero todas le respondieron:

-¿No te avergüenzas? ¡En lugar de hacer el gandul por la calle, ves enseguida a buscar trabajo y aprende a ganarte el pan!

Finalmente pasó una buena mujercita que llevaba dos cántaros de agua.

-¿Me haría usted el favor, buena mujer, de darme de beber un trago de agua del cántaro? –dijo Pinocho, que se moría de sed.

-¡Bebe muchacho! –dijo la mujercita, poniendo los dos cántaros en tierra.

Cuando Pinocho hubo bebido como una esponja, balbuceó a media voz, secándose la boca.

Geppetto - ©ccgediciones

-¡La sed ha desaparecido, ojalá me pudiese quirar el hambre!...

La buena mujercita, escuchando estas palabras, agregó:-Si me ayudas a llevar a casa uno de estos cántaros de agua, te daré un buen trozo de pan.

Pinocho miró el cántaro y no respondió ni sí ni no.-Y junto con el pan te daré un buen plato de coliflor aliñada con aceite y con vinagre –dijo la buena mujer.

Pinocho lanzó otra ojeada al cántaro y no respondió ni sí ni no.

-Y después de la coliflor te daré un dulce relleno de rosoli.

Ante la seducción de esta última golosina, Pinocho no supo resistirse más, y con ánimo resuelto dijo:

-¡Paciencia, llevaré el cántaro hasta su casa!

El cántaro era muy pesado, y la marioneta, no teniendo fuerza de llevarlo en las manos, se resignó a ponérselo sobre la cabeza.

Llegado a casa, la buena mujercita hizo sentar a Pinocho frente a una pequeña mesa dispuesta y le puso delante el pan, la coliflor aliñada y el dulce.

Pinocho no comió, devoró. Su estómago parecía un barrio que se hubiera quedado vacío y deshabitado durante cinco meses.

Calmados poco a poco, los mordiscos rabiosos del hambre, alzó la cabeza para agradecérselo a su benefactora, pero no había acabado aún de contemplar bien su rostro, que soltó un larguísimo ¡ohhh! de asombro quedándose como encantado con los ojos desorbitados, con el tenedor en el aire y con la boca llena de pan y de coliflor.

-¿A qué viene todo este asombro? –dijo riendo la buena mujer.

-Es que... –respondió balbuceando Pinocho-, es que... es qué..., que usted se parece... quiero decir, me recuerda... sí, sí, sí, la misma voz... los mismos ojos... los mismos cabellos... ¡Sí, sí, sí... también usted tiene los cabellos de color turquesa... como ella!... ¡Oh, Hadita mía..., oh Hadita mía... dime que eres tú, tú misma!... ¡No me hagas llorar más! ¡Si supieses! ¡He llorado tanto, he sufrido tanto!...

Y diciendo esto, Pinocho lloraba desesperadamente y arrojándose por tierra, abrazaba las rodillas de aquella mujercita misteriosa.

Sigue...

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