| EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy |
©Traducción
de Estrella Cardona Gamio
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La reina, con la impaciencia de saber si el rey Charmant estaba enamorado de Florine, envió a buscar a aquellos que había mandado para indisponer a su hijastra con el apuesto pretendiente, y se pasó el resto de la noche interrogándoles, y todo cuanto le confiaron sirvió para confirmar sus sospechas: el rey amaba a Florine. Pero, mientras tanto ¿qué puedo deciros de la melancolía de esta pobre princesa, prisionera en la horrible torre en donde la había arrojado los hombres enmascarados? -Estaría menos triste –se decía ella-, si me hubiesen metido aquí antes de conocer a tan gentil rey pues el recuerdo que de él conservo no puede servir sino para aumentar mis sufrimientos. No dudo que es para impedirme el verle, que la reina me trata tan cruelmente.. ¡Ay de mí, que la belleza con que el Cielo me ha agraciado, le costará cara a mi tranquilidad! Florine lloraba tan amargamente que su propia enemiga hubiese tenido piedad de ella de haber sido testigo de aquel dolor. Así pasó la noche. La reina, que pretendía conquistar al rey Charmant con todas sus muestras de atención, le envió trajes de una riqueza y magnificencia sin par, hechos a la moda del país, y la Orden de los Caballeros del Amor que ella había obligado a instituir a su marido el rey, el día de sus bodas. Se trataba de un corazón de oro esmaltado en color fuego y rodeado de muchas flechas, en el que se inscribieron estas palabras: Una sola me ha herido. Aparte, la reina había mandado tallar para Charmant un corazón de rubí, tan grande como un huevo de avestruz y en el que cada flecha era de un solo diamante largo como el dedo, y la cadena de donde este corazón pendía estaba hecha de perlas en la cual, la más pequeña pesaba una libra; en fin, que desde que el mundo era mundo, nunca habíase contemplado cosa semejante. El joven rey, viendo esto, se quedó tan sorprendido que permaneció algún tiempo sin poder hablar. En el mismo momento se le presentó un libro en el que las hojas eran de vitela adornadas con miniaturas admirables, las tapas de oro, cargadas de pedrerías y los estatutos de la Orden de los Caballeros del Amor estaban escritos en un estilo muy tierno y galante. Se le dijo entonces al rey que la princesa que él había visto le rogaba que fuese su caballero y que ella le enviaba ese presente. Al escuchar semejantes palabras el joven monarca creyó de buena fe que se trataba de aquella a quien amaba. -¡Cómo! –exclamó- ¿La bella princesa Florine, piensa en mí de una manera tan generosa? -Señor –le contestaron-, os equivocáis de nombre; nosotros venimos de parte de la amable Cerdita. -¿Es Cerdita quien me quiere por su caballero? –quiso saber el rey con aire frío y serio- Siento no poder aceptar semejante honor; un soberano no es demasiado dueño de sí mismo para aceptar cuantos homenajes quisiera. Obrando como caballero, yo desearía corresponder en la misma medida, por lo tanto prefiero no recibir la gracia que ella me dispensa, para no ser indigno. Y devolvió los corazones, la cadena y el libro en el mismo cesto, retornándoselo a la reina, quien creyó morir de cólera junto con su hija por la forma despectiva con que el rey extranjero recibiera un favor tan particular. En el salón del trono, el joven rey había esperado encontrar a Florine, ya que, para verla, la buscó con la mirada por todas partes, y cualquiera que entrase por la puerta le hacía volver la cabeza bruscamente; por esta razón su majestad, el joven Charmant, aparecía inquieto y triste. La maliciosa reina madre adivinando muy bien que pasaba por su alma, fingió ignorar lo que sucedía y todo se le iba en hablarle de diversiones, respondiéndole él distraídamente, hasta que al final no pudo más y le preguntó en dónde se hallaba la princesa Florine. -Señor –respondió orgullosamente la reina-, el rey su padre ha decidió que Florine no salga de sus aposentos hasta que ni hija Cerdita no se haya casado. -¿Y por que motivo –replicó el joven rey-, puede tenerse prisionera a tan hermosa doncella? -Lo ignoro –dijo la reina-, pero cuando lo sepa deberéis dispensarme de contároslo. El rey Charmant se enfadó muchísimo y contempló a Cerdita con ojos atravesados, sospechando que a causa de aquel pequeño monstruo se le robaba el placer de ver a la princesa. Entonces abandonó prontamente el salón, porque la presencia de la reina le enfurecía. Cuando volvió a sus habitaciones, le dijo a un joven príncipe que le había acompañado, y en el que tenía puesta toda su confianza, que sobornase a una de las damas de la princesa, a fin de que él pudiese hablar con ella unos momentos.
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