| EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy |
©Traducción
de Estrella Cardona Gamio
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Al llegar la aurora ambos se despidieron y, como si tuvieran el presentimiento de su próxima desgracia se alejaron con una pena extrema. La princesa se arrojó sobre el lecho bañada en lágrimas y el rey volvió a acomodarse en la rama del árbol. La carcelera de Florine corrió a las habitaciones de la reina para contarle todo cuanto había escuchado y visto. La reina mandó a por Cerdita y sus consejeros y ellos deliberaron largo tiempo hasta convenir que el Pájaro Azul era el rey Charmant. -¡Qué afrenta–exclamó la soberana-, Cerdita, que afrenta! Esta insolente princesa a quien yo creía tan afligida, gozando tranquilamente de las agradables conversaciones con nuestro ingrato... ¡Ah, me vengará de una manera tan sangrante que se hablará de ello! Cerdita le rogó de no perder siquiera un instante y como ella estaba más interesada en el asunto que la propia reina, se moría de impaciencia pensando todo aquello que haría por llenar de desolación a los enamorados. La reina devolvió la espía al torreón, ordenándole no delatar ni sospecha, ni curiosidad y de parecer más dormida que de ordinario. La espía acostóse temprano y se puso a roncar a más y mejor, y la pobre princesa, engañada, abriendo la ventana, exclamó: -¡Pájaro Azul, color del tiempo, acude a mí al momento! Mas ella le llamó toda la noche inútilmente; él no apareció por ningún sitio. ¿Qué había sucedido?, pues que la malvada reina había hecho cortar el ciprés y cuando éste se derrumbó abatido y el pájaro enredado entre las ramas, cayó con el árbol que le servía de refugio, los esbirros se ensañaron con la pobre ave hasta el punto que el rey Charmant, muy mal herido, a duras penas pudo esconderse dejando como huella un largo reguero de sangre. En una circunstancia semejante, ¿qué hubiera podido hacer la bella princesa para consolar al Pájaro Real? Sin duda alguna la pobre se habría muerto de la impresión viéndole en un estado tan deplorable. En cuanto a él, no quería salvarse, persuadido de que había sido Florine quien le había hecho una mala pasada. -¡Ah, bárbara! –gemía dolorosamente-, ¿es así como pagas la pasión más pura y más tierna que existirá jamás? ¿Si deseabas mi muerte, por qué no me la dabas tú misma?... Pues viniendo de tu mano me hubiera sido placentera. ¡Yo, que marchaba a reunirme contigo lleno de amor y de confianza, yo que sufría por ti en silencio y tú me has sacrificado, la más cruel de las mujeres! ¡La reina era nuestra enemiga común y te has reconciliado con ella a mis expensas. Eres tú, Florine, tú, quien me apuñalas, tú has empujado la mano de Cerdita conduciéndola hasta mi pecho! Tan funestas ideas le dominaron hasta el punto que deseó morir. Pero aquel amigo suyo hechicero, que había visto regresar a sus dominios el carruaje tirado por las ranas voladoras, sin que el rey estuviese en su interior, empezó a preocuparse preguntándose que es lo que podía haberle sucedido, por lo tanto, recorrió ocho veces toda la Tierra para buscarlo, sin que le fuera posible encontrarle. Dando estaba la novena vuelta, cuando pasó por el bosque en el cual se hallaba el Pájaro Azul y, de repente, tuvo un presentimiento, entonces gritó cinco veces con todas sus fuerzas: -¡Rey Charmant, rey Charmant, ¿dónde estáis?! El rey reconoció la voz de su mejor amigo. -Acercaos –le dijo-, y en este árbol veréis al desgraciado rey que vos amáis, ahogado en su propia sangre. El mago, completamente sorprendido, miraba en todas direcciones sin ver nada. -Yo soy el Pájaro Azul –susurró el rey con una voz débil que languidecía por momentos. Al escuchar estas palabras el hechicero rápidamente le hallço refugiado en su pequeño nido. Otro que no hubiese sido él se habría asombrado mucho, pero no el hechicero y como dominaba el arte de la nigromancia, le bastaron pocas palabras para detener la sangre que se escapaba del cuerpo del Pájaro Azul, y con hierbas que encontró por el bosque, sobre las cuales recitó un par de conjuros, pudo curar al rey tan perfectamente que lo dejó como si nunca hubiera estado herido.
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