EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy
©Traducción de Estrella Cardona Gamio

Copyright del dibujo: Estrella Cardona Gamio6

Cuando la princesa volvió de aquel desvanecimiento reflexionó sobre los manejos de los que se le hacía víctima, en el malvado tratamiento que recibía de su indigna madrastra y la esperanza que había perdido para siempre de casarse con el rey Charmant; su dolor fue tan vivo que lloró toda la noche, en semejante estado se fue a la ventana, donde se lamentó amargamente. Cuando el día se anunció, Florine cerró la ventana pero siguió llorando.

La noche siguiente volvió a abrir la ventana lanzando profundos suspiros entre sollozos, derramando un torrente de lágrimas; de nuevo, al amanecer, se recluyó en su aposento, cerrando otra vez la ventana.

Mientras tanto el rey Charmant, o mejor dicho, el bello Pájaro Azul, no cesaba de revolotear en torno al palacio ya que sospechaba que su querida princesa se hallaba prisionera, y, si ella se quejaba tan tristemente no eran menores sus lamentaciones.

Se acercaba cuanto podía a las ventanas, para mirar dentro de las habitaciones, pero el temor de que Cerdita le descubriese sospechando que fuese él, le impedía realizar aquello que pretendía llevar a cabo.

-Pues me va la vida –se decía a sí mismo-, si estas malvadas me descubren, querrán vengarse. Es preciso que yo me aleje para no verme expuesto a peligro alguno.

Estas razones le obligaron a tomar grandes precauciones, y normalmente cantaba sólo por la noche.

El Pájaro Azul había visto, delante de la ventana en donde se asomaba Florine, un ciprés de prodigiosa altura, y allí se fue a colocar, entonces escuchó a una persona que se lamentaba:

-¿Sufriré todavía mucho tiempo? –se quejaba-, ¿la muerte no vendrá a liberarme?... Quienes la temen desean verla lejos; yo la anhelo y la cruel huye de mí. ¡Ah, bárbara reina!, ¿qué te he hecho yo para que me retengas dentro de un afrentoso cautiverio?... ¿No tienes otros lugares en donde encerrarme?; no haces más que convertirme en testigo de la felicidad que tu indigna hija disfruta con el rey Charmant.

El Pájaro Azul no había perdido una palabra de estas recriminaciones quedándose muy sorprendido y esperó el día con impaciencia para ver a la dama afligida, pero antes de que despuntase, ella había cerrado la ventana retirándose.

El pájaro, curioso, no faltó a su cita la siguiente noche en la que brillaba el claro de luna, entonces vio a una muchacha en la ventana de la torre, que comenzaba a lamentarse:

-¡Fortuna –clamaba ella-, tú que me ofrecías un reino, tú que me habías entregado el amor de mi padre, ¿qué te he hecho yo para arrojarme de un golpe en los más amargos sufrimientos?, ¿debo, a mis pocos años, empezar a conocer tu inconstancia?!... ¡Retorna si es posible; te pido como único favor acabar con mi fatal destino!

El Pájaro Azul escuchaba y cuanto más escuchaba más persuadíase de que era su amable princesa la que se lamentaba.

-Adorable Florine –le dijo-, maravilla de nuestros días, ¿por qué deseáis concluir tan prontamente los vuestros?; los males que os ensombrecen no son irremediables.

-¡Oh! –exclamó ella-, ¿quién me habla de una manera tan consoladora?

-Un rey desgraciado –repuso el pájaro-, que os ama y que no amará a nadie más que a vos.

-Un rey que me ama – repitió la princesa-, ¿será esta una trampa que me tiende mi enemiga?, aunque, en el fondo, ¿qué iba a ganar con eso? Si lo que ella busca es descubrir mis sentimientos, de buen grado se los revelaré.

-No, mi princesa –respondió Charmant- el amante que os habla no es capaz de traicionaros.

Acabando de decir estas palabras, él voló hasta la ventana. Florine tuvo de repente mucho miedo de un pájaro tan extraordinario que hablaba lo mismo que si fuese un hombre aunque conservase el pequeño tono de voz de un ruiseñor, pero la belleza de su plumaje y lo que le dijo, la tranquilizaron.

-¿Me ha sido permitido veros otra vez, princesa mía? –exclamó él- ¿Puedo yo experimentar un placer semejante sin morir de gozo?... Pero, ¡ay de mí!, que esta felicidad se ensombrece por vuestro cautiverio y el estado en el cual la malvada Soussio me ha convertido por siete años.

-¿Y quién sois vos pájaro encantador? –quiso saber Florine acariciándole.

-Vos habéis pronunciad mi nombre –dijo el rey- y, sin embargo no me reconocéis

-¡Cómo, el más grande rey del mundo, el rey Charmant –exclamó la princesa-, es este pequeño pájaro!

-¡Ay de mí! –repitió él-, bella Florine, no es más que la verdad y si cualquier cosa puede consolarme es que yo haya preferido esta pena a aquella de renunciar a la pasión que siento por vos.

-¿Por mí? –se sorprendió Florine- ¡No pretendáis engañarme pues yo sé que os habéis casado con Cerdita!... He reconocido vuestra sortija en su dedo, yo la he visto ornada de relucientes diamantes tal como vos se la habéis dado. Mi hermanastra vino a insultarme en mi triste prisión, luciendo rica corona y cubierta con un manto real que vos le habíais regalado mientras yo permanecía cargada de cadenas.

 

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