|
CAPÍTULO 10 |
|||
|
|
|||
|
Me volví. El perro estaba encaramado en una elevación del terreno y la luz de la luna lo bañaba de pleno, gracias a lo cual pude verle con toda claridad por primera vez y me llevé la sorpresa más grande de mi vida. Se trataba de un animal enorme, cosa que ya había podido comprobar mientras me guiaba y por supuesto que no fue eso lo que motivó mi asombro, sino que el perrazo no era tal perro... Lo reconocí en ese momento preciso porque desde que era niño le había visto montones de veces dibujado en las páginas de muchos libros, no importando quién fuese el dibujante puesto que él siempre era el mismo. A tinta o en color, a plumilla, a lápiz carbón, en aguada, sanguina, acuarela, gouache, él era siempre el mismo: El omnipresente y temible Lobo Feroz... ¡El Lobo Feroz! Me quedé acoquinado ante la fiera. Tanto buscarlo y ahí, de repente lo tenía frente a mí inmenso, majestuoso, plateado bajo la luz de la luna. ¿Sabía El-Hombre-Que-Ve-Con-El-Corazón, qué su perro era un lobo? De golpe lo comprendí todo, el indio conocía mejor que yo la identidad del presunto can. -¿Sorprendido? -inquirió el Lobo Feroz con su profunda voz gutural que sin haber oído nunca con anterioridad me fue muy familiar. -Y tanto -repuse-, te he estado buscando durante mucho tiempo y la verdad es que no esperaba encontrarte de esta manera, ni de ninguna, si he de serte sincero, y, desde luego, menos que nada en el País de las Narraciones Juveniles... El Lobo Feroz se sentó sobre sus cuartos traseros. -¿Y dónde me iba a ir?... En el País de los Cuentos era el malo siempre, todos explicaban a mi costa auténticas barbaridades, que si me comí a los Cerditos, qué si a lo Siete Cabritillos, que si al pastor y sus rebaños, que si a Caperucita Roja y a su abuela... Tenía que huir. -Pero, ¿aquí? -¿Y por qué no? Aquí soy un lobo más, no el Lobo Feroz, y vivo con los indios, con El-Hombre-Que-Ve-Con-El-Corazón. -¿El sabe que tú...? -¡Claro que lo sabe -gruñó el Lobo Feroz con fastidio-, es ciego pero no tonto!... A él no le importa que yo sea el Lobo Feroz, mejor dicho, que yo arrastre la leyenda que me han colocado... Él sabe cómo somos los lobos y nos comprende, él trata bien a todos los animales y los animales lo respetamos, es así como debe ser para que las cosas funcionen... Por eso estoy aquí y no pienso moverme. -¿Pero, es qué no te importa lo que se diga de ti? -¿Y de qué sirve el que me pueda importar?... He cargado ya con la mala fama: lobo carnicero, lobo sanguinario, lobo astuto y malvado, ¿Por qué no nos dejan vivir en paz?... No somos peores que otros, que si vamos a empezar a mirar, tampoco vosotros los humanos os portáis mejor que digamos... Arrasáis bosques, contamináis el ambiente, extermináis especies... ¿Me puedes decir en dónde estriba la diferencia? ¡Vaya con el Lobo Feroz, mira que salirme ecologista! -Tienes razón -convine apesadumbrado. -¡Naturalmente qué la tengo, lo que sucede es que a nadie le da la gana de reconocerlo! -Lo siento. -Gracias. Nos quedamos mirando sin saber que más añadir. Él soltó de repente: -Tengo ganas de aullar a la luna. -Si -respondí, añadiendo-, y yo de regresar a casa. -De acuerdo. No podíamos darnos la mano ni abrazarnos, hubiera sido un poco difícil, así que murmuré: -Adiós. -Adiós. Comencé a subir por la montaña y su aullido me acompañó durante un largo trecho, pero ya no me daba miedo.
Dejo de teclear en mi vieja máquina, y, mira por donde, acabo de escribir un cuento sin proponérmelo. A mí me gusta, ¿y a vosotros?
|