EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy
©Traducción de Estrella Cardona Gamio

Copyright del dibujo: Estrella Cardona Gamio13

-¡Cómo, tan joven y lloráis! –dijo la buena mujer-- ¡Ah, hija mía, no os aflijáis más! Decidme que os sucede, y espero que pueda consolaros.

La reina, de muy buen grado, le relató sus tribulaciones, la conducta del hada Soussio en todo el asunto y como ella había ido en busca del Pájaro Azul.

La viejecita irguióse, cambió súbitamente de rostro, rejuveneciendo, embelleció, sus vestidos se transformaron en soberbio atuendo, y mirando a la reina con una graciosa sonrisa le dijo:

-Incomparable Florine, el rey que buscáis no es ya un pájaro; mi hermana Soussio le ha devuelto a la normalidad y él se halla en su reino, no os aflijáis pues todo se arreglará conforme a vuestros deseos. He aquí cuatro huevos, vos les romperéis cada vez que tengáis una necesidad encontrando la ayuda que os sea precisa.

Y al concluir de decir esto, desapareció. Florine se sentía muy consolada por lo que acababa de escuchar; metió los huevos en su saco y encaminó sus pasos hacia el reino de Charmant.

Después de haber caminado ocho días y ocho noches sin detenerse, llegó al pie de una montaña prodigiosa por su altura, toda de marfil y tan recta que nadie podía escalarla sin caerse. Florine hizo mil tentativas inútiles, resbaló, se fatigó, y, desesperada ante un obstáculo tan inaccesible, echóse al pie de la montaña resuelta a dejarse morir, cuando se acordó de los huevos mágicos que le había dado el hada.

-Veamos –se dijo-, si ella no se ha burlado de mí prometiéndome socorros caso de necesitarlos.

Pero en cuanto hubo roto el primero, se encontró con cuatro pequeños garfios de oro que procedió a utilizar, poniéndose dos en los zapatos y cogiendo en sus manos los restantes, de esta manera pudo subir la montaña de marfil sin fatigas pues los garfios le impedían que resbalase. Cuando estuvo en la cima, de nuevo tuvo problemas para descender; todo el valle era un gigantesco espejo de hielo.

Allí había más de seiscientas mil mujeres que se contemplaban con placer extremo pues este espejo tenía bien sus dos leguas de largo por seis de ancho, y cada una se veía como quería ser; la pelirroja parecía rubia, la castaña tenía los cabellos negros, la vieja creía ser joven, la joven no envejecía; en fin, que todos los defectos se hallaban bien ocultos, tanto que por ello venían de los cuatro puntos cardinales a contemplarse en el mágico espejo. Y era como para morirse de risa al ver las muecas y la tonterías que las muy presumidas hacían.

Esta circunstancia no atraía menos a los hombres, ya que el espejo les gustaba también por la misma razón; a unos les concedía hermosos cabellos, a otros mejor talla, el aire marcial a unos, mayor apostura a otros. Las mujeres, ante sus burlas, no se chanceaban menos, de suerte que la montaña se llenaba así de mil ecos diferentes.

Nadie había llegado jamás a la cima y cuando vieron a Florine, las damas lanzaron grandes exclamaciones de desesperación:

-¿Dónde va esta mal avisada? –murmuraban- Sin duda que tiene el suficiente ánimo para caminar sobre nuestro hielo, y al primer paso lo romperá todo.

Y murmurando levantaban una algarabía espantosa.

La reina no sabía como hacer, pues veía un enorme peligro descendiendo por allí; quebró otro huevo, del cual salieron dos palomos y una carroza, que crecieron al mismo tiempo hasta alcanzar el tamaño apropiado que permitiese un buen acomodo. Después los palomos descendieron dulcemente junto a la reina Florine sin que pasara nada malo.

Ella les dijo:

-Mis pequeños amigos, si queréis conducirme al lugar en donde Charmant tiene su corte, no seré una ingrata con vosotros.

Los obedientes palomos no se detuvieron ni un día ni un noche hasta que llegaron a las puertas de la ciudad. Florine bajó dándoles a cada uno de ellos un tierno beso más estimable que una corona.

¡Oh!, cómo le batía el corazón entrando en la ciudad. Se ocultó el rostro para no ser conocida y fue preguntando a las gentes en dónde podía ver al rey, y algunos se lo tomaron a risa.

Sigue...

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