| CAPÍTULO XI EL SEÑOR GANSO | |||
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Y si se habían sorprendido oyendo, no menos asombrados se quedaron al dar media vuelta y encontrarse de narices con un soberbio ganso blanco que allí estaba no se sabe cómo. -¿Quién eres tú? –preguntaron los tres expedicionarios a coro. -Pues un ganso... El señor Ganso. -Pero, ¿es qué en la Luna hay gansos? –quiso saber el profesor Catalejo sin dar crédito a lo que veían sus ojos. -Si y no, me explico –repuso el señor Ganso muy divertido-. Hay gansos porque yo estoy aquí, pero no hay gansos porque antes de llegar yo no había ninguno. -¿Y tú, de dónde has venido? –preguntó el Mago Serapión. -¿De dónde voy a venir?, de la Tierra, naturalmente. -¡Uh, naturalmente, naturalmente! –exclamó el Mago Serapión hecho un lío- No tan naturalmente, amigo; como no nos lo expliques. El señor Ganso le guiñó el ojo a un boquiabierto Ratoncillo Gris. -A eso iré si no me vais interrumpiendo... Hace algún tiempo, volando con la manada, me distraje y me perdí. Entonces volé muy alto, para ver si los encontraba... Tan y tan alto volé, que, sin darme cuenta, me vine a hallar en la Luna y cuando lo comprendí ya era demasiado tarde, y, la verdad, me dio miedo regresar. -¿Y el rey de la Luna? -¿Quieres saber si se enteró? -Si –dijo el Mago Serapión. -El rey de la Luna estaba en la Luna y con eso quiero decir que ni se enteró de mi presencia en sus dominios. -Mal lo hubieras pasado si te coge –atinó a hablar por fin Ratoncillo Gris. El señor Ganso graznó, que para él era una forma de reírse. -No sé quien lo hubiera pasado peor. Y hablando de otra cosa, ¿os importaría que me agregase de acompañante en vuestro regreso a la Tierra?; con vosotros no pensaré ni en tener miedo. El Mago Serapión se dio un golpe en la frente. -¡Tate, lo había olvidado, tenemos que volver a la Tierra! A Ratoncillo Gris se le erizó el pelaje. -¡Ay Mago Serapión, que nos quedamos sin globo! El profesor Catalejo terció: -No hay por qué preocuparse, el Mago Serapión hará un conjuro de los suyos y todo arreglado. El Mago Serapión miró al profesor Catalejo con apuro. -No tan arreglado, amigo Catalejo, no tan arreglado, que todavía no sé como funciona la magia terrestre en la Luna. El señor Ganso intervino: -¿Y para qué estoy yo aquí? –extendió sus alas- Fijaros que alas tengo... Me sirvieron para venir, pueden servirnos igualmente para regresar, ¿no os parece? Los tres se abrazaron muy contentos, ¡era una suerte que el señor Ganso estuviera allí! Y montándose sobre su lomo, los expedicionarios iniciaron el camino de vuelta a la Tierra. ¡Cuán grande fue la alegría de los habitantes de Valle Feliz cuando les vieron regresar sanos y salvos, y, además, con un nuevo amigo, el señor Ganso! Las hadas gemelas, que estaban mirando alternativamente por el telescopio portátil del profesor Catalejo, iban informando, de cuanto veían, a los animalitos del bosque, y así, al aparecer el señor Ganso y su tripulación en la pradera, todos estallaron en vítores y aclamaciones. -¡Viva, viva! -¡Ya estáis aquí! -¡Habéis vuelto! -¡Gracias al Cielo que no os ha pasado nada malo! -¡Mago Serapión! -¡Mi querido Golfi! -¡Ratoncillo Gris! -¡Señor Hortepla! -¡Profesor Catalejo! -¡Gracias, amigos, gracias!... Aquí os presento al señor Ganso que nos ha resuelto un grave problema. -¡Señor Ganso! -¡Encantado, mucho gusto, muy amables, encantado! -¡Sois unos héroes!... ¡Ratoncillo Gris, estuviste magnífico! -¡La Tierra se ha salvado gracias a vosotros! -¡Esto hemos de celebrarlo con una gran fiesta! -A nosotras nos da mucha pena ese ambicioso rey de la Luna. Se hizo un gran silencio en el bosque y todos los animalitos miráronse los unos a los otros sin saber que decir. Drianda y Brianda, las compasivas hadas, habían hecho un comentario de difícil réplica para los habitantes de Valle Feliz, por suerte, allí estaba el Mago Serapión. -Mis bondadosas amigas –dijo lleno de sabiduría-, es noble por vuestra parte sentir compasión hacia el vencido, pero pensad que existe la justicia y la justicia no puede ser jamás burlada... Quien no se porta bien intentando avasallar a los demás, y, encima, no quiere rectificar a tiempo, debe recibir la lección que merece, porque si no cundiría el mal ejemplo y todo el mundo haría lo que le viniese en gana sin tener en cuenta a sus semejantes... -Muy leve por otra parte –interrumpió el profesor Catalejo-, si tenemos en cuenta que el viejo rey de la Luna tiene por castigo la pena que pretendía imponer a los demás... Espero que algún día llegue a comprender lo equivocado que estaba. -¡Ojalá! –exclamaron a dúo las hadas gemelas. El señor Ganso dijo: -¡Bueno, basta de caras serias!... ¿Tenéis por ahí un buen bocado de comida terrestre?... ¡Hace tanto tiempo que no la pruebo! -¡Claro que sí! -¡Por supuesto! -¡Venga por aquí, señor Ganso! Unos cuantos animalitos rodearon al señor Ganso y se lo llevaron para prepararle la cena. -Yo también empiezo a tener apetito –hizo saber el profesor Catalejo con una sonrisa. -¡Boju, boju! –se oyó de repente lloriquear a alguien por el suelo. Todos miraron curiosos en esa dirección, descubriendo con sorpresa a un pequeño cangrejo de plata que empezaba a asomarse entre gimoteos y gran alarde de pinzas, bajo el reborde de una piedra blanca. -¡El cangrejo de plata! –gritaron todos alborozados, porque, francamente, después de tanto hablar de él, era la primera vez que le echaban la vista encima. -Sí, soy el cangrejo de plata... Pero, la verdad, no podía imaginar que fuese tan popular –dijo el cangrejo muy sorprendido. -¿Por qué llorabas –quiso saber Ratoncillo Gris con interés. -Eso, ¿por qué llorabas? –repitieron los demás. El cangrejo de plata empezó a hacer pucheros. -Soy muy desgraciado; mi misión consistía en cortar el hilo de luz de Luna cada plenilunio y ahora no hay hilo de luz de Luna, entonces me he quedado sin trabajo... ¡No sé que voy a hacer! Un gusano de seda se le acercó. -No te preocupes, vente con nosotros y nos ayudarás a la hora de cortar el hilo, porque siempre nos enredamos. El cangrejo de plata palmoteó con gran estruendo de pinzas. -¡Qué bien, qué bien! El Mago Serapión sonrió feliz. -Esta historia no podía haber acabado de mejor manera. Ratoncillo Gris frunció el ceño como si recordara algo importante. -¡Mago Serapión, nos olvidamos de liberar a los súbditos del viejo rey de la Luna; ellos no tenían la culpa de... ¡ -¡Ay, Ratoncillo Gris –amonestó paternalmente el mago-, yo puedo ser muy despistado para los detalles, pero nunca me olvido de las cosas importantes... Anda, ve a mirar por el telescopio portátil del profesor Catalejo. Ratoncillo Gris hizo lo que se le pedía... Viendo entonces como la superficie de la Luna aparecía llena de selenitas, quienes, muy contentos, la saludaban desde allí agitando los brazos. -“¡Desde luego –pensó Ratoncillo Gris-, esta historia no podía haber tenido un final mejor!” ¿Y vosotros, estáis de acuerdo?
Fin de RATONCILLO GRIS Y EL HABITANTE DE LA LUNA |