CAPÍTULO VI EL PROFESOR CATALEJO

Copyright dibujo: Estrella Cardona Gamio

.Cuando de nuevo volvieron a subir al carruaje ya no eran solamente el Mago Serapión, Ratoncillo Gris y Golfi sus ocupantes pues el señor Hortepla había aumentado el número llenando un lugar pequeñito en el mismo cojín en el que estaba sentado Ratoncillo Gris. El señor Hortepla, que era un erizo muy prudente, antes de arrancar el coche, se tomó  una pastilla contra el mareo.

-¿Quieres? –le preguntó cortésmente a Ratoncillo Gris, pero éste negó con la cabeza.

Siguiendo las indicaciones del señor Hortepla, no fue difícil llegar a la Montañamásalta rápidamente y sin extravíos. La tal montaña, según puede deducirse por su nombre, era muy alta, muy alta, tanto, que se perdía entre las nubes y casi tocaba las estrellas. En su cima, el profesor Catalejo se había construido un observatorio astronómico de ladrillo rojo en forma de torreón, al que se subía por medio de una escalera de caracol y en donde un enorme telescopio estaba permanentemente escrutando el firmamento con el profesor Catalejo pegado a él día y noche.

Como el profesor Catalejo se hallaba embebido en la contemplación de algún cuerpo celeste cuando se le acercaron, el señor Hortepla tuvo que toser varias veces para que el sabio astrónomo reparase en que el pequeño erizo había regresado.

-¡Hola, señor Hortepla, ¿qué tal?, ¡cuánto tiempo sin saber de usted!

-Es una larga historia, profesor Catalejo, pero ya estoy aquí de nuevo, y, como podrá apreciar, no vengo solo, le traigo a dos amigos: el Mago Serapión y Ratoncillo Gris.

El profesor Catalejo era alto, delgado, tenía los cabellos grises y de punta como si les hubiera pasado la corriente eléctrica, los ojos pequeños y saltones y debajo de la nariz lucía un bigote que recordaba las cerdas de un cepillo. Como es lógico en cualquier sabio que se precie, llevaba gafas pero éstas se escurrían constantemente nariz abajo, lo que le daba la apariencia de estar espiando por encima de sus lentes.

-Encantado, mucho gusto... ¡Ya tenía yo verdaderas ganas de conocer a un auténtico mago de leyenda.

El Mago Serapión interrumpió con modestia.

-De leyenda todavía no, querido profesor Catalejo, aún no he hecho nada que lo justifique, aunque voluntad no me falte.

-Lo hará, amigo mío, lo hará, estoy seguro.

-¡Ejém! –carraspeó Ratoncillo Gris, deseoso de que a él también le alabaran.

-¡Hola, Ratoncillo Gris, ¿tienes algún parentesco con los primeros ratoncillos grisas que fueron enviados al espacio exterior en una cápsula espacial? –y, sin esperar respuesta, continuó:-. ¡Ilustre familia la de los ratoncillos grises, valerosos y avisados, estoy completamente seguro de que tu también realizarás grandes hazañas!

Ratoncillo Gris se esponjó de orgullo al oír semejantes palabras, que, sobre todo, viniendo de quien venían, eran para él un gran honor.

El profesor Catalejo cogió del brazo, familiarmente, al mago Serapión.

-Querido mago, tiene que contarnos muchas cosas sobre lo que usted hace; tengo una enorme curiosidad por saber...

Y los dos sabios se alejaron enfrascados en un intenso diálogo.

Ratoncillo Gris miró al señor Hortepla muy preocupado.

-No puedo dejar solo al Mago Serapión o si no se olvidará del motivo de nuestra venida aquí.

-Pues date prisa porque el profesor Catalejo es también muy despistado... Luego espero que vengas a visitarme a mi casita; vivo bajo las raíces de un roble milenario, es fácil de encontrar.

-Muchas gracias, lo haré.

Ratoncillo Gris corrió en pos de los dos sabios, alcanzándose enseguida, y se sintió muy aliviado al escuchar su conversación.

-... en este asunto es prioritario saber la hora exacta en la que el anzuelo lunar entrará en la atmósfera de la Tierra, y sólo usted, profesor Catalejo, puede decírmelo gracias a sus cálculos.

-Amigo Serapión, ¿me permite que le llame así?

-¡Por favor!

-Pues, amigo Serapión, ¿no le sería a usted más fácil realizar algún sortilegio a tal fin?

-No. Tiene que saber, amigo mío, que para hacer ese hechizo, primero hay que manejar las matemáticas como un astrónomo; son el ingrediente principal... Y no es que no lo pueda hacer, pero sepa que me llevaría muchísimo tiempo y es tiempo lo que nos falta.

-Correcto, cuenten conmigo, pero, una pregunta, ¿por qué quiere saber la hora exacta en la que el anzuelo entrará en nuestra atmósfera?

-Muy fácil, docto Catalejo, se me ha ocurrido un plan para evitar que el Viejo de la Luna capture al planeta Tierra.

-No comprendo... Creo recordar que ese es el trabajo del cangrejo de plata, el objetivo de su existencia.

-¿Y si fallase?

-No lo ha hecho durante siglos.

-Sin embargo, algún día puede suceder.

El profesor Catalejo apoyó pensativo el mentón sobre su mano.

-Sí, es cierto, puede suceder. ¿Cuál es su plan, Mago Serapión.

El Mago Serapión dijo muy serio:

-Atrapar al vuelo el hilo de luz de luna y enganchar al anzuelo un inmenso globo, imitación perfecta de nuestro planeta, de esta forma el habitante de la luna se creerá que ha pescado a la Tierra.

-Magnífico proyecto si no tuviera un fallo, amigo mío, que el Viejo de la Luna se dará cuenta de que sigue habiendo otra Tierra en el firmamento.

-Al principio no, y cuando el globo llegue a la luna yo desembarcaré procurando por todos los medios disuadirle de su idea.

Ratoncillo Gris abrió la boca admirado ante la astucia del Mago Serapión.

-Mago Serapión, es usted genial, ni a mí se me hubiera ocurrido algo semejante. ¿Me acepta como colaborador y compañero de aventura?

-¡Yo también quiero ir! –interrumpió Ratoncillo Gris- ¡Yo también quiero ir a la luna!

El Mago Serapión sonrió, abrumado por tantas solicitudes.

-No veo inconvenientes, nunca me ha gustado viajar solo, además, profesor Catalejo, usted, como astrónomo, conocerá al dedillo la geografía lunar, y en cuanto a Ratoncillo Gris será el grumete de nuestra nave.

-¡Hecho pues! –dijo entusiasmado el profesor Catalejo.

-¡Hecho pues! –exclamó Ratoncillo Gris dando saltos de gozo.

-¡Pues hecho! –corroboró muy sonriente el Mago Serapión.

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