| EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy |
©Traducción
de Estrella Cardona Gamio
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Los grandes del reino se reunieron en asamblea con prontitud, y subieron al torreón donde la princesa estaba gravemente enferma. Ella ignoraba la muerte de su padre y el suplicio de su enemiga, así que, cuando escuchó tanto ruido no dudó por un momento que venían a prenderla para matarla, pero no tuvo miedo, la vida le era odiosa desde que ella había perdido al Pájaro Azul. Sin embargo, los cortesanos se arrodillaron a sus pies explicándole el cambio que acababa de tener su suerte, noticias que conmovieron a la princesa. Entonces la condujeron a su palacio y la coronaron. Los cuidados con que fue tratada su enfermedad y el deseo que tenía de ir a buscar al Pájaro Azul, contribuyeron mucho a restablecerla y le dieron pronto fuerzas para nombrar un consejo que gobernase el reino durante su ausencia, después ella cogió abundantes joyas partiendo una noche sola sin que nadie supiera a donde marchaba. El mago que llevaba los asuntos del rey Charmant no tenía bastante poder para destruir aquello que Soussio había hecho y por esta causa decidió ir a su encuentro para proponerle algún trato por medio del cual ella devolviese al rey a su estado natural. El mago cogió a las ranas y voló al palacio del hada, que conversaba en esos momentos con Cerdita. De un hechicero a un hada existe escasa diferencia: ambos se conocían desde hacía 500 o 600 años y en ese espacio de tiempo habían tenido miles de ocasiones de ser amigos y enemigos. Ella le recibió muy amablemente: -¿Qué quiere mi compadre? –le preguntó (es así como los magos se nombran entre ellos)-¿Hay alguna cosa que pueda hacer por vos? -Sí, mi comadre –dijo el mago--, vos podéis satisfacer una petición mía, se trata del mejor de mis amigos, de un rey que vos habéis convertido en infortunado. -¡Ah, ya os entiendo compadre-exclamó Soussio-, lo siento mucho pero no puedo concederle esa gracia si él no contrae matrimonio con mi ahijada que es así de hermosa, según podréis apreciar. El mago prefirió no hablar ya que la encontraba muy fea, sin embargo no podía marcharse sin arreglar cualquier trato con el hada, porque el rey había corrido mil riesgos desde que estaba enjaulado. (El pestillo que cerraba la portezuela de la jaula se había roto, la jaula cayó y su majestad emplumada sufrió mucho por esta caída; el gato Minet, se encontraba en la habitación cuando este accidente tuvo lugar y le dio un golpe con las garras en uno de los ojos haciéndole pensar que se iba a quedar tuerto. En otra ocasión se olvidaron de darle de beber, y para colmo de males un monito bribón, que se había escapado, le cogió por las plumas a través de los barrotes de su jaula y poco faltó para que lo desplumara, aunque lo peor de todo es que él estaba a punto de perder el reino; sus herederos hacían a diario nuevas fechorías para conseguir que muriese). En fin, el mago acordó con su comadre Soussio que ella llevaría a Cerdita al palacio del rey Charmant en donde permanecería algunos meses, durante los cuales él habría de tomar la resolución de casarse con ella, en el bien entendido de que el hada le habría devuelto su figura humana, transformándole de nuevo en Pájaro Azul si no cumplía con su palabra. El hada vistió a Cerdita con ropajes de oro y plata, haciéndola montar detrás de ella sobre un dragón y así ambas marcharon al reino de Charmant en donde éste ya estaba con su fiel amigo el brujo. En tres golpes de varita el rey se vio de nuevo como había sido, hermoso, amable y magnífico, pero aceptaba por bien dado el tiempo que había estado sometido al hechizo aunque al sólo pensamiento de contraer matrimonio con Cerdita, temblaba. Su amigo el mago le hizo cuantos razonamientos pudo para consolarle, mas todas ellos no conseguían otra cosa que una mediocre impresión en su espíritu. Y el rey estaba menos ocupado en gobernar su reino que buscando los medios que prorrogasen el término dado por Soussio para casarse con Cerdita. Mientras tanto, la reina Florine, disfrazada bajo las ropas de una campesina, con los cabellos desgreñados y revueltos, que ocultaban su rostro, un sombrero de paja sobre la cabeza, y una bolsa a la espalda, comenzó su viaje, a veces a pie, a veces a caballo, a veces por mar, a veces por tierra; ella hacía todas las pesquisas posibles, pero no sabiendo dónde debía dirigir sus pasos, temía siempre ir por un lado mientras su amado rey estaba en el otro. Un día que se había detenido al borde de una fuente donde el agua plateada saltaba sobre los pequeños guijarros, tuvo el deseo de refrescarse los pies. Sentándose encima del césped sujetó sus rubios cabellos con una cinta y puso los pies en el arroyuelo recordando a Diana en su baño al retorno de una cacería. Pasó entonces por el lugar una viejecita toda encorvada que caminaba apoyándose sobre un grueso bastón; la anciana se detuvo y le dijo. -¿Qué hacéis aquí, bella niña, tan sola? -Mi buena madre –dijo la reina-, yo no dejo de estar acompañada pues vienen conmigo las penas, las inquietudes y las decepciones. Y al pronunciar estas palabras sus ojos se llenaron de lágrimas.
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