EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy
©Traducción de Estrella Cardona Gamio

Copyright del dibujo: Estrella Cardona Gamio2

El rey le dijo un día a su esposa que Florine y Cerdita eran ya lo bastante mayores para casarse, y que pronto un príncipe vendría a la corte y él tenía que darle a una de las dos por esposa.

-Yo quiero –replicó la reina-, que mi hija sea la primera en casarse; ella es mayor que la vuestra, y como es mucho más encantadora, no hay punto de comparación.

El monarca, al que no le gustaban las disputas, dijo a su esposa que lo dejaba todo en sus manos.

Poco tiempo después les llegó la noticia de que el rey Charmant iba a ir a visitarles.

Jamás príncipe alguno había llevado más lejos la galantería y la magnificencia; su espíritu y su persona no tenían nada que no correspondiese a su nombre –Encantador-. Cuando la reina supo estas nuevas, empleó a todos los bordadores, los modistas y a todas las costureras para realizar el vestuario de Cerdita, rogándole al rey que Florine no tuviese nada nuevo que estrenar, y habiendo sobornado a sus damas, les mandó esconder todos los trajes de la princesa, sus pelucas y sus joyas el mismo día que el joven rey llegó a la corte, de suerte que, cuando Florine quiso presentarse ante él, no tuvo nada con que vestirse, y, al suponer de quién venía la maniobra, mandó llamar a los mercaderes para adquirir nuevas ropas, pero estos respondieron que la reina se lo había prohibido. Florine hubo que ponerse entonces un vestido que no era de gala, y su vergüenza fue tan grande que se escondió en un rincón del salón del trono cuando el rey Charmant llegó.

La reina dióle acogida con gran ceremonia presentándole a su hija, más brillante que el sol y más fea que de ordinario, al aparecer así de compuesta. El rey desvió la vista, entonces la reina quiso persuadirse de que Cerdita le gustaba demasiado y que él temía comprometerse, de suerte que empezó a ponérsela siempre delante para que nunca dejara de verla.

El joven rey preguntó si había una princesa llamada Florine.

-Si –dijo Cerdita mostrándosela con el dedo-, allí está escondida.

Florine se ruborizó, poniéndose tan bella, tan bella, que el rey Charmant quedó deslumbrado, y, levantándose le hizo una profunda reverencia a la princesa.

-Señora –le dijo-, vuestra incomparable belleza es tanta que ni siquiera las ropas que lleváis pueden deslucirla.

-Señor –replicó la joven-, os aseguro de que estoy poco acostumbrada a llevar ropas tan inapropiadas y mejor hubiera sido que no reparaseis en mí.

-Eso sería imposible –exclamo Charmant-; una tan maravillosa princesa no puede estar en lugar alguno  sin que no haya ojos más que para ella.

-¡Ah! –dijo la reina irritada-, os comprendo, pero sabes, Señor, que Florine es tan creída, que no es necesario que se le digan galanterías.

El rey Charmant receló de los motivos que así hacían hablar a la reina, pero como no estaba en condición de contradecirla, dedicó toda su admiración a Florine, y así pasaron las horas rápidamente.

Desesperada la reina, y Cerdita inconsolable de no haber sido la preferida, prorrumpieron en grandes lamentaciones, obligando al viejo monarca a consentir, que, durante la estancia del rey Charmant, se encerrase a Florine en una torre donde nadie pudiese verla. Y así se hizo, en efecto; tan pronto como la princesa volvió a sus aposentos, cuatro hombres enmascarados la llevaron a lo alto del torreón dejándola allí desolada pues comprendió que lo habían hecho porque el joven rey demostró preferirla, atracción que la ella compartía, y bien hubiera deseado ser su esposa.

Como el rey visitante ignoraba el atropello al que estaba siendo sometida Florine, esperaba a su vez con impaciencia la hora de volverla a ver.

Habría querido hablar de la princesa con aquellos que el soberano del país del que era huésped de honor le había puesto para su servicio, mas, por orden de la reina sólo le contaron cosas desagradables: que era coqueta, inestable, malhumorada, que atormentaba a sus amigos y a sus domésticas, que era muy sucia, y sobre todo avariciosa, ya que le gustaba más vestirse como una pobre pastora que gastarse el dinero que le daba el rey su padre para que se comprase ricas telas bordadas en plata.

Ante semejantes detalles, Charmant sufría y sentíase preso de una cólera que apenas podía moderar.

-No –se decía-, es imposible que el Cielo haya puesto un alma tan mal hecha dentro de una obra de arte de la naturaleza. Convengo en que ella no estaba bien vestida y arreglada cuando la he visto, pero su vergüenza demuestra que no halláse acostumbrada a presentarse de tal guisa.

¿Cómo puede ser malvada con ese aire de modestia y dulzura que seduce? Eso no puede pasarme desapercibido, más razonable es pensar que la reina la describe así por celos maternales, ya que la princesa Cerdita es tan fea y tonta que no resulta nada raro que tenga envidia de la más perfecta de todas las criaturas.

Mientras pensaba de tal forma, los cortesanos que le rodeaban adivinaron por su expresión que no le había gustado nada el que le hablaran mal de Florine, y hubo uno más listo que los demás quien, cambiando de tono y de lenguaje para conocer los sentimientos del joven, se puso a decir maravillas de la princesa. Escuchándole, él se despertó como de un profundo sueño, resplandeciendo la alegría en su rostro, y reanudó la conversación, pues al amor se le oculta difícilmente ya que aparece en todo, en los labios del enamorado, en sus ojos, en el sonido de su voz; cuando se ama, el silencio, la conversación, la dicha y la tristeza, todo habla de la persona ausente.

 

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