EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy
©Traducción de Estrella Cardona Gamio

Copyright del dibujo: Estrella Cardona Gamio15

Los criados la habían escuchado gemir y suspirar toda la noche y se lo contaron a Cerdita que le preguntó por semejante alboroto. La reina le dijo que dormía tan bien  que ordinariamente soñaba que a menudo hablaba muy alto.

A todo esto, el rey no la había podido escuchar por una extraña fatalidad que es la siguiente: después de haberse enamorado de Florine, ya no podía dormir y cuando se metía en la cama para descansar algo, tomábase un somnífero.

La reina pasó una parte del día sumida en la inquietud.

-Si él me ha escuchado –se decía-, ¿puede haber indiferencia más cruel? Y si él no me ha escuchado, ¿qué he de hacer para conseguirlo?

Ya no sabía que enseñarle a Cerdita pues las piedras preciosas son todas las mismas y era necesaria otra cosa que atrajese la curiosidad y el interés de Cerdita, entonces Florine recurrió a los huevos mágicos rompiendo uno, tan pronto lo hizo, surgió una pequeña carroza de acero pulido y guarnecida de oro; tiraban de ella seis ratones verdes, conducidos por un ratoncillo color de rosa, y el postillón, que también pertenecía a familia ratonil, era de color gris. Había dentro de la carroza cuatro marionetas de lo más encantador y que en nada se parecían a las vulgares de las ferias., y estas marionetas hacían cosas sorprendentes, en particular dos pequeñas bailarinas egipcias que danzaban maravillosamente.

La reina Florine se quedó deslumbrada ante tamaña nueva obra de las artes mágicas y nada dijo hasta el atardecer que era el momento en el cual Cerdita iba de paseo. Florine se fue a una alameda, haciendo galopar a los ratones que tiraban de la carroza cargada con las marionetas. Esta novedad asombró mucho a Cerdita quien exclamó dos o tres veces:

-¡Mie Souillon, Mie Souillon, ¿por cuánto me venderías la carroza con su tiro ratonil?

-Preguntadles a las gentes de letras y a los sabios de este reino –dijo Florine-, lo que una maravilla tal puede valer, y yo aceptaré la opinión del más avisado.

Cerdita, que era extremista en todo, replicó:

-¡Deja ya de importunarme con tu presencia y dime lo que vale todo eso!

-Dormir otra vez en el gabinete de los Ecos –repuso ella-, es todo lo que os pido.

-¡Bah, pobre tonta –replicó Cerdita-, te concedo ese absurdo deseo! –y volviéndose hacia sus damas- He aquí una boba criatura –dijo-, que no sabe sacar ventaja de lo que ofrece.

Vino la noche. Florine dijo todo cuanto ella pudo imaginar de enternecedor, y lo habló también inútilmente, porque el rey no dejaba nunca de tomarse su somnífero nocturno. Los ayudas de cámara se decían entre ellos:

-Sin duda que esa campesina está loca, ¿qué es lo que parlotea cada noche tan apasionadamente?

Ella esperaba impaciente el día para comprobar el efecto que habían hecho sus discursos.

-Cómo –decíase-, el rey se ha vuelto sordo a mis ruegos, ¿no escucha a su querida Florine? ¡Esta debilidad mía de amarle todavía bien se merece los desprecios que él me hace!

Pero ella razonaba inútilmente, pues no podía curarse de su amor por Charmant.

Ya no le quedaba más que un huevo en la bolsa, del que pudiese esperar ayuda; lo rompió saliendo de su interior un pastel de fiambre con seis pájaros, cocidos y muy bien aderezados, que eran bardos y cantaban maravillosamente bien, decían la buenaventura y sabían de medicina mejor que cualquier doctor.

La reina Florine se quedó encantada al ver cosa tan admirable y fue con su nuevo presente a la antecámara de Cerdita.

 

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