| EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy |
©Traducción
de Estrella Cardona Gamio
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Mientras Florine esperaba a que su rival apareciese, uno de los ayudas de cámara del rey se aproximó a ella y le dijo: -Mie Souillon, tenéis que saber que si el rey no se tomase un somnífero para poder dormir, le aturdiríais con toda seguridad ya que vos descansáis de una manera sorprendente cada noche. Al oírle, Florine ya no se sorprendió de que él no la hubiese escuchado, y buscando dentro de su bolsa, dijo: -Si vos no le dais al rey el somnífero esta noche, caso de que yo duerma en el gabinete, todas estas perlas y todos estos diamantes, serán para vos. El ayuda de cámara aceptando, le dio su palabra. Al comparecer Cerdita instantes después, Florine se acercó a su rival mostrándole entonces el pastel de fiambre que llevaba en las manos y fingió comérselo. -¿Qué estás haciendo, Mie Souillon? –le preguntó Cerdita. -Señora –replicó Florine-, tengo el capricho de comerme a los astrólogos, a los músicos y a los médicos. En ese momento todos los pájaros se pusieron a cantar más melodiosamente que los ruiseñores, exclamando luego: -¡Dadnos vuestras blancas manos y os diremos la buena ventura! Un pato, que dominaba el conjunto, habló más alto que los otros: -¡Can, can, can, yo soy médico, yo curo todos los males y toda suerte de locura, hasta la del mal de amores. Cerdita, deslumbrada frente a tantas maravillas, exclamó: -¡Sorprendente pastel!... ¡Yo lo quiero, Mie Souillon! ¿Qué me pides a cambio? -El precio de siempre –repuso ella-, dormir en el gabinete de los Ecos, nada más. -De acuerdo –dijo Cerdita generosamente, ya que se había puesto de buen humor ante su adquisición-, y toma esta moneda de oro además. Florine estaba contenta como nunca lo había estado, ya que en esta ocasión esperaba que el rey la escuchase, y se retiró dándole las gracias. Cuando descendió la noche, se hizo conducir al gabinete, deseando con toda su alma que el ayuda de cámara cumpliese su palabra y que en lugar de darle el somnífero al rey le diese cualquier otra cosa que pudiera mantenerle despierto. Cuando creyó que todos dormían, comenzó de nuevo con sus lamentaciones. -A cuantos peligros me he expuesto –decía-, para buscarte mientras que tú me huyes y pretendes casarte con Cerdita... ¿Qué te he hecho pues para que olvidases tus juramentos? ¡Acuérdate de tu metamorfosis, de mis bondades, de nuestras tiernas conversaciones! Y ella se las repetía todas, con una memoria que probaba que nada le era más querido que ese recuerdo. El rey, desvelado, escuchaba distintamente la voz de Florine y todas sus palabras, sin embargo no podía comprender de dónde venían, pero su corazón, lleno de ternura, le traía vivamente la imagen de su incomparable princesa cuya separación sentía con el mismo dolor que el de las armas que le habían herido sobre el ciprés. Charmant se puso a hablar en voz alta lo mismo que ella había hecho. -¡Ah, princesa –se lamentó-, demasiado cruel para un enamorado que os adoraba! ¿Cómo es posible que me hayáis sacrificado a nuestros comunes enemigos? Florine escuchó cuanto él decía y no tardó en responderle que si él quería conversar con Mie Souillon, se aclararían todos los misterios en los que no había podido penetrar hasta entonces. Ante estas palabras, el rey, impaciente, llamó a uno de sus ayudas de cámara y le preguntó si podía encontrar a Mie Suillon y traerla, a lo que el otro respondió que nada más fácil porque ella dormía abajo, en el gabinete de los Ecos.
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