CAPÍTULO VII OPERACIÓN PEQUEÑA TIERRA

Copyright dibujo: Estrella Cardona Gamio

El Mago Serapión, Ratoncillo Gris, el profesor Catalejo, Golfi y hasta el señor Hortepla, que se agregó al grupo por si podía ser útil en algo, regresaron prontamente al Valle Feliz. Por el camino recalaron en el hogar de Brianda y Drianda y, al contarles sus planes, ellas solicitaron acompañarles deseosas de colaborar en la empresa. De esta manera, cuando el carruaje se detuvo frente a la casa del Mago Serapión, los animalitos del bosque se quedaron muy sorprendidos al ver bajar del vehículo a tantos que ni conocían ni esperaban, pero pronto fueron presentados los unos a los otros y la gran noticia se extendió por el valle, llenándolos a todos de una gran excitación. ¡Y no era para menos!... El mago iba a construir un globo inmenso y planeaba marchar a la luna con el profesor Catalejo y Ratoncillo Gris, y cuantos quisieran podían ayudar en la construcción de aquel proyecto ingenioso que ya había sido bautizado con el nombre de Operación Pequeña Tierra; La verdad, todos los animalitos de Valle Feliz estaban rebosantes de noble orgullo porque el lugar en donde vivían había sido el elegido para construir el globo que iba a salvar a la Tierra, y esa era, sin duda, una gran hazaña.

Huelga decir que aquella noche, otra más, aunque por distintos  motivos, nadie pudo conciliar el sueño en el Valle Feliz.

A la mañana siguiente, apenas despuntó el alba, inicióse una febril actividad, ya que al mando del Mago Serapión, cada uno de los habitantes del bosque tenía una tarea específica a desarrollar. El Mago Serapión, encima de un montículo como el general en jefe de un ejército, congestionado por la excitación, agitaba los brazos impartiendo órdenes a diestro y siniestro, en tanto el profesor Catalejo, sentado sobre la hierba, hacía cálculos y más cálculos en un grueso cuaderno cuadriculado. Mientras, Ratoncillo Gris corría diligente de un lado para otro estando en cincuenta sitios al mismo tiempo, supervisando y  corrigiendo. El señor Hortepla, hecho una bola de púas, peinaba un prado cercano y las hadas gemelas Drianda y Brianda, ponían a punto su costurero esperando el momento en que la señora Araña y sus congéneres terminasen de tejer el armazón del gigantesco globo. Los gusanos de seda que vivían entre las moreras, se hallaban muy ocupados confeccionando a toda prisa una brillante pieza de seda cruda que recubriría los hilos de araña hasta conformar el cuerpo del globo propiamente dicho. Las mariposas andaban sacudiendo el polvillo de sus alitas en los cálices de las flores y las abejas clasificaban y etiquetaban cada color para así tenerlo dispuesto llegado el momento de pintar el globo. Las ardillas cepillaban cuidadosamente sus colas para que pudieran ser utilizadas como pinceles y los pájaros carpinteros se dedicaban a construir, con juncos flexibles que les había regalado el río, el cesto –cabina del globo-, y en el cual nuestros aguerridos expedicionarios realizarían su viaje espacial. Hasta el Viento colaboraba manteniendo a raya en la distancia a unas cuantas nubes tormentosas que apuntaban por el oeste. La consigna estaba dada; nada debía alterar el feliz desarrollo de la Operación Pequeña Tierra.

En cuanto los gusanos de seda acabaron de tejer, todos los animalitos del bosque, agrupándose, llevaron sobre sus lomos o cabecitas, según fuera su tamaño, los metros y más metros de la pieza de tela que habían fabricado los gusanos, y resultaba muy cómico verla avanzar como una alfombra, invadiéndolo todo, hasta llegar a la praderita que el bueno del señor Hortepla había estado peinando con sus púas. En la pradera, las arañas aguardaban con los hilos de la armazón del globo tendidos en el aire y listos a ser colocados como base de éste en cuanto las hadas gemelas hubieran empezado a cortar la tela ayudadas por las tijeretas, según el plano científico que había elucubrado el profesor Catalejo.

Parece la mar de complicado, ¿verdad?, pues no lo era en absoluto. El Mago Serapión, que ya se había quedado afónico de tanto dar órdenes, teníalo previsto todo hasta el más mínimo detalle, incluso la ayuda de los habitantes de Valle Feliz, porque, como buen mago, él no ignoraba que la mejor magia que consigue lograr las cosas, es aquella en la que participan el entusiasmo, la solidaridad y el compañerismo, y si todos trabajaban juntos, hombro con hombro, desde el más insignificante al más poderoso, unidos, salvarían a la Tierra.

Las jornadas transcurrieron según el ritmo programado y justo tres días antes del siguiente plenilunio, la colosal obra se dio por concluida y aunque los animalitos de Valle Feliz estaban cansados a tope, por no hablar ya del Mago Serapión, el profesor Catalejo, Ratoncillo Gris, las hadas Brianda y Drianda y el señor Hortepla, se hizo una gran fiesta para celebrarlo y en ella se brindó con hidromiel –que es la bebida favorita de los seres que pueblan el Mundo de la Fantasía-, por la venturosa consecución del proyecto.

Se pronunciaron muchos discursos, incluso hablaron los gorgojos de la madera, y luego se danzó hasta la madrugada.

El Mago Serapión y el profesor Catalejo bailaron con las hadas gemelas, Ratoncillo Gris bailó con el señor Hortepla y Golfi bailó solo.

Por cierto, que a Golfi le había tocado en suerte uno de los trabajos más difíciles en toda esta aventura, puesto que, como buen murciélago, le fue concedido el alto honor –de todas formas Golfi se lo merecía-, de que en él recayera la misión de atrapar el volandero hilo de luz de luna, anzuelo incluido.

La fiesta terminó cuando ya amanecía y todos se marcharon a dormir a sus casas rendidos de fatiga, tanto, que durmieron 48 horas de un tirón, despertándose sobresaltados porque pensaron que había pasado el día D y la hora H, pero, por suerte, no fue así.

El globo se balanceaba majestuoso, sujeto con un cable y era vigilado de día por los ojos atentos de un halcón amigo y de noche por la señora Lechuza. Todos corrieron a contemplar su obra emocionados. Nunca se había visto nada tan bonito, pensaban, y no les faltaba razón; el globo resplandecía pintado representando de maravilla a la Tierra, o sea, que podía engañar a cualquiera, al menos en un primer momento y si ese alguien era el Viejo de la Luna, después... Después todo dependía del Mago Serapión, del profesor Catalejo y de Ratoncillo Gris.

Se hicieron los últimos retoques al ingenio volante, pura formalidad y luego, Valle Feliz al completo, esperó a que descendiese la noche.

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