| CAPÍTULO I RATONCILLO GRIS | |||
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-¡Hola, Mago Serapión! -¡Hola, Ratoncillo Gris!, ¿qué te trae por aquí? El mago se encontraba muy ocupado con sus retortas y alambiques, haciendo pociones y encantamientos. Todo se veía lleno de humo violeta y de serpentinas de colores, producto de un sortilegio que no le había salido muy bien que digamos. El Mago Serapión estaba gordito, su melena encrespada, y llevaba anteojos de miope y una frondosa barba aureolaba su rostro bondadoso. Como era muy amable, entre conjuro y hechizo, siguió hablando con su visitante. -Vengo, mago, porque ha sucedido algo muy raro. -¿Cómo de raro? -Tan raro como que la señora Araña ha descubierto cerca de su tela, un extraño hilo de plata... que no es de plata, pero que lo parece. Es sólo una brizna de hilo y está roto. -Huuummm... –dijo el Mago Serapión- Si que es raro... ¿Tú lo has visto? -No, a mí me lo ha dicho el señor Conejo, porque a él se lo ha dicho el señor Búho a quien se lo ha dicho la señora Ardilla, a la que se lo ha dicho la señora Araña. -Curiosísimo, ¿y ella que cree? -Ella no cree nada, está muy sorprendida. El Mago Serapión se interrumpió en sus quehaceres. -Vaya, vaya, tendremos que ir a ver eso. Y así diciendo, tiró del lienzo que cubría un ovalado espejo mágico que se hallaba colgado de la pared. El mago se puso solemne y alzando los brazos delante del espejo hizo una invocación. -¡Espejo en misterios soberano, pon lo que yo quiero ver, al alcance de mi mano! Ratoncillo Gris, muy impresionado, y no era para menos, vio como la superficie del espejo se aclaraba lo mismo que si estuviera amaneciendo dentro de ella. Pero no podía amanecer porque era de noche, ya que lo que vio allí dentro no resultaba ser otra cosa sino que un reflejo de la realidad. Lucía la luna llena en el oscuro cielo y en el valle todo parecía dormir tranquilamente, todo, menos una sorprendida señora Araña, quien, colgando de su hilito, se balanceaba sin dejar de vigilar recelosa una brizna de algo que, en efecto, semejaba estar hecho de plata y que brillaba suavemente, tirado al pie del matorral en donde la señora araña tenía colocada su hermosa tela. No estaba sola la señora Araña, muchos animalitos se habían acercado -la noticia corrió como un reguero de pólvora por el bosque-, para contemplar con ella el extraño hilo plateado. -Huuummm, huuummm... –repitió el Mago Serapión- He aquí algo desconocido: un hilo de plata que no es de plata, pero que parece de plata... Tenemos que ir allí, tengo que saber de qué está compuesto, tengo que saber de dónde procede. Dicho y hecho, el Mago Serapión se quitó su bata de trabajo apareciendo entonces con el vestido típico de los magos, o sea, una gran hopalanda constelada de estrellas, cogió su gorro, encasquetóselo y le dijo a Ratoncillo Gris que lo miraba expectante: -En un abrir y cerrar de ojos, vamos a estar allí. Y los dos cerraron y abrieron os ojos y, al instante, cuando los volvieron a abrir, ya estaban en el bosque, junto al matorral en donde vivía la señora Araña y en el centro de un corro de animalitos curiosos. -Buenas noches, Mago Serapión -le saludaron todos respetuosamente. -Buenas noche, buenas noches!... Vamos a ver que es esto... ¡Caramba, caramba, mira lo que tenemos aquí! Y así diciendo, el Mago Serapión, recogió del suelo, entre índice y pulgar, con infinita delicadeza, el trozo de hilo de plata, que no era de plata pero que lo recordaba. -¡OHHHHH! –gritaron todos los animalitos maravillados, porque nadie se había atrevido ni siquiera a rozarlo con la uña. -¿Qué es, qué es, Mago Serapión?... –exclamó impaciente Ratoncillo Gris, que por ser muy amigo del Mago Serapión, tenía con él gran confianza. -Esto es... –dijo el Mago Serapión-, esto es... Esto es un hilo de niebla... ¡No, no, no es un hilo de niebla!... Esto es... Esto es un rayo de luna. ¡Sí, amiguitos, un mismísimo y auténtico rayo de luna! -¡OHHHHH!.... –exclamaron nuevamente los animalitos deslumbrados ante tamaña muestra de sabiduría. Pero el Mago Serapión era demasiado sabio como para que la erudición se le subiese a la cabeza y sencillo hasta el punto que la vanidad y él no se conocían. Así que, mientras las bestezuelas del bosque celebraban sus palabras entre admirados susurros y exclamaciones de sorpresa, el Mago Serapión continuaba reflexionando, el índice entre los labios y en la otra mano el famoso hilo que había parecido ser de plata pero que ya no lo era, ni tampoco de niebla, sino, salvo nuevos descubrimientos, de mismísima luz de luna. -¡Carape –exclamó de improviso el Mago Serapión sobresaltando a todo el mundo-, carape, tate, tate!... –el Mago Serapión decía a veces cosas muy raras- ¡Hete aquí que ya lo tengo, lo tengo, lo tengo! -¡Lo sabe, lo sabe!... –gritaron jubilosos los animalitos y Ratoncillo Gris se hinchó de satisfacción ante la sagacidad de su amigo. -¿Y qué es, Mago Serapión? –preguntó. El Mago Serapión sonrió contento como un niño. -Pues... Pues... Pues sé que he leído algo alguna vez y que ese algo cuenta una historia referente a un hilo de luz de luna y algo más. -¿El qué? –exclamaron a coro los animalitos del bosque. -Pues... –el Mago Serapión los miró a todos con aire de despiste total- Pues la verdad es que no me acuerdo... Sólo sé que he leído algo en un libro que tengo en mi biblioteca, un libro muy antiguo y, además, mágico... Bueno, todos mis libros son antiguos y mágicos... ¡Ay, caramba!, ¿cómo se llamaba ese libro? El Mago Serapión se sentó sobre un tronco caído de árbol y se puso a cavilar, los animalitos, a su vez, se acomodaron, dispuestos a esperar lo que hiciera falta hasta que el mago se acordase ya que ninguno ignoraba que si bien era muy sabio, también era muy distraído como suelen serlo todas las personas que tienen la cabeza llena de sabiduría. La luna seguía su curso en la noche y los animalitos empezaban a adormilarse, Ratoncillo Gris entre ellos, cuando de nuevo, el mago sobresaltó a la concurrencia dándose una gran palmada en la frente. -¡Eureka, lo encontré! Los animalitos bostezaron amablemente y por cortesía, estaban medio dormidos, preguntaron: -¿Sí, dónde estaba? Muy ufano, porque se había acordado de algo, el Mago Serapión corrigió bondadoso: -No dónde estaba, sino que libro es. Los animalitos se despabilaron automáticamente. -¿Qué libro, Mago Serapión? El mago se puso solemne. -El Gran Zifhandel... El libro más mágico de todos los libros que jamás se hayan escrito.
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