| EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy |
©Traducción
de Estrella Cardona Gamio
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-¿Vos habéis visto a Cerdita con tanto boato? –la interrumpió el rey-; ¿su madre y ella han osado contaros que tales joyas eran regalo mío?... ¡Oh Cielos!, ¿es posible que yo escuche estas mentiras tan ultrajantes y que no me pueda vengar como deseo?... Sabed que ambas han querido embaucarme, pues utilizando vuestro nombre me han engañado para que huyese con la fea Cerdita, pero, en cuanto he descubierto mi error, he querido abandonarla, prefiriendo ser Pájaro Azul siete años seguidos antes que faltar a la fidelidad que os debo. Florine sentíase tan dichosa al escuchar hablar a su amado rey Charmant, que ya ni se acordaba del infortunio de su prisión, entonces, ¿qué no le diría ella para consolarle de su desventura y para persuadirle de que no haría menos que él había hecho por ella? El día amaneció, la mayoría de los oficiales habían sido ya relevados y el Pájaro Azul y la princesa conversaban todavía, hasta que se separaron con mucha tristeza luego de haberse prometido que todas las noches se entretendrían así. La alegría de haberse encontrado era tan grande que no existen términos capaces de expresarla; cada uno por su lado daba gracias al amor y a la fortuna, aunque Florine no dejase de estar inquieta por el Pájaro Azul. -¿Quién le protegerá de los cazadores –se decía-, o de las garras de las águilas, o de cualquier buitre hambriento que puede devorarlo con tanto apetito, como si nunca hubiera sido un gran rey?... ¡Oh cielos!, ¿qué sería de mí si sus plumas ligeras y finas, llevadas por el viento, vinieran a ni prisión para anunciarme el desastre que temo? Estos pensamientos la hicieron cerrar los ojos, pues, cuando se ama, las aprensiones semejan verdaderas y aquello que uno creyera imposible en otro tiempo se torna real en este, de suerte que pasó la jornada llorando hasta que llegó la hora de volver a la ventana. El Pájaro maravilloso, oculto entre las ramas de un árbol, había estado todo el día ocupado pensando en su bella princesa. -¡Qué contento estoy –reflexionaba-, al haber vuelto a encontrarla, cuán atractiva es, y como aprecio las bondades con que ella me distingue! El enamorado rey empezaba a contar todos los minutos de la larga penitencia que impedían su boda con Florine y jamás se ha deseado el fin de una condena con mayor pasión. Como él quería hacer objeto a su amada de todas las galanterías de las que era capaz, voló hasta la capital de su reino, fue a su propio palacio, entrando en su gabinete por el cristal de una ventana que estaba roto, y cogió unos pendientes de diamantes, tan perfectos y tan bellos que no había en el mundo otros que se le asemejaran, llevándoselos por la noche a Florine con el ruego de que se los pusiera. -Consentiré –dijo ella-, si vos venís durante el día, porque, mientras os hable por la noche no me los pondré. El Pájaro le prometió que vendría al torreón a la hora que ella quisiese, entonces Florine se puso los pendientes y la noche transcurrió hablando, como habían pasado las otras. A la mañana siguiente el Pájaro Azul retornó a su reino, fue a su palacio, entró en su gabinete por el agujero en el vidrio de la ventana y le llevó los más ricos brazaletes que nunca se hubieran visto pues estaban tallados en miles de facetas y en una sola esmeralda. -¿Acaso pensáis –le amonestó la princesa-, que mis sentimientos hacia vos tengan necesidad de ser cultivados por medio de presentes?... ¡Qué mal me conocéis, señor! -No, señora –replicó él-, yo no creo que las bagatelas que os ofrezco sean necesarias para conservar vuestra ternura, pero la mía estaría herida si descuidase alguna ocasión de demostraros mis atenciones, así, cuando no me halle a vuestro lado, estas pequeñas joyas me harán presente en vuestro recuerdo. Florine le dio mil gracias a las que él respondió con otras tantas de igual intensidad. A la siguiente noche, el Pájaro enamorado no faltó en llevar a su bella un reloj de un tamaño razonable, que estaba dentro de una perla; la excelencia del trabajo sobrepasaba cualquier cosa imaginable. -Es inútil que me regaléis un reloj –dijo ella amablemente-, pues cuando vos permanecéis alejado de mí, las horas me parecen interminables y cuando vos estáis a mi lado, ellas se deslizan como un sueño, por tanto, no puedo estimar su justa mesura. -¡Ay de mí, princesa mía! –exclamó el Pájaro Azul-, yo tengo la misma opinión que vos. -Sé que vos sufrís por conservar mi amor –replicó ella-, mas creo que habéis llevado la amistad y la estima demasiado lejos, mi pobre enamorado. Cada amanecer, el Pájaro volaba hasta el follaje de los árboles, en donde las frutas le servían de alimento. Algunas veces todavía cantaba y su voz maravillaba a los caminantes, ellos la escuchaban y no veían a nadie suponiendo entonces que quienes cantaban eran espíritus. Esta opinión se extendió, tanto, que nadie osaba entrar en el bosque; se contaban mil aventuras fabulosas que no habían sucedido y el terror general hizo la seguridad particular del Pájaro Azul.
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