EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy
©Traducción de Estrella Cardona Gamio

Copyright del dibujo: Estrella Cardona Gamio5

-¡Aun cuando me lapidaseis –exclamó el rey-, aun cuando me desollarais, yo no sería de ninguna otra que no fuese Florine! Estoy resuelto, entonces podéis hacer uso de vuestro poder en cuanto deseéis.

Soussio empleó la dulzura, las amenazas, las promesas, los ruegos. Cerdita lloró, gritó, gimió, se enfadó, se apaciguó... El rey no decía ni una palabra, contemplándolas a las dos con indignación y sin responder a toda aquella palabrería.

Así pasaron veinte días y veinte noches sin que ellas cesasen de hablar, sin comer, sin dormir, sin asearse. Por fin Soussio, ya fatigada, le dijo al rey:

-Bien, vos sois de una terquedad que no quiere entender razones; elegid, o estar siete años en penitencia por haber dado vuestra palabra sin tenerla, o casaros con mi ahijada.

El rey Charmant, que había guardado un profundo silencio, dijo de repente:

-Haced conmigo lo que queráis, porque ya estoy harto de tanta necedad.

-¡Necio sois vos –exclamó Cerdita encolerizada-, que habéis venido a mi país para no decirme sino injurias y faltar a vuestra palabra; si fuerais un hombre de honor, ¿os portaríais así?!

-He aquí unos reproches divertidos –dijo el rey en tono risueño- Ved si estoy equivocado al no tomar por esposa a una persona tan agradable como vos.

-¡Pues Florine no lo será nunca, no, no y no! –chilló Soussio encolerizada- ¡Y tú no tienes sino que salir volando por esa ventana ya que serás durante siete años un Pájaro Azul!

En ese mismo momento el rey cambió de figura: sus brazos se cubrieron de plumas convirtiéndose en alas, sus piernas y sus pies se transformaron en negros y menudos, le crecieron uñas curvas, su cuerpo empequeñeció cubriéndose todo el de finas plumas de color azul celeste, sus ojos se hicieron redondos y brillantes como soles, su nariz  no fue más que un pico de marfil, creció sobre su cabeza una cresta blanca que formó una corona, y cuando quiso hablar cantó.

Al comprender el estado en el que se hallaba, lanzando un grito doloroso, echó a volar para huir del funesto palacio de Soussio.

Preso de la melancolía, fue de rama en rama bien sobre los mirtos, bien sobre los cipreses –pues no eligió sino los árboles consagrados al amor o a la tristeza-, mientras cantaba apenado su mala fortuna y la de Florine.

-¿En que lugar la han ocultado sus enemigos? –lamentábase- ¿En qué víctima se ha convertido... ¿La barbarie de la reina le permite todavía respirar?... ¿Dónde la encontraré?...... ¿Estoy condenado a pasar siete años sin ella?... Puede ser que durante ese tiempo Florine se case con otro, y yo perderé para siempre la esperanza que sostiene mi vida.

Tales diversos pensamientos afligían al Pájaro Azul hasta el punto de que quería dejarse morir.

Por otro lado, el hada Soussio devolvió a Cerdita a su madre, que estaba inquieta respecto a como podían haber ido las cosas. Mas cuando ésta vio a su hija y ella le contó cuanto había sucedido, la soberana se enfureció de manera terrible, cayendo su regia cólera sobre la pobre Florine.

-Es preciso –dijo la reina-, que ella se arrepienta más de una vez de haber enamorado a Charmant.

Cerdita y su madre subieron a la torre, vestida la muchacha con los más suntuosos ropajes, además lucía una corona de diamantes en la cabeza y las tres hijas de los más ricos nobles del estado llevaban la cola de su manto real, y, por si fuera poco, mostraba en su dedo la sortija del rey Charmant, que Florine advirtió el día que ambos hablaron por primera vez.

La pobre princesa se vio desagradablemente sorprendida al contemplar a Cerdita adornada con tan pomposa aparatosidad.

-He aquí a mi hija que viene a traeros los regalos de su boda –le informó la reina-: el rey Charmant se ha casado con ella pues la ama con locura y nunca ha estado más contento.

Acto seguido se pusieron delante de ella  telas de oro y de plata, pedrerías, encajes, cintas, que iban dentro de grandes cestas de filigrana de oro. Mientras le presentaba todas estas cosas, Cerdita no cesaba de hacer brillar el anillo del rey, de suerte que la princesa Florine no podía dudar de su desgracia.

Ella entonces exclamó desesperada, que alejaran de su vista todos esos funestos presentes; pues no quería sino vestirse de negro o bien deseaba prontamente morir. Se desmayó y la cruel reina, satisfecha de haber conseguido sus propósitos, no permitió que se la socorriese, dejándola sola en el más deplorable estado, y fue a contarle malignamente al rey, que su hija Florine estaba haciendo tantas extravagancias que era preciso tenerla bien vigilada y no dejarla salir del torreón, a lo que el monarca repuso que hiciese lo que quisiera que por su parte nada tenía que objetar.

 

Sigue...

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