| CAPÍTULO IX EL VIEJO REY DE LA LUNA | |||
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El Mago Serapión, muy picado, dijo: -Lamento informarle, Señor de la Luna, que nosotros no somos sino tres habitantes terrestres y que no vamos incorporados a nada sino que somos embajadores de buena voluntad, venidos a parlamentar con usted. El otro se enfureció, se ve que tenía muy mal genio. -¿Embajadores, parlamentar?... ¡Si os he capturado no tenéis derecho a decir ni “mu”; sois mis prisioneros, o sea que sobran los parlamentos!... Además, yo soy el mas fuerte aquí y la ley está de mi parte, porque la he promulgado yo y estamos en mi territorio. El profesor Catalejo intervino amablemente. -Somos mayoría... - ¿Y a mi qué?... ¡Aquí se hace lo que yo quiero, que para eso soy el que manda y punto! Parecéis olvidar que os tengo en mi poder y que las órdenes las doy yo... ¡Estos son mis dominios y en ellos mando YOOO!... Y cuanto antes os lo metáis en la cabeza tanto mejor para vosotros... ¡Sois mi botín de guerra, ea, y se terminó la cháchara! -¿De qué guerra?; que nosotros sepamos... -Vosotros no sabéis nada... Hace siglos que quiero conquistar la Tierra y lo he intentado por todos los medios a mi alcance... Claro que cuando era joven estaba lleno de ilusiones y de impaciencia, y cometí muchos fallos, lo reconozco, pero los años no pasan en vano y otorgan sabiduría. El Mago Serapión, el profesor Catalejo y Ratoncillo Gris se miraron con complicidad y Ratoncillo Gris, tomando la palabra en nombre de todos, dijo lo que pensaban: -Señor de la Luna, ¿por qué no nos cuenta el origen de la causa que le ha llevado a querer pescar la Tierra?; suponemos que debe ser muy interesante. El viejo cascarrabias se animó de repente; a todos nos gusta hablar de nosotros mismos y de nuestras cosas, y él, por muy lunático que fuese, no iba a ser una excepción. Visiblemente complacido, contestó, dándose importancia: -Está bien, bichos terrestres, os lo contaré, porque sois unos ignorantes y no pierdo nada haciéndolo... Además –expuso sin ninguna modestia-, es una historia preciosa. Los tres amigos sonrieron con picardía, ahora iban a saber, ¡por fin!, el misterio que se encerraba detrás de aquella cabezonería del Señor de la Luna. Éste tomó asiento en el borde de un cráter y los improvisados globonautas hicieron lo propio pero sobre el santo suelo, ya que la historia prometía ser larga y muy interesante. -Pues veréis... Hace mucho, mucho tiempo, tanto que ni yo me acordaría si no hubiese estado allí, mi padre era el rey de la Luna, de hecho, la única familia reinante aquí ha sido la mía desde siempre. Mi padre, y todos mis regios antecesores, sólo se habían preocupado en vivir y reinar y nada más, con eso les bastaba, pero yo fui distinto... Durante esos espléndidos días de Tierra Llena, la contemplaba, la observaba y la admiraba sin reservas, ¡espejismos juveniles!, pero poco a poco empecé a considerar injusto el hecho de que mi mundo girase en torno al vuestro, convirtiéndose así, a ojos del Universo, en un deleznable satélite... Y a esto no hay derecho; no es justo... Entonces me dije, ¿por qué nosotros tenemos que girar en torno a la prepotente Tierra y no es al revés?, y con el entusiasmo propio de la juventud, pensé que si la Tierra girase alrededor de la Luna, daríamos una lección al sistema solar, a la vanidosa Tierra, y podría ser el comienzo de... -Pero... -¡A callar, bicho rabilargo!... Como iba diciendo, pensé que incluso podría ser el comienzo de algo verdaderamente importante... Fijaros bien... Si se consiguiese atrapar a la Tierra y obligarla a dar vueltas en torno de su satélite, luego, por el mismo procedimiento, podría capturar a los demás planetas, e incluso al Sol, otro memo orgulloso, y hacerlos girar a todos alrededor de la Luna... Dicho así parece nada, algo de lo más simple, pero en realidad es un plan grandioso, grandioso, sí, digno del último rey de la Luna. El Mago Serapión repitió como un eco: -¿El último? -Sí, el último; no sé si sabes que para que exista un rey ha de haber un pueblo que lo aclame, y yo me he quedado solo en la Luna, porque mis súbditos quisieron impedirme que pescase la Tierra. Entonces yo les encerré debajo del suelo lunar, en lo más profundo de sus entrañas, y allí están aún, creo... Hace siglos que no me preocupo de ellos, la verdad. El Mago Serapión, el profesor Catalejo y Ratoncillo Gris, pensaron que el viejo rey de la Luna era muy egoísta y que iba a la suya sin importarle un pimiento lo que les pasase a los demás, y eso no estaba nada bien, pero en el fondo también les dio pena, y el profesor Catalejo dijo: -¿Y no se siente muy solitario aquí, no es un reino demasiado grande para una persona que carece de compañía? El viejo rey de la Luna frunció el ceño poniendo una cara que daba miedo, y gruñó: -Soy el único rey de la Luna y el único ciudadano, y eso tiene sus ventajas también, así que nadie me desobedece y hago cuanto se me ocurre, para que te enteres, y cuando pesque a la Tierra y a los demás planetas, y al Sol, todo girará alrededor mío y yo seré el dueño del universo porque los demás sistemas solares aprenderán a temerme... Claro que –dijo poniéndose receloso-, vista vuestra Tierra, si los otros planetas son así de birrias, se me están quitando las ganas de conquistarlos. Muy vivaracho, metió baza Ratoncillo Gris. -Sí, todos son muy birrias, no vale la pena el esfuerzo. El viejo rey de la Luna rugió iracundo: -¡A callarse, aquí mando yo, y soy yo el que debe decir la última palabra siempre!... ¡Si los demás planetas merecen o no la pena, lo decidiré yo!... Veamos primero vuestra Tierra, a ver si tiene algo aprovechable. Se levantó, y con pasos flotantes acercóse al globo y como el Viejo de la Luna no entendía nada de lo que estaba viendo, hizo cara de saberlo todo y le dio una patada al cestillo o cabina, que permaneció volcada sobre el polvo. -¡Qué casas más raras tenéis para vivir los terráqueos, y que feas! –comentó con desprecio aunque estaba lleno de curiosidad- ¿Cómo se mete uno dentro de esta casa?, no se ve ni pizca de cómoda. El rey de la Luna empezó a manipular la cabina, introdujo una pierna en ella, luego la otra, y, finalmente, se comprimió como un tornillo hasta quedarse sentado, atornillado, diríamos mejor, dentro del cesto, y fue entonces, cuando, al volver la cara, descubrió delante de sus narices a la tierra, a la auténtica y verdadera Tierra, blanca y azul, suspendida en el firmamento, inmensa y redonda. Y el viejo rey de la Luna, que no era tonto, lanzó un interminable alarido de cólera.
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