CAPÍTULO VIII ¡HASTA LA VISTA AMIGOS!

Copyright dibujo: Estrella Cardona Gamio

El profesor Catalejo, que se había traído de su observatorio un telescopio portátil, se hallaba escudriñando la faz blanca de la inmensa luna llena. El momento era de lo más trascendental; sabiendo el minuto exacto, todo consistía en detectar el punto en el cual el anzuelo entraba en la atmósfera terrestre. En el bosque nadie chistaba, y Golfi, con casco de aviador, esperaba la señal situado en lo más alto de la copa de un pino; su labor estribaba en atrapar al vuelo anzuelo e hilo en cuanto éstos hicieran acto de presencia, y Golfi estaba muy nervioso por la gran responsabilidad que su tarea entrañaba. ¿lo haría bien, se equivocaría, podría recoger el hilo y llevarlo hasta las manos del Mago Serapión, sin que se rompiera?... ¡Dependían tantas cosas de su habilidad!

Drianda y Brianda, transparentes, luminosas y bellísimas, se miraban con los ojos muy abiertos, temblorosas e inquietas, el Mago Serapión se mordía la barba, Ratoncillo Gris contemplaba, bizqueando, a la luna y el señor Hortepla casi se ahoga al aguantar la respiración más tiempo del debido.

El profesor Catalejo se llevó dos dedos a la boca y silbó; era la señal. Golfi dijo:

-¡Ay mi madre! –y echó a volar con determinación y en línea recta hacia la luna. Como buen murciélago era bastante cegato pero su radar personal funcionaba estupendamente y así sabía muy bien adónde tenía que ir.

-¡Ánimo Golfi, bravo, adelante, sigue, sigue, valiente! –susurró el profesor Catalejo entre dientes.

Y Golfi volaba y volaba esforzadamente noche arriba.

De pronto el profesor Catalejo pegó un grito que hizo que los espectadores silenciosos chillaran al unísono sobresaltados.

-¡Lo consiguió, Golfi lo consiguió!

Un ¡aaah! de alivio sacudió el bosque entero; todo bicho viviente se puso a dar saltos de alegría. El Mago Serapión empezó a estrechar patas, Ratoncillo Gris y el señor Hortepla se abrazaron, las hadas gemelas se besaron; todo era regocijo y desmadre.

El profesor Catalejo muy satisfecho, se dirigió a la muchedumbre:

-Ha llegado el momento; Golfi estará aquí en breve... Mago Serapión, Ratoncillo Gris, vamos al globo; debemos partir.

Brianda y Drianda abrazaron llorosas a los héroes prometiendo al Mago Serapión que cuidarían de Valle Feliz hasta su retorno, el señor Hortepla aseguró que regresaría a su casita en cuanto ellos hubieran vuelto cumplida su misión. En estas, Golfi aterrizó sobre la cabeza del profesor Catalejo y fue una suerte que Ratoncillo Gris, al quite, agarrase de un salto el anzuelo cuando Golfí, del porrazo, lo soltaba. En fin, al grano, como diría el Mago Serapión. Los expedicionarios subieron al globo y soltaron amarras entre los aplausos de los habitantes de Valle Feliz... ¡La gran aventura había comenzado!

Con el anzuelo bien clavado en el cestillo del globo, éste empezó a ascender como una cometa, noche arriba, atraído por cierto hilo de luz que se enrollaba victorioso. ¡Huelga describir la emoción de nuestros tres amigos!

El astrónomo y el mago contemplaban embobados las estrellas cada vez más cercanas y a la blanca circunferencia de la luna que recordaba un estanque redondo o un inmenso foco de linterna. Ratoncillo Gris, muy mareado, prefería agarrarse con sus patitas al suelo del cestillo y mirar a hurtadillas por las rendijas de junco entrelazado.

De repente ya no había noche, todo era luminoso y blanco como la nieve. El globo comenzó a girar lo mismo que un remolino de agua y Ratoncillo Gris apretó fuertemente los ojitos, pensando que de aquella no salía vivo.

Se sintió un gran estruendo y un fuerte golpe, ¡catacrock!, y Ratoncillo Gris oyó confusamente como el Mago Serapión y el profesor Catalejo comentaban jubilosos que habían alunizado. ¡Estaban en la luna, por fin!

Cautelosamente asomaron la nariz por la borda y lo primero que vieron fue la superficie lunar, que a Ratoncillo Gris le pareció un queso de gruyere, y, sobre sus cabezas un cielo negro y la Tierra al fondo como si fuese una especie de máscara pintada sobre un telón oscuro. El sol, en lo alto, llameaba igual que un carbón.

-¡Profesor Catalejo, fíjese en el sol, parece la boca de un horno!

-¡Amigo Serapión, la Tierra, nuestra Tierra!

-¡Quiero irme a casa! –gimió Ratoncillo Gris muy asustado pero los dos sabios no dieron muestras de escucharle, tan absortos estaban en  la contemplación de aquel mundo nuevo, claro que pronto descubrieron que no eran ellos sus únicos moradores.

Frente a los valerosos globonautas, a pocos pasos, se alzaba una gigantesca figura de cerca de tres metros de estatura, color perla y podríamos decir que traslúcida. Tenía el aspecto de un viejo huesudo y larguirucho, con grandes manos y pies sarmentosos. Su rostro era muy alargado, las orejas también, y, además, puntiagudas como las de los duendes ancianos. Llevaba un algodonoso mechón de pelo blanco que le entraba en pico sobre la frente y lucía una barba larguísima que tocaba sus rodillas. Su nariz era ganchuda y tenía ojos de elfo.

El Mago Serapión procuró adoptar la postura digna de un hechicero de categoría, pero así y todo no pudo evitar que se le escapase este comentario tan poco erudito:

-¡Caramba, si parece el Año Viejo!

El profesor Catalejo quiso salvar la situación.

-¡Permítame que me presente, soy el profesor Catalejo, aquí mi amigo el Mago Serapión y el simpático Ratoncillo Gris.

-¿Habéis venido en la Tierra que he pescado!

-En cierto modo... –empezó el Mago Serapión.

-¿Qué es eso de “en cierto modo”?... Habéis venido en la Tierra, en “mi” Tierra, porque es mía y vosotros también; me pertenecéis por derecho de conquista espacial.

El Viejo de la Luna de acercó al caído globo que flotaba igual que una nube manteniéndose inmóvil.

-¡Vaya birria de planeta que tenéis! - comentó despectivo mientras lo observaba con curiosidad mal disimulada, y alargando uno de sus esqueléticos dedos, que remataban largas uñas de marfil, lo hundió con muy pocas contemplaciones en la oronda barriguita del Mago Serapión.

-Tu planeta es redondo, blando y fofo, como tú –dijo despreciativamente-. Bueno, resumiendo: sois tres bichos de la Tierra incorporados a mi captura.

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