EL PÁJARO AZUL de Madame D'Aulnoy
©Traducción de Estrella Cardona Gamio

Copyright del dibujo: Estrella Cardona Gamio1

Érase una vez un rey muy poderoso, cuyos dominios se extendían en todas direcciones más allá del horizonte, poseedor, además, de riquezas que sobrepasaban todo lo imaginable.

Este soberano tenía una esposa que por desgracia murió, llenándole de gran desconsuelo su fallecimiento. Semejante pena fue motivo de que el rey se encerrase ocho días enteros en un pequeño gabinete, en donde se golpeaba la cabeza contra los muros, de tan afligido como se hallaba. Lo cual hizo que se temiera por su vida; para evitar males mayores se pusieron entonces colchones entre los tapices y los muros, de suerte que si él se golpeaba no se hiciese ningún daño.

Ante la situación creada, todos sus súbditos resolvieron ir a verle para decirle que podían mitigar tanta tristeza. Así pues prepararon discursos graves y serios los unos, los otros agradables y hasta divertidos, pero ello no hizo ninguna impresión en su espíritu pues el rey apenas escuchaba lo que para su bien le decían.

Finalmente se presentó ante el soberano una dama cubierta de velos negros, con una capa, y el triste hábito de los duelos, y llorando y sollozando tan fuerte y alto, que el rey se quedó muy sorprendido.

La dama le dijo entonces que no venía como los demás a disminuir su dolor, sino a aumentarlo, porque nada era más justo que llorar a una buena esposa, ya que ella, que había tenido el mejor de todos los maridos, no dejaría de verter lágrimas mientras tuviera dos ojos en el rostro, y para confirmarlo, redobló sus lamentos de desesperación, a lo que el rey, siguiendo su ejemplo, la imitó.

Debido a que ambos eran viudos el monarca simpatizó prontamente con ella y se entretuvo contándole las bellas cualidades de su querida difunta mientras que la dama le refería las de su amado esposo, y hablaron tanto y tanto que ya no supieron de que más hablar sobre su dolor. Y cuando la astuta viuda vio que el tema estaba agotado, levantó un poco sus velos y el afligido soberano recreó la mirada contemplando a aquella pobre mujer inconsolable de sonrosado cutis, que abría una y otra vez con la mayor inocencia, sus grandes y hermosos ojos azules orlados de largas pestañas negras. El rey la contemplaba con mucha atención y poco a poco empezó a hablar menos de su esposa fallecida hasta que al final dejó de mencionarla. Momento que la viuda aprovechó para confiarle que ella deseaba llorar siempre a su marido, a lo que el rey le pidió no hiciese eterna esa pena.

En resumen, el monarca hallábase tan deslumbrado que contrajo matrimonio con ella y el negro luto se cambió en verde y en color de rosa, pues está visto que es necesario muy a menudo conocer la debilidad de las personas para entrar en su corazón consiguiendo todo lo que se desea.

El rey tenía sólo una hija de su primer matrimonio, que pasaba por ser la octava maravilla del mundo. Se llamaba Florine, porque se parecía a Flora, la diosa de la primavera, pues así era de lozana, joven y bella. A la princesa no le gustaban los trajes magníficos ya que prefería las ropas sencillas, desdeñando los broches de pedrería por las guirnaldas de flores que hacían un efecto admirable cuando adornaban sus hermosos cabellos.

Florine tenía quince años en esa época en la que su padre volvió a casarse.

La nueva esposa envió a por su hija, nada bella ni graciosa, que había sido educada por su madrina el hada Soussio. El hada se había esforzado en educarla pero sin conseguir ningún resultado, aunque no por ello la había dejado de querer pues para eso era su madrina. A la muchacha se la llamaba Cerdita porque su rostro poseía las pecas de una cerda; sus cabellos negros eran tan grasientos y tan sucios que nadie los podía tocar, y su cutis amarillento destilaba aceite.

La reina quería a su hija con locura y hablaba sin cesar de lo encantadora que era Cerdita; como Florine la aventajaba en todo, la soberana desesperábase, entonces, se dedicó a hablarle mal de ella a su padre el rey, y no había día en que Cerdita y su madre no le hiciesen alguna mala pasada a Florine.

La princesa, que era dulce y espiritual, callaba sin denunciar tales fechorías.

 

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