| EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy |
©Traducción
de Estrella Cardona Gamio
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-¿Ver al rey? –le dijeron- ¿Eso es lo que tu quieres muchacha, déjate de bobadas que no tienes ojos lo bastante buenos para ver al rey. La reina no respondió nada y se alejó dócilmente preguntando todavía a aquellos que tropezaba dónde podría ir para ver al rey. -Su majestad vendrá mañana al templo con la princesa Cerdita –le dijeron-, pues por fin ha consentido en casarse con ella. ¡Cielos, que nueva, Cerdita, la indigna Cerdita a punto de casarse con el rey! Florine pensó en morir, quedándose sin fuerzas ni para hablar ni para caminar, entonces se refugió bajo una puerta, y tomó asiento sobre las piedras bien oculta entre sus cabellos y bajo el sombrero de paja que llevaba. -¡Infortunada de mí! –gemía-, he venido aquí para aumentar el triunfo de mi rival convirtiéndome en testigo de su victoria! ¡Fue por causa suya que el Pájaró Azul dejó de venirme a ver ¡Ha sido por ese pequeño monstruo que él me ha infligido la más cruel de todas las infidelidades mientras que abismada en el dolor yo me inquietaba por la conservación de su vida! El trato ha cambiado y se ha acordado menos de mí que si no me hubiera visto jamás; me ha dejado entristecida por tan larga ausencia, sin preocuparse en absoluto. Cuando se tiene mucha pena, es raro poseer buen apetito; la reina buscó donde alojarse y se acostó sin cenar. Se levantó con el día y corrió al templo, en donde pudo introducirse escapando de la vigilancia de los soldados. Vio el trono del rey y también el de Cerdita la futura reina. ¡Qué dolor para una persona tan tierna y delicada como Florine! Se aproximo al trono de su rival y quedóse de pie, apoyada en una columna de mármol. El rey apareció el primero, más bello y más amable que nunca. Cerdita enseguida, ricamente vestida y tan fea que daba miedo, entonces, mirando a la reina Florine, frunció el ceño diciéndole: -¿Quién eres tú, que te acercas a mí hasta llegar a las gradas de mi trono de oro? -Me llamo Mie Souillon –respondió la interpelada-; vengo de lejos para venderos mis mercaderías –y abriendo el saco que llevaba extrajo los brazaletes de esmeraldas que el rey Charmant le había regalado. -¡Oh! –dijo Cerdita-, he aquí unas bonitas piedras de cristal, ¿las vendes por cinco céntimos? -Enseñadlas a los expertos, señora –replicó la reina- y después haremos nuestra transacción. Cerdita, que amaba al rey más tiernamente que en una tal persona como ella era posible, encantada con la ocasión que se le presentaba de hablarle, avanzó hasta su trono mostrándole los brazaletes y solicitando su parecer. A la vista de los brazaletes, él se dio cuenta de que eran aquellos que había dado a Florine; palideció, suspiró quedándose largo tiempo sin responder; al final, temiendo que se hubieran apercibido de su estado y de los pensamientos que venían a su mente, hizo un esfuerzo para replicar: -Estos brazaletes valen, creo, tanto como mi reino, yo suponía que no había un par igual en el mundo pero he aquí la muestra. Cerdita, con semblante avinagrado se acercó a la reina para preguntarle cuanto quería por los brazaletes. -No habría dinero para pagarlos, señora –repuso Florine-, vale más proponeros otras condiciones. Si vos me permitís dormir una noche en el gabinete de los Ecos que está en el palacio del rey, os daré mis esmeraldas. Tan extraña petición tiene que ver con que mientras el rey Charmant, estuvo convertido en Pájaro Azul, le había contado a la princesa que bajo sus aposentos existía un gabinete llamado de los Ecos, tan ingeniosamente construido, que todo lo que se decía muy bajo era oído por el rey cuando el estaba acostado en sus habitaciones, y, como Florine quería reprocharle su infidelidad, no había podido imaginar mejor medio. -Me parece bien, Mie Souillon –dijo Cerdita riéndose como una loca y mostrando sus dientes que parecían los colmillos de un jabalí. El rey no quiso saber de dónde venían los brazaletes, menos por indiferencia hacia quien los presentaba, (bien que ella no despertaba la curiosidad), que por el alejamiento invencible que sentía por Cerdita. Se condujo a Florine al gabinete por orden de Cerdita y ella comenzó con sus lamentos y recriminaciones: -¡La desgracia de la que yo quería dudar no se ha desvanecido, cruel Pájaro Azul –suspiraba ella-; tú me has olvidado ya que amas a mi indigna rival! ¿Los brazaletes que recogí de tu mano infiel no han podido traerte mi recuerdo tan alejado de ti! Entonces los sollozos interrumpieron sus palabras, y cuando ella tuvo bastantes fuerzas para hablar se siguió lamentando todavía y así continuó hasta que llegó la aurora.
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