| EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy |
©Traducción
de Estrella Cardona Gamio
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No pasaba día, ningún día, sin que él llevara un presente a Florine; tan pronto era un collar de perlas, o sortijas de las más rutilantes y mejor trabajadas, broches de diamantes, agujas, ramos de pedrería que imitaban el color de las flores, libros agradables, medallas, en fin, que Florine iba amasando riquezas maravillosas con las que ella se adornaba por las noches para complacer al rey, y durante el día, no teniendo lugar mejor, las ocultaba debajo de la paja que le servía de jergón. Dos años transcurrieron de esta manera sin que Florine se quejara una sola vez de su cautividad. ¿Y por qué se iba a quejar y de qué?; ella tenía el placer de hablar toda la noche con aquel a quien amaba, siempre diciéndose cosas bonitas. Aunque no veía a nadie y el Pájaro se pasaba el día en el bosque, nunca dejaban de tener mil novedades que contarse; los temas eran inagotables ya que en su corazón había abundante argumentos para el diálogo. En tanto todo esto acontecía, la malvada reina causante de del cruel encarcelamiento de Florine, realizaba esfuerzos inútiles por casar a Cerdita, pues enviaba embajadas para proponer, a todos los príncipes de quienes tenía noticia, la mano de su hija, pero en cuanto ellos llegaban a palacio y la veían, despedíanse bruscamente. -Si se tratase de la princesa Florine, esa oferta sería acogida con alegría –afirmaban los candidatos-, pero Cerdita puede quedarse soltera sin que nadie se preocupe por eso. Al oír tales palabras, madre e hija, montaban en cólera contra la inocente princesa a quien ambas atormentaban. -¡Cómo, a pesar de su prisión, esta arrogante criatura constituye un obstáculo para nosotras! –se lamentaban- No se puede perdonar los malos momentos que nos hace vivir; Florine debe mantener correspondencia secreta con los países extranjeros, convirtámosla es una criminal de estado, es preciso convencer a todos para que se la crea una traidora. Ambas terminaron su conciliábulo muy tarde; era ya más de media noche cuando madre e hija resolvieron subir al torreón para interrogarla. Florine estaba con el Pájaro Azul en la ventana, engalanada con pedrerías, peinados sus hermosos cabellos con un cuidado que no era el normal en las personas afligidas, su habitación y su lecho se hallaban cubiertos de flores y unas barras de incienso que acababa de encender, expandían un perfume delicioso. La reina escuchó en la puerta y creyó oír cantar una melodía a dos voces pues Florine poseía una voz celestial, y el pequeño concierto concluyó entre suspiros. -¡Ah, Cerdita, hija mía, en verdad hemos sido traicionadas! –exclamó la reina abriendo bruscamente la puerta e irrumpiendo en la celda. ¿Qué hizo Florine al ver aquello?, pues cerrar rápidamente la ventana, para dar tiempo a la huída del Pájaro Real ya que le preocupaba más la salvación del rey Charmant que la suya propia, sin embargo, él no se sintió con ánimos de huída; sus ojos perspicaces habían descubierto el peligro al que la princesa se hallaba expuesta. Había visto a la reina y a Cerdita, sintiéndose muy afligido de no hallarse en estado de defender a su amada. Madre e hija se aproximaron a Florine, como furias que la quisieran devorar. -¡Ya sabemos de vuestras intrigas contra el estado –exclamó la reina-; no penséis que vuestro rango os salve del castigo que merecéis! -¿Y con quién conspiro yo, señora? –replicó Florine-.¿No sois vos mi carcelera desde hace dos años?... ¿He visto acaso a otras personas que no sean aquellas que vos me habéis enviado? Mientras ella hablaba, la reina y su hija la examinaban con gran sorpresa pues las deslumbraban su admirable belleza y su extraordinaria aderezo. -¿Y de dónde vienen, señora, -quiso saber la reina-, estas pedrerías que brillan más que el sol?... ¿Nos vais a hacer creer que existen minas dentro de este torreón? -Las he encontrado –repuso Florine-, eso es todo lo que sé. La madrastra la observó atentamente para penetrar hasta el fondo de su corazón y ver que sucedía. -Nosotros no somos vuestras inocentes víctimas –dijo la reina- aunque vos creáis que nos podéis engañar; sabemos princesa, todo lo que hacéis desde la mañana hasta la noche. Se os han dado todas estas joyas para obligaros a vender el reino de vuestro padre. -¿Acaso me hallo en disposición de hacerlo? –preguntó ella con una sonrisa desdeñosa-: ¿una infortunada princesa que languidece entre las cadenas desde hace largo tiempo puede hacer mucho en un complot de esa naturaleza? -¿Y por qué, entonces –replicó la reina-, estáis vos peinada con tanto esmero, vuestra habitación llena con el olor del incienso, y vuestra persona tan magnífica que no tendríais par en medio de la corte? -Tengo bastante en donde elegir –dijo la princesa-, entonces, no es nada extraordinario que me conceda algunos momentos para arreglarme y que pase tantos otros llorando mis desgracias; no creo que esto pueda reprochárseme. -¡Vaya, vaya –dijo la reina- conque la inocente criatura no tiene trato alguno con el enemigo!
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