EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy
©Traducción de Estrella Cardona Gamio

Copyright del dibujo: Estrella Cardona Gamio4

El mensajero encontró a varias damas dispuestas a hablar, y particularmente una, quien le aseguró que aquella misma noche Florine estaría asomada a una pequeña ventana baja que daba sobre el jardín, y que a través de la cual se podrían hablar, aunque le rogó tomase grandes precauciones para que nadie le siguiera.

-Pues –añadió-, el rey y la reina son tan severos, que me harían morir si descubriesen que yo he favorecido la pasión de vuestra majestad.

El rey Charmante, satisfecho de haber conseguido sus propósitos, le prometió todo lo que ella quisiera, y corrió a avisar al padre de Florine, para anunciarle que pronto marcharía. Pero a la malvada confidente le faltó tiempo para ir a advertir a la reina de lo que sucedía y esperar sus órdenes. La reina pensó que era preciso enviar a su hija a la ventanita y la instruyó bien, al efecto para que obrase como debía de hacerlo aunque Cerdita fuese tonta rematada.

La noche estaba tan negra que le hubiera sido imposible al rey Charmant apercibirse de la trampa que se le tendía, máxime cuando no estaba siquiera prevenido, de suerte que se aproximó a la ventana con transportes de indecible alegría.

El joven rey le dijo a Cerdita aquello que le habría dicho a Florine para persuadirla de su pasión. Cerdita, aprovechando la coyuntura, le confió que ella era la más desgraciada persona de este mundo al tener una madrastra tan cruel y que habría de sufrir hasta que su hija se casase. Charmant le aseguró que si le aceptaba por esposo, sentiríase feliz de compartir con ella su corona y su corazón, y sacándose la sortija del dedo, se la puso en el de Cerdita, añadiendo que era una prenda eterna de su fe, y que la princesa no tenía más que elegir el momento de partir. Cerdita respondió lo mejor que pudo; él se daba cuenta de que ella no decía nada que valiese la pena, mas lo achacó a que el miedo de verse sorprendida por la reina le quitaba el expresarse con mayor desenvoltura. Finalmente Charmant la dejó con la condición de que volviese al día siguiente a la misma hora, promesa que ella hizo del todo muy convencida.

Por su parte la reina, habiendo sabido del venturoso encuentro, se las prometió muy felices.

Concertada la cita, el rey fue a buscar a quien suponía era Florine, con una silla voladora que arrastraban unas ranas aladas, pues un amigo hechicero le había hecho este presente.

La noche estaba muy oscura, Cerdita salió misteriosamente por una puertecilla, y el rey, que la esperaba, la recibió en sus brazos jurándole cien veces una fidelidad eterna. Pero como él no estaba dispuesto a viajar mucho tiempo en su silla voladora sin casarse con la princesa a quien amaba, le preguntó si quería que se celebrasen ya las bodas. Entonces Cerdita repuso que tenía por madrina a un hada que se llamaba Soussio y que estaban invitados a ir a su palacio. Como el rey no sabía el camino, tuvo que rogarles a las ranas voladoras que les condujeran a la mansión del hada, cosa que éstas, al conocer el mapa general del universo, les llevaron a su destino en poco tiempo.

El palacio se encontraba tan iluminado, que apenas llegar, el rey se habría dado cuenta de su error si la princesa no hubiera estado cuidadosamente cubierta por sus velos. Cerdita pidió ver a su madrina, y, en un aparte, le contó como había engañado a Charmant suplicándole que lo apaciguase.

-¡Ay, hija mía –exclamó el hada-, la cosa no será tan fácil; él ama demasiado a Florine; estoy segura que va a ser muy difícil! 

Mientras tanto el rey las esperaba en una sala en donde los muros eran de diamante, tan claros y limpios que pudo ver a través suyo a Soussio y a Cerdita, hablando juntas. El rey creyó soñar.

-¿Cómo –se dijo-, he sido traicionado?, ¿los demonios han traído a esta enemiga de nuestro felicidad?, ¿viene ella a obstaculizar nuestro matrimonio?... ¿Y dónde está mi querida Florine que no aparece por ningún sitio?; ¡tal vez su padre puede haberla hecho seguir!

Así pensaba el joven rey mil cosas que comenzaban a llenarle de desolación, pero en eso el hada y su ahijada entraron en la sala y Soussio le dijo en tono decidido:

-Rey Charmant, he aquí a la princesa Cerdita a quien vos habéis dado vuestra palabra; siendo mi ahijada deseo que os caséis con ella enseguida.

-¿Yo? –gritó él encolerizado-, ¡yo no me casaré con este pequeño monstruo!... Vos me creéis de un natural bien dócil, cuando me hacéis tales proposiciones; sabed que yo no le he prometido nada; si ella ha dicho lo contrario, ella ha...

-No acabéis –interrumpió Soussio-, y no seáis tan atrevido como para faltar a vuestra palabra...

-Consiento –replicó el rey- en respetaros ya que sois un hada, siempre que vos me devolváis a mi princesa.

-¿Es que acaso yo no lo soy, perjuro? –protestó Cerdita enseñándole su sortija- ¿A quién has dado este anillo en prenda de tu palabra?... ¿Con quién has hablado desde la ventanita, si no es conmigo?

-¿Así pues –repuso él-, he sido decepcionado y  engañado?... No, no, no estoy dispuesto a tolerar más burlas. ¡Vamos, vamos, mis ranas, quiero partir a toda prisa!

-¡Oh! –dijo Soussio-, eso no está en vuestro poder si yo no consiento.

El hada le tocó con su varita y los pies del rey de quedaron soldados al pavimento, como si hubieran sido clavados.

 

Sigue...

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